Una pianista en el territorio de los poetas
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Una pianista en el territorio de los poetas

Una pianista en el territorio de los poetas

Cumplo 62 años y amo hacer historias y poemas. Cuando me siento a escribir —que es casi siempre—, me regresa de golpe la voz de mi abuelo. Lo escucho leyendo sus propias poesías y enseñándome a observar en lugar de solo ver, a detenerme ante cada detalle bello de la naturaleza y a canalizar el dolor hasta sentir esa urgencia inevitable de plasmarlo en papel. De él heredamos esa mirada; una veta poética que habita también en mi hermano, quien desde la libertad y el brillo de su trompeta comparte esa misma necesidad de nombrar el mundo a través del sonido y la palabra.

Por eso, el piano y la poesía jamás han sido para mí reinos distantes, sino dos canales paralelos para visibilizar mis conceptos, para darle cuerpo a esa forma aprendida de entender la realidad.

Sin embargo, abrirse espacio y expresarse en el entorno de los poetas exige un tipo de rigor distinto al del escenario. En el piano, el pensamiento se traduce en vibración y estructura; el concepto se sostiene en el tiempo a través de la armonía. En la poesía, no hay masa sonora que envuelva la idea: la palabra está desnuda. Exponer una emoción o una noción mediante el verso requiere una precisión absoluta, donde cada término debe pesar exactamente lo que significa, sin adorno innecesario.

Por eso, a veces, enfrentarse a la lectura de un poema resulta un ejercicio más complejo que interpretar un recital entero. No porque falte la música, sino porque el poema no permite el refugio de la abstracción pura. En la página y en la voz, el concepto tiene que ser nítido. Mientras la música sugiere y rodea la idea, la poesía la define y la confronta.

Hablar ante los poetas no ha sido cambiar de lenguaje, sino aprender a traducir la misma búsqueda a otro estado de la interpretación. Es descubrir que una frase poética bien construida exige la misma solidez tectónica que una gran arquitectura musical: ambas son decisiones éticas y estéticas para decir quién soy.

Una pianista en el territorio de los poetas

Esa búsqueda cobró una fuerza viva y entrañable durante el Concurso Milanés. Al cruzar el umbral, el tiempo dio un vuelco insospechado: me hallé en la sala pequeña de una casa que viví en el pasado. Reconocí uno a uno sus espacios con la memoria de la piel; me vi de niña jugando con mis hermanos, corriendo hacia la escalera de caracol. Esa mañana era calurosa, pero el aroma a libros y el cobijo de tantas almas nobles transformaron el aire en algo hondamente acogedor.

En ese escenario habitado por mis propios fantasmas de la infancia, admiré profundamente a los creadores que sostienen la leyenda de que en Matanzas se respira poesía en todas partes. Pensé en la estirpe imborrable que va desde Milanés, Plácido, Agustín Acosta y Carilda, hasta las voces contemporáneas que hoy cuidan el fuego: en Hugo Hodelín, mi maestro; en Leymen Pérez, enorme poeta indispensable; o en Zaldívar, auténtica cátedra y gestor incansable. Nombrar a referentes como Cecilia Soto, Isolina Bello, Maylán Álvarez, Náthaly Hernández Chávez, María Elena Bayón, Germán —el lobo estepario— o Ulises Rodríguez Febles, es apenas mostrar un destello de este universo.

Ser testigo de ese amplio diapasón fue una lección inolvidable. Escuchar a jóvenes poetas como Azarí Héctor, Zulién Rojas, Zurbano, Lianet Fundora o Mirambert, junto a creadores de trayectoria como Freddy o Derbys Domínguez, me confirmó que la literatura de la ciudad arde en permanente ebullición. Contar además con la mirada de un jurado de lujo, presidido por Israel Domínguez, Mae Roque y Gaudencio Rodríguez Santana, terminó por sellar el encuentro como un aprendizaje magistral.

Aunque la escritura me ha acompañado siempre, apenas hace dos años tomé la decisión consciente de insertarme de lleno en este circuito. Descubrir desde dentro este mundo maravilloso y adictivo ha sido una revelación fascinante: la hermosa constatación de que la búsqueda del concepto no se agota jamás sobre el teclado, sino que renace, intacta y más pura, con la entrega de poner el alma en cada verso.

(Por: María de los Ángeles Horta Hernández)


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