El cambio climático ya no solo se mide en récords de temperatura, incendios forestales o huracanes más intensos. También se manifiesta cada vez que una comunidad en cualquier geografía del mundo abre una llave y descubre que el agua escasea, llega con restricciones o resulta más costosa.
La crisis climática está alterando el ciclo hidrológico del planeta, y reduciendo la disponibilidad de agua dulce en numerosas regiones.
A la vez, está ampliando una brecha histórica: mientras los países con mayores recursos invierten miles de millones para garantizar el suministro, las naciones más pobres enfrentan sequías prolongadas, infraestructuras insuficientes y crecientes dificultades para garantizar un derecho humano esencial.
Una mujer, junto a su hija, saca agua de un pozo en su aldea en Malaui. Foto: Amos Gumulira /FAO
La Organización Meteorológica Mundial (OMM) advierte que el calentamiento global está intensificando tanto las sequías como las precipitaciones extremas, alterando el equilibrio de las reservas de agua dulce y aumentando la incertidumbre sobre su disponibilidad futura.
Esa entidad señala además que el ciclo hidrológico se ha vuelto más errático como consecuencia del incremento de las temperaturas provocado por las emisiones de gases de efecto invernadero.
La presión sobre los recursos hídricos ya alcanza dimensiones globales. De acuerdo con ONU-Agua, cerca de la mitad de la población mundial experimenta escasez severa de agua durante al menos una parte del año, mientras alrededor de 2 200 millones de personas todavía carecen de acceso a agua potable gestionada de forma segura.
El organismo alerta además de que el cambio climático incrementará la competencia por este recurso y agravará las desigualdades existentes.
La pobreza amplifica los efectos del calentamiento global
Las consecuencias del cambio climático no se distribuyen de manera uniforme. Allí donde existen sistemas de almacenamiento, plantas desalinizadoras, redes modernas de distribución o recursos financieros suficientes, los impactos pueden mitigarse.
Sin embargo, en numerosos países de África, Asia y América Latina, la limitada infraestructura convierte cada sequía o inundación en una emergencia humanitaria.
Aunque el problema de la escasez es un hecho, para la ONU la prioridad es la distribución equitativa en el mundo. Foto: Thinnapat Porbootdee/GETTY IMAGES
La escasez de agua agravada por el cambio climático podría reducir el crecimiento económico en algunas regiones
hasta en un seis por ciento hacia mediados de siglo debido a pérdidas en la agricultura, la salud, los ingresos y la productividad.
Además, millones de personas podrían verse obligadas a desplazarse por la disminución de los recursos hídricos.
Por su parte, la Organización Mundial de la Salud subraya al respecto que disponer de agua potable segura constituye uno de los determinantes más importantes para prevenir enfermedades infecciosas, reducir la mortalidad infantil y mejorar la calidad de vida. Cuando el acceso disminuye, aumentan también los riesgos sanitarios asociados al consumo de agua contaminada y a la falta de higiene.
Esta realidad refleja una profunda paradoja: los países que menos han contribuido históricamente a las emisiones de dióxido de carbono suelen ser los más expuestos a las consecuencias de la crisis climática sobre el agua.
Foto: tomada de blog.pucp.edu.pe
En muchos de ellos, las comunidades rurales dependen casi exclusivamente de lluvias cada vez más irregulares, mientras que la falta de recursos limita la construcción de embalses, sistemas de tratamiento o redes resilientes frente a eventos extremos.
El agua también se encarece en las grandes ciudades
La crisis climática no solo amenaza la disponibilidad del agua, también incrementa el costo de hacerla llegar hasta los hogares. Sequías más prolongadas obligan a captar agua desde fuentes más lejanas, lluvias torrenciales incrementan la contaminación de ríos y embalses, y los fenómenos extremos dañan infraestructuras que posteriormente requieren costosas reparaciones.
Un estudio citado por Prensa Latina, basado en una investigación publicada por la revista Nature Water, concluye que el cambio climático podría duplicar las facturas del agua en numerosas ciudades durante las próximas décadas.
Foto ilustrativa: Internet
El análisis señala que las empresas suministradoras deberán realizar inversiones crecientes para adaptarse a una disponibilidad más variable del recurso, modernizar infraestructuras y enfrentar fenómenos meteorológicos cada vez más intensos.
La investigación dada a conocer en Nature Water explica que el incremento de los costos no responderá únicamente a una mayor demanda, sino al encarecimiento del tratamiento, almacenamiento, distribución y protección de las fuentes de abastecimiento frente a los efectos del cambio climático.
Diversos organismos internacionales coinciden en que las ciudades deberán invertir miles de millones de dólares en modernizar redes de distribución, reducir pérdidas por fugas, ampliar plantas de tratamiento, reutilizar aguas residuales y desarrollar sistemas capaces de soportar sequías e inundaciones cada vez más frecuentes. Pero el injusto reparto de la riqueza y la profundización de desigualdades constituyen un serio valladar.
Adaptarse ya no es una opción
El último informe del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) concluye que el cambio climático está alterando la disponibilidad de agua en numerosas regiones del planeta y que estos efectos continuarán intensificándose si no se reducen de manera sustancial las emisiones de gases de efecto invernadero.
Subraya asimismo que las inversiones tempranas en adaptación resultan considerablemente menos costosas que afrontar los daños derivados de la inacción.
Imagen: tomada de eko-jutro.pl
Las soluciones pasan por proteger cuencas hidrográficas, restaurar ecosistemas, mejorar la eficiencia en el uso del agua, reducir las pérdidas en las redes urbanas, ampliar el tratamiento y la reutilización de aguas residuales y fortalecer la cooperación internacional para garantizar el acceso al recurso en las regiones más vulnerables.
El cambio climático está transformando el desafío ambiental en una cuestión de justicia social y económica. Mientras algunas sociedades podrán amortiguar el impacto mediante inversiones tecnológicas, otras continuarán enfrentando el dilema de disponer de agua suficiente para beber, producir alimentos y sostener la vida.
El verdadero costo de la crisis climática no solo se reflejará en las facturas urbanas, sino también en la creciente desigualdad entre quienes pueden adaptarse y quienes luchan por acceder a un vaso de agua segura.


