Hay personas que no llegan al teatro; es el teatro quien llega a ellas. Como una revelación inesperada, como una puerta que se abre en el momento preciso. La vida de Fátima Patterson parece construida con esa lógica de las historias que encuentran su camino casi por azar, pero terminan revelando un destino.
Nacida en el populoso barrio santiaguero Los Hoyos, en una familia humilde donde la música y la sensibilidad formaban parte de la vida cotidiana, no soñaba de niña con convertirse en una de las voces imprescindibles de la escena cubana.
Con apenas 18 años y recién convertida en madre, una conversación con la suya marcó un punto de inflexión. Debía encontrar su propio camino, estudiar, crecer. Poco después, en las páginas del periódico Sierra Maestra, descubrió una convocatoria para un curso de actuación del Instituto Cubano de Radio y Televisión. Miró el anuncio y pensó: “Yo quiero ser eso”.
Se presentó a las pruebas, aunque apenas conservaba recuerdos de las representaciones infantiles en el barrio y de las escenificaciones de Semana Santa en la iglesia de la comunidad. Fue aceptada. La radio y la televisión constituyeron sus primeras estaciones, pero el teatro terminó convirtiéndose en su hogar. Allí encontró una forma más profunda de expresión, una relación más íntima con el público y una manera de entender la creación desde las raíces.
En las tablas halló también a sus maestros. Manuel Ángel Márquez, Felipe Pérez, Alejandro Quiroga, Luis Carreres, Raúl Pomares y otros nombres que marcaron un aprendizaje que iba mucho más allá de la actuación. Le enseñaron que el teatro exige humildad, entrega y capacidad de escucha. Una de las primeras lecciones se la dejó Pomares, quien, después de verla actuar, le recordó que un intérprete nunca puede convertirse en “un pavo real”, porque la escena necesita verdad antes que vanidad.

El teatro santiaguero terminó de moldearla. Su paso por el Conjunto Dramático de Oriente, posteriormente Cabildo Teatral Santiago, la acercó a una manera distinta de comprender la cultura: no como un hecho encerrado entre cuatro paredes, sino como una expresión viva que respira en las calles, en las tradiciones y en la memoria del pueblo. Allí coincidió con Joel James y otros intelectuales que influyeron decisivamente en su pensamiento sobre la identidad y el papel social del arte.
De esa convicción nació el Estudio Teatral Macubá, una propuesta concebida desde una mirada auténticamente cubana y caribeña. En ella dialogan la historia, la oralidad, las raíces africanas, la espiritualidad, la mujer, los conflictos sociales y las preguntas que atraviesan la Cuba contemporánea.
Para Patterson, la cultura popular no constituye un simple recurso escénico: es una herramienta indispensable para crear, educar y comprender quiénes somos. Obras como Repique por Mafifa, Mundo de muertos, Caballas, La casa y Somos mujeres dan fe de esa búsqueda.
Si algo distingue su trayectoria es la vocación de formar. La docencia apareció como una prolongación natural del escenario. Quizás por eso muchos comenzaron a llamarla, sencillamente, “Maestra”. Un reconocimiento que terminó definiendo una dimensión esencial de su vida. “Formar actores significa también formar seres humanos capaces de reconocer su propia historia”, sostiene.
Durante décadas defendió la necesidad de una enseñanza artística profundamente vinculada a las tradiciones santiagueras y cubanas. Bajo esa premisa convirtió a Macubá en una unidad artístico-docente y potenció la relación con la Universidad de Oriente, institución con la que mantiene un vínculo permanente. Primero como estudiante de Filología, en la década de 1980, aunque no terminó de estudiar esa carrera; después, como espacio de creación, intercambio y aprendizaje. Esa relación, asegura, constituye uno de los mayores orgullos de su vida.
A sus 75 años, Fátima Patterson pertenece a esa rara estirpe de creadores que no solo suben a un escenario, sino que construyen escenarios para que otros puedan llegar. Continúa estudiando, creando y cuestionándose. “Todavía me falta mucho por hacer”, dice con la serenidad de quien comprende que el arte nunca termina de aprenderse. Quizás en esa frase resida buena parte de su grandeza.

En su voz conviven la memoria de una ciudad, la fuerza de sus raíces y la certeza de que el arte puede convertirse en una forma de resistencia en tiempos difíciles. Habla del teatro como quien habla de una casa, de una manera de mirar a Cuba y de habitarla. De cuidar lo que somos para entregarlo, enriquecido, a quienes vendrán después.
“El teatro tiene que ser protagonista de estos tiempos como lo fue de antes”, afirma.
Y en una vida dedicada a crear, enseñar y resistir desde la escena, esa frase deja de ser una declaración para convertirse en la síntesis de toda su obra.
