
Después de ocho meses de prisión en la fortaleza de San Carlos de la Cabaña, a la vista de La Habana, el poeta Juan Clemente Zenea y Fornaris, natural de la ciudad de Bayamo, fue fusilado por mandato del capitán general español Blas de Villate, Conde de Valmaseda.
El 25 de agosto de 1871, a las 7:00 de la mañana, lo trasladaron hasta el Foso de los Laureles, donde recibió los disparos mortales. En estos últimos días de prisión, el bardo oriental escribió hermosos poemas, como Desde la prisión, Infelicia y A una golondrina, y así su numen poético vibró, queriendo llevar a todos felicidad y amor.
CONTROVERTIDO VIAJE A CUBA LIBRE
El 11 de diciembre de 1870, el también editor y periodista había llegado hasta el campamento del Presidente de la República de Cuba en Armas, Carlos Manuel de Céspedes, su amigo y coterráneo, en Magarabomba, al noreste de Camagüey.
Era portador de las famosas propuestas de paz del Gobierno español, presidido por el general Juan Prim Prat, mediante el escritor y político reformista Nicolás de Azcárate, a la Junta Cubana de Nueva York.
Aun con disparidad de criterios, Zenea encontró a bien trasladarlas al mando insurrecto en Cuba. A la vez, entregó al Gobierno insurrecto las cartas redactadas por los agentes revolucionarios en el exterior, Miguel de Aldama y José Manuel Mestre, para el Presidente Céspedes y el ministro de Relaciones Exteriores Ramón de Céspedes Barrero.
En estos documentos, se decía que el poeta Zenea era bastante conocido por su patriotismo, por lo que no era necesario hacer una relación de todos sus méritos y antecedentes revolucionarios que probaban su lealtad a la lucha, siendo una persona enteramente confiable.
El comisionado informó, con sinceridad, el mal estado de la emigración, las divisiones, discordias, miserias humanas entre los exiliados y la falta de fondos. Aseguró que nadie daba dinero en el exterior, que no vendrían recursos de guerra ni tampoco el general Manuel de Quesada con la prometida poderosa expedición armada.
Después de describir las discordias y apatías en el extranjero de los patriotas cubanos, capaz de desalentar a los más fuertes, por la soledad en que quedaban en Cuba frente al enemigo, Zenea pasó a abordar las propuestas de paz del general Prim.
Como ninguna de las medidas llevaba a la independencia absoluta de los cubanos, el Presidente Céspedes manifestó a Zenea que no transigiría con los colonialistas, sin importarle que la emigración estuviera dividida y que no pudieran llegar expediciones con recursos militares.
Respecto a Nicolás Azcárate, representante del Gobierno español, le pidió que le dijera de su parte que no se empleara en una misión tan indigna de un cubano. Frente a posturas tan radicalmente revolucionarias, que rechazaba de plano una paz sin independencia, Juan Clemente hizo una importante aclaración: “Ciudadanos: Yo no soy más que un simple conductor de estas proposiciones y, desde este momento, solo un número más entre ustedes. Separatista incondicional, a no ser porque tengo que volver a cumplimentar mi comisión, me quedaría en vuestra compañía”. Consecuente con sus principios patrióticos, aceptó llevar al extranjero todas las orientaciones para fortalecer la lucha liberadora. En ningún momento mostró públicamente inclinación a la autonomía ni defendió esta variante política.
De acuerdo con el testimonio del Presidente Céspedes, durante el tiempo que el poeta permaneció junto al Gobierno insurrecto acreditó decisión e interés por la independencia de Cuba.
Brindó su cooperación para tratar con ciertos individuos y corporaciones en el exterior para sumarlos a la lucha revolucionaria. Esta grande adhesión de Zenea dio garantías a Céspedes y demás dirigentes revolucionarios para que regresara rápidamente hacia los Estados Unidos con importantes documentos.
El ministro Ramón de Céspedes testificaba que no hubo motivos para tomar actas de aquellas simples cartas ni de ningún hecho de Zenea, porque en todo tiempo el poeta estuvo del lado de los ideales revolucionarios. La partida de Zenea sería en una goleta inglesa, la cual había quedado de venir a buscarlo por el estero de La Guanaja, al norte de Camagüey, el 28 de diciembre de 1870.
Como expresión de la ilimitada confianza de Céspedes con su coterráneo, le pidió que sacara a su esposa Ana de Quesada hacia los Estados Unidos. Quería alejarla de los riesgos de la guerra, pues tenía tres meses de embarazo y un tumor en el pecho.
No puso ningún reparo en que la ilustre camagüeyana lo acompañara. En opinión de Céspedes, el comisionado a Cuba había cumplido cabalmente su misión y entregado los documentos mandados por el agente en el exterior Miguel de Aldama y satisfizo todos los datos pedidos sobre la vida en la emigración. S
Sobre el papel de Zenea en el campo insurrecto escribió Céspedes: “Ninguno mejor podía haber sido el escogido para darnos el verdadero conocimiento de nuestra situación, y él dará la misma correcta idea de cómo van las cosas por aquí”. PRISIÓN Y CALVARIO Sin embargo, no todo salió como esperaba Zenea. Cuando llegaban a la hacienda Santa Rosa, cercana al estero de la Guanaja, la comitiva fue sorprendida por el batallón español Cazadores de Aragón, al mando del teniente coronel José Vergel Soto.
Mientras se cerraba el cerco de las fuerzas españolas algunos miembros lograron escapar seguidos por los disparos del enemigo. Zenea y Ana de Quesada no pudieron escabullirse.
Al poeta no le encontraron ninguna arma, pero sí 17 cartas con destino a Miguel de Aldama, Hilario Cisneros, José Valiente, Carlos del Castillo, José María Mora y Manuel de Quesada, todas instando a trabajar por armonizar las diferencias de opinión y poner especial atención al envío de armas y municiones a los bravos soldados del Ejército Libertador. Asimismo, conducía más de cinco mil pesos y 100 onzas de oro, con el cual se pensaba activar la lucha patriótica en el exterior.
En ese crucial momento, fue que le mostró a José Vergel un salvoconducto español, firmado de puño y letra del ministro español en Washington, Mauricio López Rubens, autorizado por el regente Francisco Serrano, fechado el 1 de noviembre de1870.
El documento estipulaba que todas las autoridades de mar y tierra, los voluntarios de Cuba, dejasen libre el paso a don Juan Clemente Zenea, para entrar y salir de la Isla por el punto de su elección y en la forma que creyese conveniente.
Es decir, todas las autoridades y fuerzas colonialistas debían franquear el paso al portador, porque andaba en cumplimiento de una misión del Gobierno español, por lo que pedía entrar y salir de Cuba sin ningún contratiempo.
Conducido a la ciudad de Puerto Príncipe, el jefe español de la región camagüeyana, general José Sabas Marín, respetó el salvoconducto, pero lo mantuvo incomunicado hasta recibir instrucciones del Conde de Valmaseda.
El capitán general Blas de Villate trató a Zenea no como un enviado o espía español sino como un sincero emisario de los patriotas del exilio. Consideró que aquel permiso, simplemente, le servía como una garantía de inviolabilidad para prestar servicios a los insurrectos.
Por tanto, ordenó su inmediato traslado a La Habana y la tramitación de un juicio por separatista y traidor a España. En una de las cartas que portaba Ramón de Céspedes transmitía al exterior: “… las proposiciones de paz, excepto aquellas que tengan como base precisa la absoluta independencia de Cuba, no serán atendidas”.
Es decir, regresaba con la respuesta negativa a España de sus medidas para alcanzar una paz sin independencia. Durante los seis meses de encierro, Zenea escribió 16 composiciones, las que más tarde fueron reunidas bajo el título Diario de un mártir.

A pesar del atroz final que le esperaba en manos españolas, el patriota jamás adjuró de sus ideales, más bien en sus últimos versos aflora un profundo legado de cubanía.
FUENTES: Poesías póstumas del malogrado poeta Juan Clemente Zenea (1871); María Gómez Carbonell: Estudio crítico-biográfico de Juan Clemente Zenea (1925); Antonio L. Valverde: Juan Clemente Zenea, su proceso de 1871 (1927); Cintio Vitier: Poetas cubanos del siglo XIX. Semblanzas (1969) y Rescate de Zenea (1989); Vidal Morales Morales: Hombres del 68. Rafael Morales González (1989); y Carlos Manuel de Céspedes: Escritos (1982). Pie 1 El poeta mártir de Bayamo Pie 2 Foso de los Laureles del Castillo San Carlos de La Cabaña
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