Donde haya una mujer, hay Federación
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Donde haya una mujer, hay Federación


Mónica Sardiña Molina

Mónica Sardiña Molina


@monicasm97

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21 Agosto 2026

Camina por el Caracatey con la desenvoltura de quien conoce cada palmo de esa comunidad santaclareña donde ha vivido por más de 30 años. Intercambia saludos y conversaciones breves con cada vecino que se cruza, y abre las puertas de su casa con esa humildad hospitalaria reconocible en tantos barrios cubanos.

Luce más presta a los gestos que a las palabras. No adorna las frases ni recita discursos ajenos. Hace, ayuda, trabaja, tiende la mano y contribuye, desde su patria más chica, a mantener la vitalidad de dos obras gigantescas con las que creció casi a la par: la Revolución y la Federación de Mujeres Cubanas.

A sus casi 68 años, Zenaida Chaviano Figueredo es la secretaria del bloque 215 de la FMC, representante de la organización femenina en el consejo popular Sakenaf-Caracatey y miembro no profesional de su Comité Municipal en Santa Clara.

«Desde niña me uní a mi tía, que era coordinadora de zona de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR). Aprendí con ella las labores de esa organización y también de la FMC, y cuando cumplí los 14 años ingresé a la Federación. Siempre me mantuve activa. Cuando me convocaron para que asumiera responsabilidades, di el paso al frente; primero, como secretaria de delegación y, luego, de bloque».

Zenaida rehúye de las formalidades, porque la impulsan razones muy auténticas y calurosas: «Ayudo a las personas que tenga que ayudar porque, ante todo, soy muy humana, soy muy sensible, muy sentimental. Me cojo los problemas de la gente para mí».

Como integrante de una organización que nunca ha trabajado solo para las mujeres, a Zenaida le preocupan todos los asuntos de la comunidad, y en cada iniciativa acompaña al joven Asiel Aguada Barceló, delegado de su circunscripción, líder del consejo popular y diputado por la capital provincial al Parlamento cubano.

«Nos ayuda en todas las tareas, y nosotros trabajamos a la par con él en lo que haga falta. Si hay que ir a Revacadero, a la comunidad de Alevines, a Los Sirios o a la Autopista, vamos, y nos montamos en lo que él consiga para llegar. Lo que haya que hacer, se hace.

«Es muy importante el trabajo con los jóvenes. Hace poco había un muchacho aquí que no le gustaba la carrera que estaba estudiando y se iba a desvincular de la escuela, pero le dije: “No puede ser. Dale, vamos”. Fuimos a la Federación, le conseguimos un curso y se graduó de dulcero con calificaciones excelentes. Después vino y me dijo: “Gracias a que fuiste conmigo y no me soltaste la mano, pude pasar el curso”.

Federada Zenaida Chaviano realizando labor comunitaria.
Hacer lo que sea necesario para ayudar a los demás es una de las mayores motivaciones que guía a Zenaida (izquierda), dentro y fuera de su comunidad. (Foto: Mónica Sardiña Molina)

«Me intereso mucho por los niños que tienen problemas en la comunidad, porque eso me duele. Muchas veces he tenido que llevarlos al médico y no me ha importado si es tarde en la noche o no hay corriente.

«Desde la Federación, atendemos a las personas vulnerables. Las identificamos y nos comunicamos con la trabajadora social para gestionar la ayuda. Hacemos caldosas comunitarias para contribuir a la alimentación. Las federadas salen, ayudan, pelan viandas, hacen lo que tengan que hacer. También hemos recogido donaciones para hogares maternos y los niños que pasan mucho tiempo ingresados en el hospital pediátrico, y, recientemente, hicimos una jornada de limpieza en el centro de protección social».

El altruismo de Zenaida y de otras muchas mujeres dispuestas a entregar lo mejor de sí por el bien de los demás no responde a conveniencias circunstanciales. Es una disposición permanente, casi un reflejo, para intentar aliviar la carga de quienes más sufren en cada momento.

«Cuando pasó el ciclón Irma, fuimos a Isabela de Sagua para ayudar con la recuperación limpiando viviendas. Durante la pandemia de la COVID-19 íbamos a varias comunidades alejadas a buscar embarazadas y ancianos enfermos para traerlos al hospital a que se hicieran análisis y se atendieran con los especialistas, y luego los llevábamos de regreso a sus casas. Trabajamos en la línea roja del hospital de campaña que funcionó en la Facultad de Tecnología de la Salud y Enfermería, de la Universidad de Ciencias Médicas, y cada vez que amenaza un evento meteorológico y se establece allí un centro de evacuación, vamos a ayudar en lo que sea necesario. Hacemos lo que tengamos que hacer».

Cercana a las siete décadas de vida, no pide privilegios ni descanso. Como tantas cubanas, carga al hombro el saco de carbón, improvisa una hornilla sobre una lata vieja y hace magia dentro de la olla para que no falte el alimento. Sigue trabajando como agente de telecomunicaciones, a pesar de que la demanda de dichos servicios ha disminuido, ostensiblemente, en los últimos años, mientras espera la merecida jubilación. Y encuentra tiempo y deseos para seguir impulsando el trabajo de la FMC desde su pedacito de país.

«Tenemos mujeres creadoras y si llega alguna visita al barrio se le da un presentico confeccionado por ellas, para que vean lo que hacen. Como parte del Programa para el Adelanto de las Mujeres, tenemos agricultoras a las que se les entregó tierra para que la trabajen. Atendemos a madres con tres o más hijos, a personas en situación de discapacidad, con la guía de la trabajadora social, que es mujer también.

«Damos seguimiento a las personas sancionadas y sus familias, y contribuimos a su reinserción en la sociedad. Incluso, he ido al centro penitenciario de Guamajal para visitar a mujeres que cumplen allí su condena, y a la casa de niños sin amparo parental donde han estado menores del barrio. Fomentamos la participación social de las personas de la comunidad LGBTQ+. Por ejemplo, una mujer trans, a la que conocemos cariñosamente como la Flaca, que antes estaba desempleada, hoy es trabajadora social en Los Sirios. Todo el mundo la busca, todo el mundo la conoce y también me ayuda a atender la Federación allí.

«Para la implementación de las transformaciones económicas y sociales, ya identificamos a las personas que necesitan un subsidio, porque no podrán pagar los alimentos y productos básicos por medios propios. Ante cualquier convocatoria, la gente aporta: lo mismo para hacer una caldosa que para recoger la basura que se acumula en la esquina. Participamos en todas las actividades, porque entiendo que donde haya una mujer, hay Federación».

Zenaida nunca tuvo la oportunidad de estar cerca de Vilma Espín, fundadora y presidenta de honor de la FMC, pero habla orgullosa de la experiencia como delegada al 11.o Congreso de la organización, y con similar satisfacción exhibe los reconocimientos Por amor a mi terruño y Por la obra de la vida; ambos, otorgados por el consejo popular Sakenaf-Caracatey.

Ante la pregunta de por qué sigue trabajando, no duda:

«¿Qué me mueve?». Soy revolucionaria. Siento por mi país y me duele todo lo que está pasando, que es muy fuerte; pero no te preocupes, que vamos a salir, porque somos vencedoras de imposibles. No me puedo sentar a esperar a que el Gobierno me resuelva y me dé, porque el Gobierno tiene muchas cosas arriba.

«A mí me formó esta Revolución. Mi mamá fue la primera mujer que manejó un tractor en Cuba y sus hijos, que éramos tres, nos criamos en el internado Marta Abreu (hoy, escuela regional especial), para los niños de las madres que trabajaban en Plan Banao y Manacas. Si la Revolución me dio cuando lo necesité, ¿por qué no le voy a retribuir?».

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