Cubadebate intenta rescatar a Díaz-Canel de su propia «utopía»: Cuando la propaganda cava más hondo que el error
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Por Iván León

Cuatro días. Ese fue el tiempo que necesitó el aparato ideológico del régimen para acudir al rescate de Miguel Díaz-Canel después de una de las respuestas más desafortunadas de su entrevista con RT en Español.
Cuando el gobernante fue preguntado si existían razones para creer que Cuba podía salir de la crisis, no habló de producción, inversiones, salarios, electricidad, combustible ni alimentos. Respondió con una metáfora sobre la utopía y el horizonte.
Bastaron unas horas para que miles de cubanos interpretaran aquellas palabras como la admisión involuntaria de que el régimen ya no puede ofrecer un horizonte real de recuperación, sino apenas la promesa de seguir caminando hacia un destino que siempre se aleja.
La reacción fue inmediata. Las redes sociales hicieron lo que la propaganda no pudo impedir: apropiarse de la frase y convertirla en un símbolo del agotamiento del discurso oficial.
La «utopía» pasó a ser el pollo, la corriente eléctrica, el transporte, los medicamentos, el salario o cualquier otra promesa que nunca termina de materializarse.
Entonces apareció Cubadebate.
No para explicar cómo saldrá Cuba de la peor crisis económica de las últimas décadas. No para responder a la pregunta que no respondió Díaz-Canel. Sino para explicar qué debía entender el pueblo de las palabras del gobernante designado.
Su artículo, titulado Desde las redes: «La utopía de Díaz-Canel, la misma que nos hizo llegar hasta aquí», pretende ser un ejercicio de control de daños, pero termina convirtiéndose en una segunda metedura de pata comunicacional. Esta vez, de la propia maquinaria propagandística.
Antes de entrar en su contenido, el propio titular plantea una pregunta devastadora: ¿»hasta aquí» dónde? Porque el «aquí» de la Cuba de 2026 dista mucho de parecerse a una utopía.
Es un país con apagones interminables, salarios que apenas equivalen a cinco dólares mensuales, escasez crónica de alimentos y medicamentos, el mayor éxodo de su historia, una economía en retroceso y una población que pierde la esperanza mucho más rápido de lo que gana horizontes.
Si ese es el lugar al que condujo la utopía revolucionaria, el propagandista eligió el peor argumento posible para defenderla. Su propio titular termina funcionando como un balance involuntario de casi siete décadas de castrismo: la utopía, efectivamente, llevó a Cuba hasta aquí.
A partir de ese punto, el artículo despliega una operación clásica de la propaganda política. Cuando un mensaje fracasa, no se admite el error. Se cambia el significado del mensaje. Y, si hace falta, también el tema de conversación.
La polémica ya no debía girar alrededor de la incapacidad del gobernante para ofrecer una respuesta concreta a una pregunta concreta. Había que trasladarla al terreno favorito del aparato ideológico: la épica revolucionaria, el sacrificio, la resistencia y el eterno enfrentamiento con el imperialismo.
De pronto, la evasiva presidencial dejó de ser una evasiva. Se transformó en una «lección de estrategia revolucionaria».
La maniobra resulta tan previsible como torpe.
Cubadebate dedicó párrafos enteros a explicar quién era Eduardo Galeano, qué significaba realmente la metáfora de la utopía y por qué quienes criticaron la frase «no entendieron nada».
Lo curioso es que el propio Díaz-Canel ni siquiera mencionó a Galeano cuando recurrió a la cita. En un comentario atropellado, apenas audible, la atribuyó a Lenin, mezclando una de las metáforas más conocidas difundidas por Galeano —y originalmente formulada por el cineasta argentino Fernando Birri— con el fundador del Estado soviético.
El detalle pasó casi inadvertido entre tanta polémica, pero resulta revelador. El presidente confundió el origen de la frase; cuatro días después, la prensa oficial tuvo que impartir un seminario acelerado sobre Galeano para explicar lo que, según ella, realmente quiso decir.
Pocas imágenes describen mejor el funcionamiento del sistema. Primero improvisa el dirigente. Después interpreta la propaganda. Y finalmente se espera que la realidad se adapte al nuevo relato.
Sin embargo, el intento de Cubadebate produjo el efecto contrario al buscado.
En su afán por defender al gobernante, terminó elevando su respuesta a categoría doctrinal. «La Revolución no es un destino. Es un camino«, afirmó solemnemente el autor del artículo, un perfil típico de «cibercombatiente» / «ciberclaria».
Es difícil imaginar una confesión más demoledora.
Porque precisamente eso fue lo que entendieron miles de cubanos cuando escucharon a Díaz-Canel. Que después de casi siete décadas el régimen continúa presentándose como un proceso que siempre está avanzando, pero nunca llega. Que el futuro prometido permanece exactamente donde estaba hace sesenta y tantos años: en el horizonte.
Lo que Cubadebate pretendió presentar como una virtud estratégica terminó convirtiéndose en una confesión involuntaria. Porque si, como proclama su propio titular, esa utopía fue la que condujo a Cuba «hasta aquí», el balance no necesita que lo escriba la oposición: lo resume el presente del país.
Si el éxito consiste únicamente en seguir caminando, entonces jamás habrá un momento en que alguien pueda preguntar por los resultados.
No importa cuántas generaciones pasen. No importa cuántas reformas fracasen. No importa cuántos jóvenes emigren. No importa cuántas veces se desplome el sistema eléctrico.
Siempre podrá decirse que la «revolución» continúa avanzando… aunque el horizonte siga retrocediendo.
La propaganda convierte así el incumplimiento permanente en un método de gobierno.
El razonamiento recuerda aquella vieja máxima de los sistemas totalitarios: cuando la realidad contradice la propaganda, el problema nunca es la propaganda. Es la realidad.
Lo verdaderamente significativo de todo este episodio no es que Cubadebate haya salido a defender a Díaz-Canel. Para eso existe.
Lo significativo es que haya necesitado hacerlo. Porque las operaciones de rescate propagandístico solo aparecen cuando el mensaje original ha fracasado.
Nadie escribe un tratado para explicar una frase que funcionó. Se escribe cuando la conversación pública tomó un rumbo que el poder no controla. Y eso fue exactamente lo que ocurrió.
Los cubanos no debatían sobre Fernando Birri, Eduardo Galeano, Lenin ni la filosofía de la utopía. Debatían sobre algo infinitamente más simple.
Que el gobernante de un país sumido en apagones, escasez, inflación y emigración masiva fue incapaz de responder con una sola solución concreta cuando le preguntaron si había esperanza para salir de la crisis.
Ese era el problema. Cubadebate decidió responder a otro. Porque, como tantas veces en la historia de la propaganda revolucionaria, resulta mucho más fácil reescribir el significado de una frase que cambiar la realidad que la hizo estallar.
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