Si duele no es amor
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Si duele no es amor

Existe un tipo de violencia que en principio no deja marcas visibles en la piel como moretones o arañazos por agresión, pero posee una fuerza a veces superior al golpe porque todos los signos se encuentran hacia adentro, en la psiquis, donde las heridas quizás permanecen de manera más profunda y son difíciles de curar porque se cocinan a fuego lento, solapadas, y logran mancillar lo más básico del ser como la autoestima, la percepción de la realidad y la libertad de decidir hasta dejarnos hechos un estropajo en una esquina, creyendo que nada valemos.

A diferencia del tipo común de violencia ruidosa que llega con gritos, zarandeos y hematomas, esta otra entra a la vida casi en silencio, disfrazada de amor. Lamentablemente es un escenario más común de lo que creemos; más persistente de hombres hacia mujeres como herencia de ese machismo ancestral que es tan complicado erradicar, pero que no es absoluto de nuestro género, también podemos encontrado en sentido inverso.

Vamos a referirnos a lo que más abunda. En entornos así muchas mujeres comienzan a dudar de sí mismas y de repente dejan de ser independientes y hasta piden permiso para hacer lo que antes decidían con total libertad, y me refiero hasta lo más elemental y no a lo que de pareja se trata, claro está. A veces estas mujeres dañadas se ponen quisquillosas en revisar mentalmente cada palabra antes de pronunciarla para no equivocarse y provocar el tsunami que adivinan, o siempre están alertas y aprenden a interpretar el estado de ánimo de su compañía para evitar una reacción indeseable.

El problema es que en muchas ocasiones niegan que viven en un ambiente tóxico, se llegan a convencer de que el amor es así, un poco convulso, un poco celoso. Y la verdad es que puede haber sus capítulos de recelos, pero no debería ser lo habitual. Creerlo es enfermizo y habla más de desconfianza que del sentimiento en pareja.

El buen trato, para ser completo, debería excluir toda forma de intimidación, aunque parezca «blanda» como hablar con rudeza, o usar la mudez como castigo psicológico, utilizar la ironía hiriente o el cuestionamiento constante, además de tantos otros ejemplos que tanto duelen, minimizan y suprimen la paz mental. Vivir en pareja no debería ser un suplicio que debemos soportar porque nada nos obliga a tal sacrificio.

Y no, las mujeres no somos florecitas sensibles. A veces sucede que ni notan cuando son víctimas de comportamientos opresores o de persecución, que viven una guerra psicológica que absorbe y no les deja escapar porque normalizan tal ambiente y creen inadecuado exigir trato del tamaño del amor que sienten.

A veces desde el lugar equivocado se formulan preguntas que cuestionan la capacidad de aguantar porque desde afuera lo vemos, supuestamente, tan fácil. Quizás detrás existen factores que les impiden recoger e irse porque también puede haber factores económicos y de otros tipos que imponen una encrucijada. La pregunta interna para la oprimida debería ser, ¿es suficiente motivo?

En no pocas ocasiones este comportamiento de confrontación psicológica es solo la antesala de la agresión física, incluso de feminicidios, de autolesiones y suicidios porque no encuentran forma de salir del círculo vicioso.

¿Existen mecanismos psicológicos y sociales que le permiten a una relación convertirse de manera progresiva en un espacio de miedo, dependencia y control? Sí. Es multifactorial y también muy abundante. A veces no se alcanza a ver la magnitud del problema o se justifica de mil formas, cuando debería obligar a tomarlo en serio porque sentirse intimidado no es normal.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) estudia constantemente todas las formas de violencia y asegura que millones de mujeres en todo el mundo sufren, o han experimentado, comportamientos que violentan su naturaleza, no solo con agresiones físicas, y poco importa la madurez que se tenga, estatus social, nivel profesional y todos esos valores que nos clasifican para la estadística.

El daño psicológico y las conductas de control que atemorizan son bastante comunes. Ejemplos de moda tenemos: monitorear el teléfono, decidir con quién se comunica y relaciona, cuestionar la manera de vestir, vigilar sus movimientos, amenazar, humillar o hacerle sentirse culpable… Ninguna de estas actuaciones son consideradas normales en pareja, sino reflejo de inseguridad y dominación obsesiva.

Son conductas de violencia que responden a un patrón de sometimiento que busca sumisión, sentir poder sobre el otro. Nunca estará bien, si duele no es amor. A veces viene con voz dulce, sin grito ni rudeza.

No obstante, una dificultad de la violencia psicológica es que precisamente puede confundirse como afecto. Y no. El control excesivo no es preocupación, la desconfianza no es querer. Es verdad que puede ser interpretado como temor a ser abandonado, pero la paranoia nunca lleva a sitio seguro, al contrario, agota.

También es cierto que desde afuera no podemos saber cuándo una relación es abusiva, eso solo lo sabe quien lo vive, por eso, a esa mujer que tiene una pareja que se comporta de esta manera, le decimos que cuando tal conducta se convierte en una constante, reduce de forma progresiva la autonomía e impone inseguridad, es momento de cuestionar si es saludable.

El sentimiento no debería utilizarse jamás como instrumento de control. Cualquier expresión de miedo debería estar desterrado de una relación, ser la alarma más grande que exista para salir huyendo o, cuando menos, sentarse a tratar de poner los elementos sobre la mesa e intentar revertirlo, si fuera posible.

Repetimos, no está bien modificar la conducta instintiva para evitar conflictos, tampoco desconfiar de sí misma y aguantar humillaciones. Quien descalifique como por deporte, o manipule, amenace y castigue, no debería tener el privilegio de participar de la vida de quien intenta someter porque pueden ser muy serias sus consecuencias, más allá de la salud mental.

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