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Desde El tejal, en las entrañas de Rodas, Yoenia Torres Silva demuestra cómo un pequeño terreno puede convertirse en un instrumento de ayuda comunitaria. Por iniciativa propia y a la vez animada por la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) y los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), esta madre de tres niños cultiva en su patio hortalizas, viandas, frutas y plantas medicinales. Pero su cosecha no se cuantifica en libras, mazos o racimos, sino en la medida invisible de un gesto que se multiplica hacia afuera para alimentar cuerpos y alegrar el alma.
“Yo cultivo cada pedazo que tengo porque las mujeres somos creadoras, y a mí me encanta producir para ayudar a las personas vulnerables, a embarazadas y a pacientes de los hogares de ancianos, por ejemplo.
“Siempre me ha gustado sembrar. Lo mismo plantas de jardín que de otras especies para alimentación. Toda la vida me ha agradado hacerlo, desde que era niña. Me apasiona”.
“Aquí en mi patio tengo habichuela, ají, frijoles, maíz, boniato, plátano, guanábana, guayaba, café y ¡hasta fresas! También plantas medicinales, que aporto a quienes las necesiten. Comencé con la habichuela, después recolecté semillas y volví a sembrar.Con el frijol hice lo mismo, para poder producir más”, comenta Yoenia.
Durante una conversación amena, cierta mañana de julio, la joven habla de ciclos y de temporadas ideales para cada cutivo. Los años de entrega le han otorgado la sabiduría popular de quien abraza por amor al surco. “El frijol se siembra en primavera, porque es de agua. La fresa, en tiempo de frío, en diciembre, pues en época de calor no se produce.La flor se echa y cada 15 días abre un fruto”, argumenta con la misma habilidad con la que recoge las habichuelas que esa tarde llevará a la mesa.
¿Te supone mucho esfuerzo mantener el patio?
“No, porque los niños y mi esposo me ayudan bastante”.
Decías que siembras también plantas ornamentales; ¿las comercializas o las tienes solo para tu disfrute?
“Esas son para mí; no las vendo. Bueno, las medicinales sí las dono a quien las necesite. Y .las de jardín las brindo también a quien las quiera o necesite. Hay personas apasionadas por las flores y yo se las regalo”.

¿Ayudas a impulsar entre tus vecinos esta práctica de cultivar cada pedacito de tierra que tengan en la casa?
“Sí, a veces vienen aquí algunas federadas y les digo que siembren en su patio, que ellas también tienen espacio para plantar”.
Natural de Granma, de los 35 años que ha vivido, 15 han transcurrido en El tejal, pero de su Oriente natal trajo el apego atávico a la tierra. “Allá hacía lo mismo, de hecho, con mi mamá. Pero cuando ella falleció, vine para acá y seguí esta tradición aquí”.
¿Qué importancia le concedes a esto?
“Que ahí va la alimentación de mis hijos. Y no solo de ellos, sino de toda la familia y de todo aquél a quien pueda ayudar: ancianos, personas vulnerables incapaces de valerse por sí solas. Porque nosotros aquí sí apoyamos a todo el mundo”.
Por las noches, cuando el jardín reposa y ella encuentra tiempo libre, Yoenia desenreda sus manos del cultivo y las enhebra con la creación artesanal, labor donde también coloca el corazón.
Hablabas de tu contribución a personas necesitadas. ¿Cómo la canalizas, por tu cuenta o con ayuda institucional?
“Representantes de la Federación recogen lo que haya cosechado y lo llevan para el hogar materno o el de ancianos. Además, aquí vienen algunos viejitos o personas vulnerables y les regalo lo que tenga en ese momento. No le cobro nada a nadie. Lo que produzco es para repartirlo a los necesitados”.
Hace un rato, la niña decía contenta que dentro de poco iba a comer maíz. ¿Está ella también aprendiendo contigo estas labores?
“Sí, con solo seis años también siembra; al igual que yo, ama mucho a las plantas”.
La joven federada y cederista podría considerarse un ejemplo de generosidad y dedicación para su comunidad. La idea de dar desinteresadamente se arraiga en su persona, como si también fuera un terreno fértil donde brotan la bondad y la preocupación por los otros.
“De la misma manera que yo tengo mis necesidades, otros vecinos las tienen, por eso siempre tiendo mi mano. Sobre todo a otras madres como yo, porque sabemos lo difícil que es alimentar a los niños en estos tiempos”.
Ya algunas de esas personas pueden disfrutar de las habichuelas y muy pronto del maíz. Pero hay una cosecha que nunca termina: la de la gratitud, el mejor pago para Yoenia. La joven madre no descansa, siembra y siembra sin saber cómo ella misma es la planta más fructífera de su parcela: la que da sombra sin pedir nada a cambio.
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