Contracrítica: Los hombres carcelarios
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Contracrítica: Los hombres carcelarios

Carlos Montenegro es uno de los autores por excelencia del siglo pasado. Quizás su vida desordenada, carcelaria, en la Cuba de aquellos años, nos parezca algo extemporáneo, raro, distante. Hoy, para oír acerca de su impronta hay que leer un ensayo especializado, acudir a clases de literatura cubana o estar en círculos muy específicos. Aunque se han editado y sus libros están accesibles, no resulta común que se aluda o que se le ponga como ejemplo. Sin dudas su obra cumbre es “Hombres sin mujer”. Un clásico que nos retrata la vida de los presos en las galeras y cómo existía una recurrencia a las relaciones entre ellos mismos. El acercamiento de Montenegro es crudo, ajeno a las convenciones de aquella época. No existen cortapisas, si bien el autor reconoce que los prejuicios lo atraviesan. Hay en la obra un estudio oblicuo de la masculinidad colocada en situaciones límites que sería hoy muy útil. No solo por la violencia, sino porque ahí se desatan nudos que entrañan construcciones sociales persistentes.

“Hombres sin mujer” es una novela que a ratos pareciera testimonial. Tiene ese sabor. Montenegro pasó buena parte de su vida preso, desde allí realizó su desarrollo literario, a la sombra de los aparatos de corrección social de un país que estaba en su alboreada. En su texto, además de las historias de los presos, existe una crónica de los tipos de su momento, desde el negociante hasta el asesino, pasando por las personas comunes caídas en desgracia dentro de un sistema que se muestra pétreo, insensible en su castigo. Quienes busquen sobre la obra de Montenegro, darán con que en su momento se realizó una campaña entre los autores para su liberación. La razón era obvia, la calidad de su prosa: una narrativa que introdujo en Cuba el cambio de punto de vista que ya era una marca del siglo XX. A inicios de esa centuria aún nuestra literatura le debía mucho al estilo decimonónico. Montenegro, con su prosa descarnada, desnuda de adornos, apegada a los hechos, casi periodística, cortó esa genealogía y dio paso a una tradición de narradores diferentes que buscaban el efecto y no el estilo. Contradictoriamente, por el camino, el estilo de Montenegro también sería una de sus virtudes: limpio, poderoso, transparente como los cristales de una vitrina.

La influencia de Montenegro se ve en autores de hoy. El realismo sucio cubano de los años 90 se adueñó de aquel legado y lo actualizó. Ahora no solo se trata de las prisiones, sino de los ambientes opresivos, las caídas en desgracia, la decadencia moral. Sin “Hombres sin mujer” todo eso sería más difícil. La novela estableció un canon en el cual se articulan las maneras de decir de una obra auténtica.  

Pero lo que fascina de la obra de Montenegro es la manera en que habla sobre la moral como si no lo afectara. Sus paisajes carcelarios están hechos con una pasión fría, como la de un sociólogo, sin embargo, funcionan a nivel emocional. Es imposible que el lector se quede en la pasividad. Por eso, la actualidad de esos abordajes resulta pertinente: la novela nos dibuja un pasado que se ha mantenido en el tiempo, el de la marginalidad universal. No se trata de una crítica puntual a la República, ni a un modelo, sino al panóptico social. La recurrencia de esos hombres sin mujer a la homosexualidad no se narra como un desfogue sexual, sino como la salida oblicua a una opresión mayor que atraviesa los cuerpos y los destruye. La cárcel como sujeto, incluso como personaje protagonista, la cárcel como ambiente y como ente activo que marca la progresión dramática y nos dice que ahí hay mucho más que literatura.

Carlos Montenegro es de una época transicional. La anterior a la Cuba de la Revolución del 30, esa en la cual estaba aún junto a la república, la colonia. Su choque con la moral de esa era representaba el de una generación que se negaba a quedarse en el siglo anterior y que deseaba que la literatura fuese un puente transformador. Pasa, con este tipo de autores, lo mismo que con los poetas: llevaban en su obra el cambio tanto de estilo como de visiones de país. En las cárceles estaba aquello que la sociedad se negaba a ver, las personas desplazadas, el fracaso del tejido de una nación. Montenegro usa eso y lo transforma en obra, lo desplaza hacia la ficción y lo rehace. Por ahí hay que decir que en su propuesta pervive un aliento revolucionario en el sentido del arte, uno que no se rinde ante las convenciones. El autor le sacó provecho a lo peor y lo evidenció en forma de literatura de alto poder.

Hoy, cuando las letras sirven como vehículo del mercado y se apuesta por el bestseller, Montenegro nos enseña una poética de la resistencia, una que se hunde en las cárceles y sale redimida con la misma fuerza de los dioses griegos. La tragedia se trastoca en mito y el mito evidencia la necesidad de un corpus nacional de la narrativa que expresara el cambio necesario en la sociedad. Leer “Hombres sin mujer” es un acto de recordación de aquellas jornadas de transformación narrativa.

 

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