
Foto: Tomada de Cubadebate
En estos días se vive la 34 Feria Internacional del Libro, y parece apropiado abordar la lectura desde una de las tradiciones más cubanas: la tabaquería. Una práctica que inició en 1865, impulsada por el asturiano Saturnino Martínez, quien encontraría en el placer de la lectura la compañía perfecta del torcedor de tabaco.
Este señor conocía el mundo de las hojas de tabaco y la cuchilla, pues trabajó como torcedor en la tabaquería Partagás de La Habana y en 1865 fundó el periódico La Aurora con Manuel Sellén, una relevante publicación para los artesanos y tabaqueros, reseñan fuentes bibliográficas.
Con el transcurso del tiempo, la lectura en voz alta en las fábricas de cigarros dio origen a un nuevo oficio: lector de tabaquería.
La literatura histórica nos relata que el contexto social no favorecía la alfabetización para este sector de la población; el país vivía bajo el puño de la metrópoli española y la sociedad se destacaba por una desigualdad racial y un nivel educacional muy restringido.
El intelectual Miguel Barnet en su artículo El lector de tabaquería, una tradición cubana afirma que, en la isla caribeña, la tradición de leer en voz alta en las fábricas de tabaco a operarias y operarios se convirtió en un hábito social.
Barnet señala que fue Saturnino quien comenzó a utilizar lectores durante la jornada laboral. La fábrica El Fígaro fue pionera de este oficio que se mantiene hasta la actualidad, y luego le siguió Jaime Partagás con sus propios talleres tabacaleros.
La tradición se consolidó en nuestra capital en las fábricas Partagás y Cabañas. La reconocida periodista Marta Rojas, en su texto Lector de tabaquería: un patrimonio cultural de la nación (2018), suscribe las palabras del prestigioso etnólogo Fernando Ortiz, al decir que fue el político y director del Liceo de Guanabacoa, Nicolás Azcárate, quien sembró la semilla de este tipo de lectura.
Las personas que laboraban en ellas, procedentes de una clase social humilde marcada por el analfabetismo, tuvieron la oportunidad de adentrarse en otros mundos a través de la escucha diaria de la literatura universal, con grandes títulos como Los miserables, de Victor Hugo y el Conde de Montecristo, de Alejandro Dumas.
Curiosamente, dos de las marcas más populares de tabaco llevan el nombre de Montecristo y Romeo y Julieta (nombre de la obra de William Shakespeare)
No todo fue gloria para los operarios que se nutrían de estas lecturas, pues algunas se consideraban subversivas y no eran permitidas por el régimen imperante en el país.
En el artículo mencionado anteriormente, Barnet describe de manera detallada como los torcedores se aprendían de memoria capítulos enteros de obras clásicas de la poesía y la prosa. Al finalizar cada lectura los torcedores golpean en la mesa de madera con la chaveta o cuchilla como señal de agradecimiento al lector.
A esta tradición se sumó incluso, de cierta manera, el Héroe Nacional José Martí, pues en las tabaquerías de Tampa y Cayo Hueso, en Estados Unidos, estuvieron presentes sus discursos patrióticos, escuchados por los tabaqueros exiliados en estas ciudades, fieles aliados y contribuyentes económicos de la independencia de la isla.
Para Martí, a decir de Ortiz, «la mesa de lectura de cada tabaquería fue tribuna avanzada de libertad».
Sobre este tema y la estrecha relación establecida entre el Apóstol, este gremio y con algunos dueños de las fábricas, se refiere el escritor Raúl Martell Álvarez en las páginas del libro José Martí y los tabaqueros de Tampa y Cayo Hueso, presente en esta Feria del Libro gracias a Ediciones Cubanas.
En el ejemplar, el autor destaca que «la clase obrera ocupada en las labores tabaqueras estaba formada en un ambiente cultural y políticamente avanzado, resultado de la profusión de lectores en las fábricas (…) lo cual posibilitó que tomaran conciencia sobre las condiciones políticas y sociales en que estaba viviendo esa sociedad».
Esta afirmación coincide con lo planteado por Miguel Barnet, para quien el lector de tabaquería «era y es un oficio sagrado».

