El sol del mediodía matancero no quema distinto al que cegó a Meursault en la playa de Argel. Es una luz blanca, implacable, que borra los contornos de las cosas y parece autorizar lo irracional.
Hace apenas unos días, a pleno sol, en una esquina concurrida de Colón, un ciudadano desenfundó un revólver y le disparó a otro hasta dejarlo tendido sobre el asfalto caliente. La escena no pertenece a un western: es la Cuba de hoy, y el estampido seco rompió la calma de un pueblo que ya casi no se asombra.
El episodio de Colón condensa todos los signos de una época desbordada. Un arma antigua, como sacada de una película, empuñada sin disimulo. Un agravio que no esperó a la policía ni a los tribunales. Decenas de transeúntes que vieron caer a la víctima junto a un charco de sangre tibia. Alguien resolvió su disputa con plomo, en la más pura ley del Oeste, esa donde el sheriff siempre llega tarde.
No se trata de un hecho aislado. Este violento desenlace se suma a una oleada de robos a mano armada y asesinatos en plena calle que han convertido a varias ciudades y pueblos cubanos, incluida Matanzas, en territorios sin dueño aparente.
Pero en esta versión caribeña del viejo y salvaje Oeste hay un cadáver que nunca termina de morir: el que circula por las redes sociales sin permiso ni piedad. Minutos después del disparo en Colón, las fotos del occiso ya saltaban de grupo de Facebook en grupo de Facebook. El rostro desencajado, el reguero de sangre sobre la acera, la ropa todavía empapada. Ninguna censura visual, ninguna consulta a la familia. Y, peor aún: los comentarios bajo esas imágenes revelan a usuarios que realmente disfrutan el contenido; que lo comparten con emojis de fueguitos y frases de burla, como quien comenta el capítulo de una serie de moda. El morbo se ha vuelto una industria; un reality de la muerte en el que el respeto al dolor ajeno resulta una moneda sin valor.
Esa fascinación por la imagen prohibida no es casual ni inocente. Al contrario: revela un tejido social donde la empatía se ha oxidado al mismo ritmo que las tuberías sin agua. Las fotografías de los fallecidos se truecan en mercancía viral; en trofeos digitales para ganar un instante de notoriedad. Los allegados, que ni siquiera han tenido tiempo de reconocer el cuerpo en el hospital, se topan con la estampa del ser querido en el teléfono, profanada por cientos de extraños. Es una segunda muerte; una ejecución pública de la intimidad que ningún like justifica.
Ese mismo desparpajo se replica, con idéntica crudeza, en los accidentes de tránsito. El verano ha traído un repunte de siniestros en las carreteras cubanas: el exceso de velocidad, el alcohol, el pavimento que arde. Y en cuanto los hierros retorcidos dejan de dar volteretas, las cámaras de los curiosos se encienden. Los cuerpos de los fallecidos también inundan los muros virtuales; rostros jóvenes, ancianos; choferes y peatones, convertidos en espectáculo antes de que llegue la patrulla. La misma lógica del Oeste: el cadáver expuesto en la plaza pública, solo que hoy la plaza es una pantalla infinita.
Lo más perturbador de todo es la naturalidad con que asumimos el ritual. La multitud que graba no es distinta a la que antaño se amontonaba para ver ejecuciones. En las postales de linchamientos, los rostros de los mirones exhibían una mezcla de horror y satisfacción; esa misma ambigüedad se lee hoy en los comentarios que celebran la sangre ajena. La tecnología no ha civilizado la mirada: simplemente la ha multiplicado y le ha dado un botón de compartir.
Meursault, en el final de El extranjero, se enfrentaba a un patíbulo iluminado por el mismo sol que gatilló su crimen, mientras una multitud lo observaba con odio, pero también regocijo. Nosotros, desde estas calles que transpiran tragedia, estamos montando un espectáculo similar alrededor de los cuerpos caídos. La diferencia es que aquí el verdugo no viste un traje oficial, su guillotina es un teléfono móvil y su identidad se esconde detrás de un perfil falso. El sol del mediodía sigue siendo el mismo testigo mudo: impávido, maquiavélico, cómplice.
Que el revólver de Colón y las galerías de la muerte digital nos sirvan al menos para darnos cuenta de la barbarie. La civilización, esa que tanto nos gusta invocar, empieza donde termina la impunidad del gatillo fácil y la compasión le gana la partida al morbo. No sé ustedes, pero yo me niego a naturalizar que la sangre en la acera se cotice en likes. Si alguna vez el Oeste fue domado, fue porque un puñado de personas decidió que la ley debía ser más fuerte que el sol de la violencia y la crisis moral. Y ese sol, señores, todavía nos está cegando. (Edición web: Miguel Márquez Díaz)
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