
Foto: enviado especial, Ricardo López Hevia,
Santo Domingo.– La delegación cubana participante en los Juegos Centroamericanos y del Caribe, una cita que este año celebra un siglo de historia en Santo Domingo, está completa en la sede para dar batalla en cada escenario.
Llegamos a la capital quisqueyana en las primeras horas de la madrugada del jueves, en una travesía que trajo a la selección nacional de voleibol masculino junto a ambas duplas de la modalidad de playa, las chicas del softbol, los elencos de ajedrez, velas, remos y glorias deportivas invitadas.
Este es mi estreno en una cobertura internacional, ¿y qué mejor escenario que los Juegos Centroamericanos y del Caribe en su centenario?
Además, significó, en lo personal, mi bautismo de vuelo. No negaré que los trámites migratorios y la prisa por no perder detalle me recordaban las peripecias de cualquier novato. Intentaba registrar cada sonrisa, cada gesto de cansancio transformado en determinación, mientras mi cabeza daba vueltas.
¿Será que la aeromoza notó mi agarrón al asiento en cada turbulencia? ¿Cómo se vería mi cara de asombro ante el mar, por primera vez, desde el aire? Esas pequeñas batallas personales, supongo, son parte del oficio.
Pero viajar junto a los atletas rápidamente hizo que mis pensamientos volaran del avión a la pista, al colchón, a la piscina. Este no era un grupo cualquiera; es el corazón de una delegación que ya tenía a una parte de sus miembros en suelo dominicano desde días antes, acostumbrándose al clima, a las instalaciones, al pulso de la ciudad.
Son deportistas que encarnan la estampa viva de la dignidad, el compromiso, la representación de un pueblo que se niega a quebrar su espíritu, incluso cuando el camino se torna más empinado.
Con este arribo, la comitiva cubana está completa, lista para la batalla que arranca formalmente luego de la ceremonia inaugural de este viernes.
Es fácil perderse en la mística de los cien años de estos Juegos, en el peso de una historia deportiva que Cuba ha escrito con letras de oro. Y es que, si bien yo sentía el vértigo de lo inédito, para estos atletas, para los entrenadores que los acompañan y para los directivos que gestionan cada detalle, Santo Domingo es un nuevo capítulo en una epopeya que se hereda y se renueva en cada ciclo olímpico.
Las jornadas son largas, pero la emoción es el mejor de los energizantes. He visto en los ojos de nuestros deportistas esa mezcla de cansancio y un brillo de acero que me dice que vienen a luchar por cada medalla, por cada posición.
Este reportero novato, con su cabeza que aún procesa la altura y la velocidad, lo tiene claro: la delegación ha llegado a Santo Domingo y, con ella, la promesa de días gloriosos en el deporte del Caribe. La historia, en este centenario, sigue esperando ser escrita.
