Parafraseando a Niemöller #ElCierre
Las asesinaron para poder, después, asesinar el territorio. Depredar lo que es de todos. Ellas pusieron el cuerpo y la vida, pero guardamos silencio porque no éramos defensoras de la tierra. Y hoy, la tierra, está cada vez más asustada
Laura Arroyo
Diario Red
Generalmente, las mejores respuestas han sido ya escritas. El lenguaje es rico, pero muchas veces describe realidades que se repiten. A veces, para mal. Hoy es una de esas veces. Por eso vamos a actualizar parafraseando un poema que, algo me dice, has oído antes, pero que, creo, deberíamos tatuarnos estos días en que hay oscuridades que se empiezan a colar por todas las puertas que irresponsables han dejado abiertas.
Primero vinieron a por las defensoras de la tierra, y guardé silencio porque no era defensora de la tierra. Mataron a Berta Cáceres en Honduras, a Marielle Franco en Brasil, a Gisela Mota en México o a Cristina Bautista en Colombia, y guardé silencio porque no era una de ellas. Las asesinaron para silenciarlas porque cuidaban algo que las trascendía. Las asesinaron para poder, después, asesinar el territorio. Depredar lo que es de todos. Ellas pusieron el cuerpo y la vida, pero guardamos silencio porque no éramos defensoras de la tierra. Y hoy, la tierra, está cada vez más asustada.
Luego vinieron por las personas racializadas que huyen para sobrevivir y cruzan el Mediterráneo, y guardé silencio porque yo no iba en una patera. Algunos no sabemos, siquiera, lo que significa el mareo que ocasiona el mar. Imagina el tipo de mareo cuando te juegas el cuello. Imagina cómo debe ser vivir en ciertas tierras para que decidas jugarte la vida en una travesía cuyo fin, muchas veces, es también la muerte. En las vallas, como la de Melilla, en la represión policial, como en cualquier frontera europea, o directamente en el mar. Porque no todos llegan, y no hablé porque no iba en patera. no hablé porque pensé, ilusa de mí, que al saber nadar, estaba segura. Hoy las fronteras huelen a muerte. Nuestro silencio mata.
Luego vinieron por las mujeres y no dije nada porque pensé que solo amenazaban a algunas. Que si contaba con un passing de clase, con una renta envidiable o con estudios, no me pasaría. Que los feminicidios son tragedias sólo sufridas por las pobres que no saben elegir a su pareja. Pero luego, ocurrió La Manada y empecé a asustarme. En 24 horas han asesinado a cuatro y en los medios hay un silencio ensordecedor porque hemos dejado de ser mujeres para convertirnos en cifras. En cifras incómodas es mejor barrer bajo la alfombra. Una “muerta” dice el titular. “Muere” en Málaga, dice otro titular. Como si cayéramos como manzanas maduras en el césped. Los hombres no dijeron nada porque parecía que no era con ellos, pero era con ellos. Eran siempre ellos. Los necesitábamos gritando a ellos. Hoy, nuestras vidas, valen un clip de televisión de apenas un minuto donde, tal vez, nunca digan nuestros nombres.
Luego vinieron por las personas racializadas, da igual si tienen DNI español o no, porque España no es blanca, pero guardé silencio porque yo no soy racializado. Guardé silencio porque no soy un moro de mierda, un panchito insignificante o un mantero criminal. Guardé silencio porque en el fondo, también me molesta verlos. Porque me recuerdan que mi blanquitud no es una norma. Pero una tarde, cuando a mi vecino, al que quiero, lo detienen en la puerta de su casa, salimos, vecinos blancos, a enfrentar a la policía y nos meten a todos en la comisaría durante horas. Entiendo entonces que la blanquitud no me salvará, como no salvó a Renee Good ni a Alex Pretti. Mi silencio es también condena. Van contra las personas racializadas pero su racismo no se acaba ahí. Su racismo impone que una persona blanca no sólo tenga que ser indiferente, sino que también sea racista. Que sea cruel. Porque el racismo no es una práctica individual, es un orden. Mi silencio también me convertirá en una bestia.
Luego vinieron por los palestinos y guardé silencio porque Gaza estaba muy lejos. Porque no podía oír el sonido de las bombas, ni los edificios cayendo a pedazos, ni los gritos de las madres desesperadas dando a luz a la intemperie o los padres llevando pedazos de los cadáveres de sus hijos hacia algún hospital que tampoco existía porque Israel, el maldito estado de Israel, lo había bombardeado también. Vinieron por los palestinos y guardé silencio cuando tenía que exigir a mi gobierno, a este gobierno español, a este presidente que se presenta ante el mundo como el más propalestino internacional, que dejara de vender armas a Israel. Que dejara de comerciar con el estado que sigue a día de hoy cometiendo un genocidio y que lo está extendiendo a toda la región. Guardé silencio porque no hablo árabe, guardé silencio porque preferí no ver. Desconecté de la realidad. Cuidé mi salud mental para poder dormir. Y hoy recién me doy cuenta de que Gaza estaba en mi casa. En mi calle. En mi vida. En mi cuerpo.
Luego vinieron por Cuba, justo después de haber ido por Venezuela, y guardé silencio porque es una isla muy pequeña. Porque no conozco a nadie de allá, tal vez. O porque la propaganda ha surtido efecto y me ha convencido de que un pueblo merece que lo asesinen agónicamente. Como una gota malaya que durante décadas ha horadado la piedra hasta convertirla en polvo. La pregunta no es por qué Cuba está pasándola mal, sino ¿cómo carajos sigue existiendo? ¿Cómo ha de ser terco y admirable un pueblo para resistir que lo ahorquen de este modo? Y el culpable tiene nombre, dirección y bandera. Estados Unidos, Casa Blanca, y esa bandera con cincuenta estrellas que quiere apagar la estrella de la bandera cubana. Pero la propaganda funciona. Los medios de comunicación del mundo guardan silencio ante este otro genocidio que está ocurriendo ahora mismo que me oyes. ¿Cuántas vidas tiene Cuba?
Luego vinieron por Argentina, y guardé silencio porque no era argentina o porque la propaganda sionista en este mundial me hizo pensar que el pueblo argentino era mi adversario. Luego vinieron por Chile y guardé silencio porque también me queda muy lejos. Luego vinieron por Perú y guardé silencio porque, qué más da que gobierne la heredera de una dictadura en una republiqueta del sur ¿verdad? Luego vinieron por Colombia y guardé silencio porque Gustavo Petro no me gustaba del todo, era muy incómodo. Antes ya habían venido por Ecuador y guardé silencio porque no conozco Ecuador y entonces pienso que no tiene que ver conmigo, igual que Bolivia pese al pueblo aimara que resiste, no sé cómo, en esa altura andina que tiene que ser mágica para parir pueblos que nunca se rinden. ¿Y ahora?
Ahora han venido por todos. Han empezado a señalar con nombre propio a Thiago, a Zohan, a Jeremy o a Pablo. A Pablo, nuestro Pablo. Nunca el silencio fue una buena idea. Porque nunca estuvimos libres de amenaza. Nunca estuvimos protegidos. Nunca amenazaron a otro. Siempre nos amenazaron a todos. ¿Cuánto tiempo más vas a guardar silencio? ¿Quieres de verdad, como diría Niemöller, que ya no quede nadie que hable en tu nombre?
