El 2026 no ha sido un año muy diferente a los anteriores en cuanto a variedad cinematográfica. Sin mucha sorpresa, los principales llamativos en las carteleras son superhéroes, secuelas de populares sagas, spin-offs, remakes y live actions de Disney. Salvo los predecibles éxitos comerciales del biopic de Michael Jackson y unas cuantas entregas muy aguardadas, la mayoría de ofertas no han triunfado en taquilla y se encuentran remotamente lejos del impacto cultural. Bajo este panorama ya visto antes en el séptimo arte del presente siglo, aparece Obsession, un filme de terror de bajo presupuesto dirigido por un ex youtuber llamado Curry Barker.
No ha pasado un solo día desde su estreno sin que críticos, medios de prensa y personas en Internet dejen de hablar sobre ella. Su éxito no tiene muchos precedentes comparables y se ha convertido en una de las películas más rentables de todos los tiempos, recaudando más de 500 veces su costo. ¿Cómo es posible que un filme de 750.000 dólares, sin campañas promocionales ni grandes nombres, haya logrado lo que las grandes franquicias no consiguen?
La trama nos acerca a Bear (Michael Johnston), un joven tímido que está enamorado de su amiga Nikki (Inde Navarrette). Debido a la inseguridad, no logra confesar sus sentimientos y compra un objeto místico que supuestamente cumple deseos, pidiendo que ella le ame más que a nadie. De manera predecible, se convierten en pareja y las consecuencias resultan devastadoras.

La frase ‘’ten cuidado con lo que deseas porque se puede hacer realidad’’ constituye un género por sí sola. Esta premisa la hemos visto en demasiadas ocasiones, desde clásicos literarios como El retrato de Dorian Gray hasta referentes modernos como The Substance (2024), donde el personaje principal hace realidad un deseo y se ahoga en él. Casi toda historia tiene antecedentes e inspiraciones, y más en estos tiempos, así que tildarla de “simplona” por ello sería injusto. Por el contrario, una de las mayores virtudes del filme se encuentra en la fluidez de su guion, convirtiendo una sinopsis cliché en un relato entretenido y libre de pretensiones.
A los protagonistas de este género cinematográfico se les atribuyen demasiados estereotipos, casi siempre víctimas desafortunadas que se defienden contra entes sobrenaturales. Bear, por otra parte, termina siendo el culpable de todo, desatando el caos con tal de cumplir un capricho y sin arrepentirse. Muchas personas rechazan el terror por su componente fantástico, aunque casos como el de Obsession demuestran que el mal mayor, a pesar de fantasmas y posesiones demoníacas, será siempre el ser humano.
Si Obsession ha devenido en un suceso milagroso en cuanto a repercusión es, en gran medida, por su actriz principal: Inde Navarrette. Sin demeritar los increíbles logros técnicos y la concepción de Barker, nada ha causado tanto impacto como ella, quien pasó de ser una intérprete desconocida a la estrella del momento. Centro de muchas entrevistas y tema de conversación en redes sociales, su actuación ya forma parte del terror moderno.

De manera efectiva y con mucha pasividad, vemos a un Bear protagonista que no tiene mucho más que ofrecer ante el vendaval físico de Navarrette, quien encarna a una Nikki que pasa de simple interés romántico a encargada de todos los sobresaltos. Más allá de algunos jumpscares inevitables, el personaje crea el ambiente de manera práctica, con escenas incómodas y directas al caminar en cámara lenta o gritar de manera repentina en medio de un diálogo tranquilo. Su interpretación halla el punto medio entre lo bello y lo horroroso. Si hablásemos de filmes sostenidos por una actuación, no podemos dejar de hablar de este caso.
Sus más que limitados recursos se aprecian en la fotografía. La mayoría de escenas ocurren en interiores y la cámara evita movimientos, aunque esta característica le otorga cualidades de un ‘’horror doméstico’’ y convierte el miedo en algo cotidiano. Su director convierte la escasez de presupuesto en un elemento admirable, sumándole intensidad a algunas escenas, como la oscuridad que cubre al personaje principal: no solo oculta el escenario, sino que remarca de manera simbólica su rol de villano accidental.
Si la imagen apuesta por la contención, su paisaje sonoro se alza como el verdadero artífice del malestar. La ausencia de composiciones orquestales eleva la tensión y se enfoca en algo más minimalista: el ambiente. Nos transportamos sensorialmente al plano cada vez que la música se corta de golpe y solo sentimos la respiración impredecible de Nikki. No hay necesidad de estridencias ruidosas cuando lo único que escucha son los crujidos de la madera, el silencio y los susurros.
Más allá de analizar los propios aspectos que hacen interesante a Obsession, centremos la mirada en otra producción independiente del mismo género estrenada en 2026: Backrooms, un largometraje con un costo de 10 millones de dólares dirigido por Kane Parsons, jovencísimo exyoutuber de 20 años. Su impacto fue inmediato y es, hasta la fecha, la cinta más taquillera de la productora A24. Obviando sus temáticas y la corta edad de los realizadores, ambas comparten similitudes y una verdad escondida sobre el espectador moderno.
Si millones de personas prefieren películas de terror poco conocidas antes que el último live action de Disney, por algo será. Todos los años tenemos cuatro o cinco entregas de DC o Marvel, acompañadas, cómo no, de unas cuantas nuevas versiones de clásicos de nuestra infancia y secuelas de los mismos. A nivel de mercado se ha entendido que la nostalgia y los grandes nombres venden, despojando de cualquier originalidad o proyecto arriesgado a los inversionistas. Por esa razón, las productoras y distribuidoras han entendido que los gustos de toda una joven generación se reducen a universos cinematográficos y franquicias predefinidas. Salvo ejemplos contados, ha quedado en evidencia que el público también rechaza los facilismos y la falta de variedad.
Obsession no es una obra maestra, ni lo pretende. Su guión, de aristas predecibles, resuelve con prisas el acto final que construyó con paciencia en un primer tramo. Aunque con cierta originalidad, Barker convierte otra historia de terror de estereotipos y convenciones en un retrato de la condición humana y del egoísmo. Su éxito no es casualidad, sino el síntoma de una industria monótona que ha sobrecargado sus salas con fórmulas y cintas prefabricadas. El cine de autor no está muerto, y aunque posea menos miradas y recursos, aquello que se atreva a ser diferente siempre será digno de elogio.
(Por Máximo Enrique Badía Yumar, estudiante de Periodismo)
