Sobreviviendo en el País de las Sombras Largas – DIARIO DE CUBA
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Sobreviviendo en el País de las Sombras Largas – DIARIO DE CUBA

Una calle de Santiago de Cuba.

Una calle de Santiago de Cuba.

L. Sarmiento Pérez
DDC

«La Cuba de hoy me recuerda la novela El País de las Sombras Largas, que trata sobre la vida de los esquimales. La diferencia es que allí las sombras duran seis meses y aquí las sombras no tienen para cuando acabar«, dice Alicia, profesora jubilada.

«Y lo peor es que no tenemos con qué alumbrarnos, las velas no sirven y los paneles y ecoflos son para los nuevos ricos. Ahora extrañamos la luz brillante [keroseno] que nos daban para cocinar en los 70 y 80, cuando podíamos hacer mechones y no sabíamos que era combustible para los aviones», recuerda.

Con 20 horas diarias de apagón promedio, las casas permanecen en penumbras y con altas temperaturas debido al radiante sol veraniego aun teniendo las puertas y ventanas abiertas. Es por ello que se vive puertas afuera. Desde bien temprano, la gente sale a las calles a sentarse en parques y otras áreas abiertas en busca de aire fresco y de las últimas noticias que se transmiten oralmente, sacadas mayormente de las redes sociales y salpicadas de subjetividades.

Actividades antes enmarcadas en la intimidad del hogar, hoy se hacen públicas, diluyendo las fronteras entre de lo público y lo privado. Encender la leña o el carbón, pelar las viandas, cocinar, hacer un lavado a mano y dormir en balcones y terrazas y techos: la vida hoy en Cuba es puertas afuera.

«Con este calor es imposible dormir sin un ventilador. En la cama, bajo el mosquitero el calor es infernal, tengo un cartón para refrescarme, pero dentro del mosquitero no sirve de nada», explica José Ramón, un jubilado que vive solo. «Te pones pegajoso, se crea una melcocha entre el sudor, la sábana mojada, la temperatura sube como a 40 grados porque el mosquitero retiene el calor corporal, tienes que levantarte y echarte agua para bajar la temperatura, como si tuvieras fiebre».

Por ello decidió dormir en el balcón de su casa. Cada noche despliega su colchoneta, sin sábanas, alrededor del cual pone un sahumerio. «Los mosquitos te pican a todas horas. Sin fumigación, ni insecticidas, el mejor repelente es un sahumerio y un buen cartón para echarse aire, porque solo los que reciben dinero de afuera pueden comprarse un ventilador recargable», asegura José Ramón, que trabaja de custodio en una bodega.

El precio promedio de un ventilador recargable en las redes sociales es de 50.000 pesos, un costo que un trabajador estatal no puede permitirse ni con el nuevo incremento salarial recientemente aprobado por el Gobierno, que fijó el salario mínimo en 3.210 pesos.

«En cuanto oscurece hay que tener el cartón a mano porque los enjambres se ponen agresivos», asegura José Ramón, «son como una corona zumbante sobre la cabeza. Enseguida armo el sahumerio con hojas secas, cáscaras y las brasas de la leña porque si no te comen vivo, y con ese humo por lo menos puedo mal dormir algo».

El estado de supervivencia en que vive la población ha trasladado las condiciones de refugio y resguardo de las casas a las calles, y esta sobrevivencia extrema también ha ido cambiado el paisaje urbano. La subida del precio del carbón ha convertido a edificios multifamiliares en industrias decimonónicas del humo debido a la primacía de la leña para la cocción de los alimentos.

«Los edificios parecen que están cogiendo candela, les sale humo por todos lados», comenta Adriana, que vive en Micro 8, un barrio de edificios multifamiliares en Santiago de Cuba. «Las paredes de las escaleras y los rellanos están negros de hollín y los pisos llenos de leña y cenizas. Y, como son espacios públicos de los edificios, son de todos y de nadie, no se puede reclamar porque es imposible cocinar con leña dentro de los apartamentos. Esta crisis está destruyendo los edificios, se roban las tuberías, las antenas, los contadores, cualquier cable, y tienes que resolverlo tú mismo porque si lo denuncias la Policía nunca viene, solo se aparecen cuando hay manifestaciones contra el Gobierno«.

Adriana agrega: «Por aquí llevo tres días sin corriente. Se han robado los cables, y mi edificio, y como seis edificios más, están sin corriente. Los carros de la Empresa Eléctrica vienen, se van y todavía nada. Y hace dos meses que me no me llega el agua«.  

La fractura social, impulsada por la crisis del modelo totalitario cubano, ha creado una fuerte desconfianza en las instituciones gubernamentales llevando a la ciudadanía a «resolver» por sus propios medios. La supervivencia extrema conlleva la ruptura de las normas explícitas de convivencia, llamadas «indisciplinas sociales» por el Gobierno.

«Es muy difícil mantener normas de convivencia en medio de tanta anormalidad, con un Gobierno incapaz de proveer los recursos para vivir normalmente», explica Yamila, enfermera pediátrica.  

«No hay agua, ni electricidad, ni medicamentos, yo que trabajo en salud pública tuve que pedir 6.000 pesos a una amiga en el exterior para sacarme una muela en una consulta privada porque las clínicas del Estado no tienen nada. Si un Gobierno no puede garantizar la mínima calidad de vida de sus ciudadanos lo que debe hacer es dejar el poder por el bien de ese pueblo que dicen querer», concluye.

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