José Antonio Saco frente a la Cuba de hoy: ¿Cómo recuperar la dignidad de una nación?
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Por Jorge L. León

Hay hombres que pertenecen a su tiempo y otros que, muchos años después de muertos, regresan para hacernos preguntas. José Antonio Saco es uno de ellos. No porque sus respuestas puedan trasladarse mecánicamente al siglo XXI. Eso sería convertir la historia en catecismo. Saco vivió otra Cuba, otra época y otros conflictos. Pero tuvo una preocupación que hoy vuelve a nosotros con extraordinaria fuerza: qué debía hacer Cuba para no dejar de ser Cuba.
Saco no comenzó su trayectoria política siendo el hombre que conocemos por su oposición a la anexión. Su pensamiento evolucionó. Fue reformista, defensor de la educación y crítico del régimen colonial. Durante años creyó posible una solución autonómica dentro de la monarquía española. Pero apareció ante él otra posibilidad: la anexión de Cuba a los Estados Unidos. Saco la estudió y la combatió.
En 1848 publicó «Ideas sobre la incorporación de Cuba en los Estados Unidos», donde expresó su temor fundamental: que la incorporación terminara convirtiéndose en absorción y que Cuba perdiera su personalidad nacional. Aquella preocupación merece ser tomada en serio. Porque Saco no estaba defendiendo solamente un territorio. Estaba defendiendo la dignidad de una nación.
El problema es que nosotros vivimos otro siglo
En el siglo XIX fueron muchos los cubanos que miraron hacia los Estados Unidos buscando una salida para la Isla. El anexionismo formó parte de los grandes debates políticos cubanos de aquella época. No debe sorprendernos. Cuba vivía bajo un régimen colonial que negaba derechos políticos y mantenía sometida a la sociedad. Para algunos, la anexión ofrecía instituciones republicanas, prosperidad y una ruptura con el dominio español.
Saco veía esos argumentos, pero temía el precio. Temía que Cuba dejara de ser Cuba. Nosotros, sin embargo, hemos vivido una experiencia que Saco jamás pudo imaginar. Hemos comprobado que una nación puede conservar su territorio, su bandera y sus símbolos y, al mismo tiempo, perder buena parte de sus libertades.
Durante décadas se nos enseñó que independencia era sinónimo automático de libertad. La historia demuestra que no necesariamente es así. Un país independiente puede ser una dictadura. Puede tener soberanía frente al extranjero y carecer de soberanía frente a su propio Estado. Puede tener bandera, himno y fronteras y, sin embargo, tener ciudadanos sin libertad para pensar, expresarse, asociarse o elegir. Y esa es la gran tragedia cubana.
Saco temía la absorción de Cuba por una potencia extranjera. Nosotros hemos conocido otra forma de absorción: la absorción del individuo por el Estado.
No necesitamos otro catecismo
Aquí es donde Saco vuelve a resultar actual. No para decirnos qué debemos escoger, sino para recordarnos que el destino de Cuba debe ser discutido pensando en Cuba y, sobre todo, en los cubanos.
No debemos convertir a Saco en una estatua para repetir sus palabras. Debemos recuperar su capacidad de pensar. Él examinó la anexión, la rechazó y defendió la personalidad nacional cubana. Pero también fue un hombre de su tiempo, con contradicciones y limitaciones propias de aquel siglo. Eso no disminuye su grandeza. La aumenta. Porque la historia no necesita santos. Necesita hombres capaces de pensar. Y Saco pensó.
Por eso hoy podemos formular una pregunta que él no pudo responder: ¿qué camino puede devolverle a Cuba la libertad que perdió? No deberíamos responderla con un “jamás” heredado ni con un “siempre” impuesto.
Si los cubanos quisieran construir una República independiente basada en libertades, Estado de Derecho, propiedad, elecciones libres y prosperidad, ese sería su derecho. Pero si algún día, libremente y sin coerción, consideraran conveniente una fórmula de asociación política con los Estados Unidos, ¿por qué habría que prohibir siquiera la discusión?
La decisión tendría que pertenecer a los cubanos. No a Madrid. No a Washington. No a Moscú. No a ningún gobierno. A los cubanos.
Recuperar la dignidad
Quizás hemos pasado demasiado tiempo discutiendo sobre símbolos y demasiado poco sobre ciudadanos. ¿De qué sirve proclamar una independencia absoluta si el ciudadano no puede hablar libremente? ¿De qué sirve una soberanía que no garantiza prosperidad? ¿De qué sirve una bandera si debajo de ella un pueblo tiene miedo?
La dignidad nacional no puede reducirse a una palabra. Tiene que existir en la vida concreta: en quien puede expresar su pensamiento, elegir su destino, trabajar, prosperar, votar sin miedo y criticar al gobierno sin convertirse por ello en enemigo de la patria.
Eso también es independencia. Quizás sea la independencia que más nos ha faltado. Por eso no quiero utilizar a José Antonio Saco para cerrar una discusión. Quiero utilizarlo para abrirla. Él preguntó cómo impedir que Cuba dejara de ser Cuba. Nosotros, después de más de seis décadas de comunismo, tenemos que hacernos una pregunta todavía más urgente: ¿cómo conseguir que Cuba vuelva a ser de los cubanos?
No sé cuál será la fórmula política definitiva de esa Cuba. Pero sí sé lo que no quiero para ella: otra vez una Cuba sin libertad. Por eso mi posición parte de algo anterior a cualquier fórmula política: la dignidad humana. Y desde ahí debemos discutir sin miedo.
Anexión o República independiente: ambas, si son libremente escogidas por los cubanos y garantizan libertad, derechos, prosperidad y dignidad, constituirían un eslabón superior al sistema que hoy ha condenado a Cuba al fracaso.
La discusión no debería ser cuál palabra suena más patriótica. La verdadera pregunta es otra: ¿qué camino devuelve a los cubanos la posibilidad de volver a ser dueños de su destino? Quizás ahí comience, finalmente, la recuperación de nuestra dignidad perdida.
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