Del horizonte de Galeano al horizonte de sucesos: La física revolucionaria del doctor Miguel Díaz-Canel
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Por Iván León

Hay metáforas que iluminan. Y hay otras que terminan devorando a quien las pronuncia.
Cuando Miguel Díaz-Canel respondió a una pregunta sobre la salida de la crisis cubana recurriendo a la célebre imagen de la utopía «que está en el horizonte», probablemente creyó estar elevando el debate.
Cuatro días después, Cubadebate tuvo que publicar un largo tratado para explicar qué quiso decir realmente el gobernante. Si una frase necesita una brigada de rescate ideológico, quizá el problema nunca estuvo en quienes la escucharon.
La historia tiene, sin embargo, un giro inesperado. Tal vez Díaz-Canel no estaba hablando del horizonte de Eduardo Galeano, sino de otro mucho más apropiado para la Cuba de 2026: el horizonte de sucesos.
En astrofísica, el horizonte de sucesos es la frontera que rodea un agujero negro. Una vez que se cruza, ya no hay vuelta atrás. Ni siquiera la luz consigue escapar. Todo queda atrapado por una gravedad tan intensa que el espacio y el tiempo dejan de comportarse como los conocemos.
¿No describe eso, con inquietante precisión, la economía y la realidad cubanas?
Porque en el universo del doctor Díaz-Canel —doctor en Ciencias Técnicas, conviene recordarlo— también parece haberse alterado la física.
Los salarios pierden masa a medida que aumenta la inflación. La producción desaparece sin dejar rastro observable. Las inversiones extranjeras existen, pero solo pueden detectarse mediante complejas teorías, porque jamás aparecen en el telescopio de la realidad. Y el tiempo adquiere propiedades extraordinarias: las soluciones siempre pertenecen al futuro, mientras los sacrificios solo existen en el presente.
Albert Einstein nunca llegó tan lejos. Tampoco Stephen Hawking.
Hace falta un revolucionario graduado en la escuela Ñico López para desarrollar una teoría en la que la prosperidad siempre viaja a la velocidad de la promesa y jamás alcanza el presente.
Quizá por eso Cubadebate acudió en auxilio del designado con una misión científica sin precedentes: demostrar que un agujero negro es, en realidad, un faro.
Su artículo pretende convencernos de que la utopía no consiste en llegar, sino en caminar. Que la «revolución» no es un destino, sino un camino permanente. Que si el horizonte sigue alejándose después de casi siete décadas, no debemos interpretarlo como un fracaso del modelo, sino como una prueba de su extraordinaria vitalidad.
Es una teoría fascinante. El problema de la propaganda es que a veces acaba diciendo más de lo que pretende.
«La misma que nos hizo llegar hasta aquí», proclamó orgullosamente Cubadebate en el titular de su defensa. ¿Hasta aquí? La pregunta contiene toda la refutación.
Porque el «aquí» de la Cuba contemporánea no es una Arcadia socialista, sino un país de apagones, escasez, emigración masiva y salarios reducidos a unas pocas monedas fuertes al mes. Si esa es la estación final del viaje revolucionario, el propagandista acaba de redactar, sin proponérselo, el resumen más devastador de sus resultados.
Quizá el verdadero error de Díaz-Canel no fue citar mal a Galeano —ni atribuir atropelladamente la frase a Lenin en un murmullo apenas audible—, sino escoger la metáfora equivocada.
Porque la Cuba de hoy ya no parece caminar hacia un horizonte.
Se parece mucho más a un país atrapado en un horizonte de sucesos, donde todo lo que entra —el talento, el ahorro, la esperanza o la juventud— termina desapareciendo bajo la inmensa gravedad de un sistema incapaz de escapar de sí mismo.
Y ni siquiera la luz de la propaganda consigue salir de él.
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