La vivienda de Amado Riol, en La Habana, se ha convertido en el repositorio de la ayuda. «A veces llega alguien que no conozco con dos jabas (cajas) y me pregunta si esta es la casa de las donaciones; ayer me escribió una madre de dos niños y me dijo que no tenía los recursos necesarios para que ellos empezaran el curso escolar y en menos de 24 horas ya estaban resueltos», relató en entrevista con Sputnik.Riol afirmó que además es bastante común recibir fármacos para el tratamiento de enfermedades como el cáncer; incluso, «en tres ocasiones los hospitales que están cerca me han pedido ayuda con determinados insumos y esos medicamentos han sido donados por los propios vecinos».La bodega del barrio —establecimiento estatal donde se distribuían en Cuba alimentos y productos normados de la canasta básica— fue reparada por el proyecto y en la actualidad también funge como un repositorio para la recepción de ropa y material sanitario, otra expresión de que esta iniciativa ha tejido una red de apoyo enfocada en las necesidades de las personas en situación de vulnerabilidad.Para el activista, esta constituye «una integración de gente con sensibilidad» y señala que «el cubano siempre ha sido solidario». A su juicio, todas estas articulaciones nacionales e internacionales trascenderán «como una reacción popular ante el cerco estadounidense», por tanto, «en la medida en que crece la crueldad, aumenta la sinceridad, unión y organización de los cubanos».¿Cómo surge el proyecto?El proyecto surgió durante la pandemia de COVID-19. Primero partió de iniciativas comunitarias locales y luego, ante la compleja situación que experimentó Matanzas, Riol hizo un llamado en redes sociales para viajar hacia allá: «Empezaron a sumarse a esa decisión estudiantes universitarios, diversidad de personas y el cantautor Raúl Torres».El equipo marchó hacia la occidental provincia con un permiso especial de traslado. «Costó trabajo, pero al final, en cada punto de control, la policía nos aplaudía cuando veía la caravana de banderas cubanas; fue tanto lo que se recogió que, si bien pensamos inicialmente acudir a una sola casa de niños sin amparo familiar, nos alcanzaron las donaciones para cuatro de esos espacios», relató.Tras el éxito de esta primera iniciativa, «A Cuba hay que quererla» —título de una canción homónima de Torres—, sumó a los científicos del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIGB) y del Instituto Finlay de Vacunas, creadores de los inmunógenos Abdala y Soberana contra la COVID-19, y a los campesinos, quienes aportaron alimentos para los médicos en los hospitales.Ese crecimiento, dijo, se evidencia sobre todo en la pluralidad de sus integrantes: «Desde el punto de vista religioso hay babalawos, monjas, curas, también jubilados, médicos, militares y estudiantes, de manera que es la sociedad cubana integrada en un proyecto para ayudarse y vencer las dificultades».Riol lo definió, asimismo, como una iniciativa muy humana, estrechamente vinculada a la salud pública en la isla, de ahí que el ministerio de ese sector le concediera una condecoración por el altruismo manifestado durante la crisis epidemiológica, sumado a otra distinción por el 75 aniversario de Naciones Unidas.Redes internacionalesEl equipo incorporó a cubanos residentes en el exterior, que «son una fuerza extraordinaria», y extranjeros solidarios. Por ejemplo, recientemente la embajada de Rusia en Bogotá hizo llegar un importante envío de medicamentos y alimentos y, gracias al proyecto Somos Cuba, en Colombia, se podrá entregar tratamiento para convulsiones a padres y al Instituto de Neurología.En la actualidad, la batalla es contra la epilepsia, pues en la isla hay muchos niños que sufren esta enfermedad. Hace más de un año no entra valproato de sodio —un fármaco anticonvulsivo, estabilizador del estado de ánimo y utilizado principalmente para el tratamiento de esa patología— al sistema de salud de la nación caribeña.De acuerdo con Riol, el Ministerio de Salud Pública (Minsap), incluso en las difíciles condiciones actuales, empleó dinero para la adquisición de este medicamento que está en dos contenedores retenidos en Colombia, por razones políticas, y esos insumos están a punto de ser descontinuados. No obstante, movimientos de solidaridad de México, Grecia, Colombia, España y Bélgica han enviado pomos de ese fármaco.Hace un tiempo también se le acercaron mujeres que querían ser madres, pero padecían de trombofilia. «La primera fue de Matanzas; le hicimos llegar heparina sódica y me dijo el otro día que está embarazada. Ese recurso lo donan cubanos que viven aquí y otros residentes en el exterior; hemos logrado que algunas de esas madres tengan una vivienda».Un día de solidaridadDespués de eso, Amado se fue a los servicios oncológicos del Hospital Universitario Clínico Quirúrgico Comandante Manuel Fajardo para llevarles una pancarta que anunciara el fin exitoso del tratamiento de un paciente de cáncer, además de dexametasona, enviada por connacionales residentes en Nicaragua.Más tarde, acudió al Hospital Pediátrico Juan Manuel Márquez, mientras coordinaba el envío de insumos hacia Holguín y buscaba un televisor de segunda mano para un niño; tiempo atrás le donó el suyo a la niña Lady Laura, cuando llegó a su barrio con donaciones después del paso del huracán Ian por Pinar del Río.»A Cuba hay que quererla», recuerda, igualmente, que una nación también se sostiene por estos puentes invisibles entre personas. Eso lo sabe Dayamí Montes de Oca, una madre que acudió a casa de Amado, desde Guanabacoa, en la búsqueda del valproato de sodio para su niña de 6 años, quien padece de epilepsia y presenta una cardiopatía. «Lo vas a tener gratis y sin problemas», dijo Riol.

