Mayarí: el silencio que aprendimos a escuchar
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Mayarí: el silencio que aprendimos a escuchar

El domingo cae lento sobre Mayarí en apagón, el teléfono permanece en silencio y los amigos no responden. Entonces aparece una pregunta tan simple como inquietante: ¿qué puede hacer alguien para escapar del aburrimiento en un pueblo donde cada vez quedan menos opciones para encontrarse con la vida?

La primera idea es ir al cine. Ver una película, distraerse un par de horas. Pero basta recordar que el edificio que durante décadas reunió a generaciones de mayariceros dejó de ser cine para convertirse en una Mipyme dedicada a la venta de artículos escolares.

Quizás el teatro. Alguna presentación humorística, un espectáculo de danza o un concierto. Tampoco. Sus puertas cerradas parecen resumir la historia de muchos espacios culturales que un día dejaron de ser parte de la rutina del municipio.

La última esperanza es la plaza. Uno imagina música, muchachos conversando, familias paseando, niños corriendo entre los bancos o algún sonero haciendo honor a la tierra que lo vio nacer. Sin embargo, lo que recibe al visitante es un silencio que desconcierta.

¿Cómo puede estar vacía una plaza un domingo?

También las calles parecen haberse acostumbrado a ese silencio. Ya no abundan las partidas de dominó en las esquinas, ni las madres llamando a sus hijos al caer la tarde. Desaparecieron las colas bulliciosas de las ferias, las discusiones entre vecinos y esa sensación de que el pueblo respiraba a cualquier hora.

Mayarí sigue ahí. Sus calles son las mismas. Sus edificios también. Pero algo cambió.

Los pueblos no dejan de existir cuando se derrumba una construcción. Empiezan a apagarse cuando pierden los espacios donde su gente se encuentra, conversa, ríe y construye comunidad.

Hubo un tiempo en que caminar por estas calles era abrirse paso entre la multitud. Había tarimas con la música de Cándido Fabré, vendedores de frituras, olor a comida recién hecha y personas que parecían no tener prisa por regresar a casa. Entonces muchos se quejaban del ruido, del tumulto o del calor. Hoy descubrimos que también se puede sentir nostalgia por aquello que un día parecía demasiado.

Ya no existe el temor de pasar bajo un balcón y terminar empapado porque alguien lavaba el piso. El agua escasea. Muchas personas caminan con el peso de las secuelas que dejó un mosquito. Y aquella abuela que convertía la acera en una tertulia permanente ya casi no sale a sentarse en la puerta, porque la cuadra dejó de tener el movimiento que alimentaba sus historias.

Por eso la pregunta vuelve una y otra vez. ¿Es extraño extrañar un pueblo que aparentemente sigue siendo el mismo?Tal vez no. Porque los pueblos no viven de sus edificios ni de sus monumentos. Viven de su gente, de la cultura que se comparte en los espacios públicos, de las voces que llenan las calles y de la esperanza de quienes se niegan a aceptar que el silencio sea el destino.

Mayarí aún está a tiempo de volver a escucharse a sí mismo. Y quizás ese sea el primer paso para reencontrarse con la vida que un día lo distinguió.

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