Antropólogo Yoel Monzón González junto a otros especialistas (primero de izquierda a derecha). Fotos: cortesía del entrevistado
Aunque su residencia es en las cercanías del hospital pediátrico matancero, si se necesita ver al máster en ciencias y antropólogo Yoel Monzón González los lugares más probables para encontrarle son el segundo piso del Hospital Provincial Clínico Quirúrgico Docente Faustino Pérez, donde radica el Servicio provincial de Medicina Legal, o la Escuela de Medicina, otra sede donde dedica tiempo a investigar y resolver acertijos forenses. De ahí que no es casual que cuando se convocó a la brigada internacional Henry Reeve, con experiencia en desastres, para asistir solidariamente en la República Bolivariana de Venezuela este licenciado en Biología, con amplia experticia y dedicación a la antropología forense, fuera de los primeros en ser convocados.
El 24 de junio de 2026 el estado costero de La Guaira amanecía con su belleza paradisíaca habitual, traducida en laberintos de calles empedradas y joyas arquitectónicas que pretenciosamente aspiraban, con prontitud, a ser declaradas Patrimonio de la Humanidad. Pero la caída de la tarde llegó con la sorpresa desgarradora: un doble terremoto derrumbó unos 190 edificios, dejó inhabilitadas 24000 viviendas y acabó con la vida de más de 6 400 personas, y otras miles desaparecidas entre escombros. A solo seis días del siniestro, el apoyo cubano llegó a la nación sudamericana.
“En Cuba somos dos antropólogos forenses. El otro es el colega que trabaja en el Instituto de Medicina Legal en La Habana, el doctor en ciencias Dodani Machado Mendoza. Llegamos a las 1:30 de la mañana y ya al otro día no solo los forenses, sino todos los médicos e ingenieros de la construcción comenzamos nuestro trabajo.
“Estaba en los silos de La Guaira, exactamente dentro del bolipuerto. Habían dos escenarios: el lugar de donde estaban extrayendo a las víctimas, y las morgues. La primera morgue habilitada se encontraba en Bello Monte, Caracas, fue la primera en uso pero colapsó a los pocos días por la alta cantidad de cadáveres que generó el siniestro. La segunda, la de la Guaira y donde laboramos los cubanos, fue muy bien pensada al situarse en un lugar espacioso. Allí se pudieron instalar las carpas para realizar el trabajo de forma coordinada y acatando la metodología o los protocolos internacionales”.


El jefe del Equipo de Trabajo de Antropología Forense (ETAF) de Matanzas pertenece al Comité Internacional de la Cruz Roja, a la Asociación Latinoamericana de Antropología Forense y a la Asociación Española de Antropología y de Odontología Forense. “A medida que íbamos interactuando con los venezolanos, que conocieron nuestra experticia en el manejo de cadáveres, decidieron ubicarnos en el primer filtro del trabajo de identificación, de conjunto con los médicos forenses y las autoridades judiciales.
“En muchas ocasiones la familia venía, de forma directa, y nos daba un grupo de informaciones. Entonces realizábamos el cotejo y una vez tenido en cuenta el perfil biológico o tetralogía identificativa (determinar sexo, edad, afinidad ancestral y estatura), si coincidía con la persona sospechosa de identidad, automáticamente buscamos características individualizantes para poder dar una identidad absoluta”.
Bien sabe Monzón que identificar no se trata de estadísticas, de números fríos que puedan manipularse y verse grandes en un papel. Cada número es una persona, una madre que ya no arropará más a su hijo antes de dormir, un niño o un anciano que no lo logró, una vida tronchada, y también un cuerpo que tiene un nombre el cual espera que le sea devuelto. Identificar es justo eso: que un ser querido deje de estar perdido bajo los escombros, que la incertidumbre acabe.

“Es dignificar a las víctimas, cumplir con la labor humanitaria en el escenario más complejo al que me he enfrentado. Estamos hablando de cifras que superaban los 50 000 cadáveres, entre ellos un número grande de niños. En el caso de los antropólogos forenses cubanos trabajamos en más de 700 casos e identificamos unos 400 de forma positiva, de forma absoluta.
“Se cumplió la misión y a la vez ese reto de poder insertarnos en el trabajo, en colaboración con los antropólogos forenses venezolanos, de lograr darle respuesta a esas familia que también son víctimas porque perdieron sus casas y muchos familiares y amigos”.
Podría parecer que las historias golpean desde lejos, entre rostros desconocidos y dolores ajenos pertenecer a otra nación. Pero la solidaridad cualifica a los hombres y les enseña a amar más allá de las fronteras de la tierra, a sentir con un solo corazón aunque se trate de dos cuerpos, y a extender la mano sin miramientos a razas, credos o políticas.

“Trabajé con una antropóloga forense venezolana que se encontraba en la primera línea desde el día cero. Las presentaciones fueron muy formales, por lo que sabíamos muy poco uno del otro. Cuando íbamos aproximadamente por el cadáver número 10, ella empieza a llorar. No entendía por qué, al tratarse de una persona con 20 años de experiencia en la antropología forense, hasta que me dijo: El problema es que ese niño (de unos 12 años) creo que es mi vecino. Ahora, cuando usted haga la inspección, revise si tiene un lunar con vellos en la espalda y diastema (separación entre dientes).
“Lo más fuerte pasó después, porque al momento de confirmarle que coincidían las características individualizantes, aquella mujer cayó en el piso y entonces tuve que ayudarla a reponerse en aquel lugar donde estaban los cadáveres, los líquidos putrefactivos. Fuerte fue, además, entender que también ella era una damnificada, que se había quedado sin casa y que había perdido familiares por causa del terremoto; sin embargo estaba ahí, trabajando en función de aportar a la ciencia forense, identificando a las víctimas del siniestro”.
Hurgar en la memoria no solo trae del recuerdo cercano los paisajes nefastos de una catástrofe sin precedentes en tierras venezolanas. Junto al olor putrefacto de cuerpos corroídos llegan las historias que calan y no solo desde las batas blancas o el lado de la ciencia; llegan otras igualmente traumáticas y hasta indescriptibles, que pulsan el botón del dolor y de la lágrima que se niega a quedarse quieta.

“El caso más complicado para trabajar fue uno donde existía una mezcla de restos humanos, tristemente de niños de la misma edad. Tenían todavía tejido blando, en descomposición, lo que conllevó el actuar en conjunto de cubanos y venezolanos.
“La carga emocional al trabajar con niños no hay palabras que la definan. Ningún forense está adaptado, lo que sí estamos es preparados. Debemos recordar que estamos trabajando con material humano, no con personas. El forense tiene que verlo así para poder cumplir con su deber. Si nos sensibilizáramos demasiado y creáramos simpatía con las víctimas del hecho, entonces no pudiéramos cumplir con nuestro rol y fuera peor, porque las familias no pudieran identificar a su ser querido fallecido.
“Estaba trabajando cuando llegó una mujer, una señora mayor, buscando 45 miembros de su familia. Otra vino por 32. Conocimos a personas que habían perdido 12, en su mayoría niños. Pero el caso que más me condolió fue el de una muchacha que llegó el tercer día de quehacer allá, de tez muy blanca y buena presencia en ese momento.
“Trajo el cadáver de su madre para que lo identificáramos. Después, al cabo de unos días, aparece con el de una niña de 4 años. Se lo identificamos también. A los días, otra niña de 6 años; también su hija. Casi al terminar la misión, regresó con el cadáver de un menor de 15 años.
“Vimos el deterioro de esa muchacha que estaba constantemente afuera, junto a los que trabajaban en función de recuperar restos humanos. Fue deteriorándose física y psicológicamente. Se notaba en la ropa, la delgadez y el color de la piel que el sol cambió de modo significativo. Lo que más nos dolió fue irnos sin identificar a su otra niña de 8 años, sin darle esa paz.
“Los antropólogos forenses, como los médicos legistas, no somos de sangre fría. Nos duelen todas estas cuestiones porque somos humanos, y aunque nos cueste tenemos que ubicarnos en nuestro trabajo profesional para poder cumplir con el rol científico. No podemos equivocarnos, no podemos revictimizar a esa familia dándole un cadáver que no es; pero sí nos duele. Y hemos llegado a Cuba con ese dolor que sabemos seguirá por no poder cerrar el ciclo del luto activo de esa muchacha que puso toda la confianza en lo que hacemos los cubanos”.





El otrora profesor de biología en las aulas del IPVCE Carlos Marx hoy constituye referente en el mundo forense, mucho más allá de la geografía antillana. Su membresía en la Asociación Latinoamericana de Antropología Forense no es casualidad, sino el resultado de años de preparación y minuciosa labor en esa área del saber y el actuar.
“El siniestro de la base de Supertanqueros jugó un rol en la enseñanza. Aprendimos a trabajar con restos óseos carbonizados, calcinados, y eso lo aplicamos en Venezuela. Desgraciadamente un movimiento de ese tipo, un doble terremoto de tan amplia magnitud, genera además de los habituales derrumbes, que entonces muchos depósitos de gas exploten. De ahí que el número de casos calcinados con el que trabajamos resultó superior, ascendiendo a más de 30”.
Treinta días estuvo el especialista matancero extendiendo su sapiencia solidaria en el estado de La Guaira, donde la naturaleza se ensañó con todas sus fuerzas contra recursos y vidas. Allí vivió jornadas que parecían interminables y dolorosas en extremo, pero que paradójicamente se archivan con el grato sabor de la satisfacción que llega tras el deber cumplido.
“Hemos recibido innumerables reconocimientos de las autoridades, de colegas y organizaciones internacionales que estuvieron ahí. Pero, sin dudas, lo que nos llena de satisfacción es haber cumplido con la labor humanitaria en ese noble pueblo que sufrió un desastre de tan amplia magnitud. Los científicos forenses aportamos un granito de arena con nuestros conocimientos y desempeño”.
El regreso a la Isla no borró las imágenes grabadas en la memoria de Yoel Monzón. La misión en La Guaira terminó en el calendario, pero el eco de los llantos y el olor a calamidad persistieron en la maleta. En la tranquilidad de su Matanzas, en las cercanías del hospital pediátrico yumurino, el silencio de la noche a veces le revive historias como la de aquella madre a la que no logró darle toda la paz esperada. La labor de Yoel y sus colegas trasciende la mera ciencia: es un acto de justicia poética que devuelve la dignidad al final de la vida. El duelo tiene sus propios tiempos y deudas. La solidaridad no es un gesto abstracto, sino la prueba fehaciente de que la humanidad se hermana cuando el dolor no entiende de fronteras. (Edición web: Miguel Márquez Díaz)
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