No pasa un día sin tropezar en las redes con algún hecho de violencia contra las mujeres, y a la par se alzan voces por doquier, investigaciones, programas, grupos de apoyo para darle visibilidad a un fenómeno el cual se mantiene tras un velo patriarcal que justifica comportamientos y manifestaciones que también significan violencia.
Sin embargo, a pesar de esa ola de reclamos, la vida cotidiana de muchas mujeres cubanas transcurre en ese cúmulo de estereotipos, pues, aun a estas alturas del siglo XXI, parecen presas de un pasado plagado de dependencia, sumisión y baja autoestima.
Me cuesta a veces escuchar discursos que echan por tierra todo intento de empoderar y dar más soberanía al hecho de ser mujer y sentirse capaz e independiente de enfrentar cualquier reto, por duro que parezca.
“No me va muy bien, pero imagínate, necesito una relación para que me ayude. Tengo que mantener a mis dos hijos, y para qué trabajar si con lo que pagan en este país no alcanza para nada”.
¿Parece irreal, exagerado? No lo es, ejemplos hay miles, como quien pretende vivir de las remesas de esposos, novios y hasta padres o hermanos y no “disparar un chícharo”, porque total, aquí no se puede vivir del trabajo.
Y sí, es cierto que la situación es precaria, los salarios son exiguos y los precios no bajan; que cuando hay bocas que alimentar hay que hacer impensables sacrificios.
Pero ese es el punto: ¿hasta dónde somos víctimas de una economía casi nula, que es igual de cruel para todos los géneros, y hasta cuándo nos “autovictimizamos” como mujeres y preferimos quedarnos de brazos cruzados?
Conozco algunas que saben que el salario no alcanza, que apenas ven a sus pequeños porque tienen tres y cuatro empleos, y; sin embargo, no se rinden. Sé de quienes no tienen la suerte de recibir al menos 20 dólares de vez en cuando y se la pasan buscando alternativas, luchando para alimentar a sus viejos. De estos ejemplos también hay miles.
Me cuesta aceptar que hayamos recorrido tanto desde el origen de la humanidad para que una mujer se conforme con ser mantenida por un hombre. ¿Acaso no es eso lo mismo que otorgarle derechos que no tiene? ¿No le damos así vía libre para que disponga, si lo desea, de traspasar límites que no corresponden? ¿Cuánto valoramos nuestra independencia y nuestra integridad?
Contamos, entre otros mecanismos, con un Programa Nacional para el Adelanto de las Mujeres, aprobado por el Decreto Presidencial 198/2021 que constituye la piedra angular en el desarrollo de políticas a favor de las mujeres, al tiempo que da continuidad al avance y desarrollo de la igualdad de género en el país.
Tal y como establece en su esencia, este promueve acciones dirigidas a lograr mayor integralidad y efectividad en la prevención y eliminación de manifestaciones de discriminación con las mujeres, y entre las siete áreas que abarca está el empoderamiento económico y el acceso a la toma de decisiones.
Pero de qué valen políticas y programas en favor de mayor reconocimiento e independencia si vamos en retroceso, si nos conformamos con lo que pueda proveer el macho alfa como si viviéramos en tribus o manadas.
Los tiempos son difíciles. Muchas mujeres cubanas hoy hacen de madre y padre. Muchas mujeres cubanas cargan un hogar a sus espaldas. Muchas mujeres cubanas tienen que lidiar, solas, con las enfermedades y los gastos de insumos médicos para aliviar a sus ancianos.
Pero nada de eso puede ser razón para prescindir del orgullo y la dignidad de valerse por sí mismas. Mucho menos soportar humillaciones, engaños y violencia a costa de estabilidad económica. No le demos a nadie el derecho ni las herramientas para ser tratadas como víctimas o seres más débiles, porque no lo somos.
