
Foto: CBS News
Hay momentos en la historia en que la política internacional se despoja de todo disfraz y se muestra en su esencia más perturbadora; la Reunión Ministerial sobre el Resurgimiento del Terrorismo Político, convocada por el secretario de Estado, Marco Rubio, el pasado 16 de julio en Washington, es uno de ellos.
Bajo el pomposo ropaje de una cruzada civilizatoria contra «el terrorismo de extrema izquierda», lo que se desarrolló en la sede del Departamento de Estado fue un aquelarre de paranoia neofascista, una puesta en escena en la que los fantasmas del macartismo desfilaron con absoluta libertad, en nombre de una amenaza global que solo existe en la mente de sus creadores.
Históricamente, la idea de enemigos internos se asocia con el senador republicano Joseph McCarthy, el desacreditado demagogo de los inicios de la Guerra Fría. Enemigos internos fue el título de su discurso hace 70 años en Wheeling, Virginia Occidental, donde mostró un papel en el que afirmaba tener los nombres de comunistas declarados en el Departamento de Estado.
Esta vez, no hubo en la sala a la que asistieron delegaciones de 66 países, datos verificables, ni pruebas judiciales, ni inteligencia fiable, primó la retórica incendiaria, las falacias de manual y una voluntad explícita de construir un enemigo público número uno.
Lo que el Secretario de Estado y su corte de halcones presentaron como una alerta antiterrorista, no fue sino el ensayo general de una ofensiva autoritaria contra el disenso político.
El elenco de la cumbre revela con claridad meridiana la naturaleza del proyecto, no eran tecnócratas ni expertos en contraterrorismo los que ocupaban el podio, fueron, ante todo, ideólogos del ultranacionalismo trumpista.
Marco Rubio abrió fuego declarando que la política antiterrorista estadounidense había desarrollado un «punto ciego» respecto a la violencia de izquierdas. La tesis, en apariencia técnica, es en realidad una falacia de manual, la de la omisión selectiva.
«Incluso hoy, la mera idea de que el terrorismo de extrema izquierda pudiera ser una amenaza seria es tratada como un sueño febril de la derecha, o peor, como una peligrosa conspiración fascista», se quejó.
No olvidemos el discurso recurrente sobre «el enemigo interno», con el que Trump se refiere explícitamente a sus enemigos demócratas, «locos de la izquierda radical».
Ahora, si Rubio fue el maestro de ceremonias, Stephen Miller actuó sin medidas. El asesor de la Casa Blanca, artífice de la orden ejecutiva NSPM-7 que otorga al fbi y al Tesoro herramientas sin precedentes para investigar organizaciones sin ánimo de lucro, elevó el tono hasta el paroxismo.
Habló de la necesidad de combatir el «cáncer mortal de la civilización» y advirtió que el terrorismo de izquierdas, si se le «deja seguir su curso, siempre se convierte en un gulag».
Pero fue su visión de los manifestantes lo que traspasó todos los límites, el principal asesor de seguridad nacional de Estados Unidos describió a los ciudadanos que protestan como «deformes» por su apariencia física, y esto no es retórica política; es eugenesia verbal, es la reducción del adversario a subhumano, es el lenguaje que precede a los campos de concentración.
Cuando Miller habla de «enemigos de la civilización», no está describiendo una amenaza: la está creando, es la narrativa de la deshumanización, la misma que utiliza el fascismo para construir al «otro» como una amenaza existencial que debe ser eliminada, no improvisaba: repetía el catecismo.

LA GRAN MENTIRA CUBANA: UNA CORTINA DE HUMO
Pero donde la operación de propaganda alcanza su mayor grado de cinismo es en la acusación contra Cuba. El Secretario de Estado lanzó la afirmación de que la Mayor de las Antillas «construyó» la izquierda radical en el continente y que la Isla es «la capital mundial del terrorismo de izquierda radical».
La aseveración no solo es históricamente irracional; es intelectualmente deshonesta. Rubio mintió, mezcló ideas como si fueran piezas de un mismo rompecabezas diseñado sin un solo elemento que encaje.
Sí, Cuba mantuvo relaciones históricas con diferentes movimientos revolucionarios, pero no hay pruebas de que financie o entrene redes terroristas. No se presentó en el foro una sola evidencia, ni una transferencia financiera, ni una comunicación interceptada, ni un campo de entrenamiento identificado, nada.
La falacia es tan burda, que solo puede explicarse por la necesidad del político anticubano de dar salida a los demonios de la ambición que lo consumen.
Fueron los gobiernos de Estados Unidos, no Cuba, los que entrenaron y armaron a dictadores y escuadrones de la muerte en toda América Latina durante décadas. Fue la cia la que derrocó gobiernos democráticos, financió golpes de Estado y sembró el terror en el continente.
Ni Rubio, ni Miller, ni ningún otro, mencionaron una sola vez la violencia política de derechas, no hubo referencia al asalto del 6 de enero de 2021 al Capitolio, el ataque más grave a la democracia estadounidense desde la Guerra Civil. No hubo mención al terrorismo de supremacía blanca, que el propio csis (Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales) documenta como la amenaza doméstica más persistente.
No hubo una palabra sobre los grupos neonazis, los milicianos de extrema derecha o los asesinatos raciales que han ensangrentado Estados Unidos en las últimas décadas.
Esta omisión no es una casualidad; es la prueba del nueve de toda la operación, no se combate el terrorismo cuando se ignora a los terroristas, se fabrica una narrativa, se elige un enemigo que puede ser definido y redefinido a voluntad del poder ejecutivo, es la pesadilla orwelliana hecha política exterior: el enemigo es aquel a quien señalamos.
El miembro del Buró Político y canciller cubano, Bruno Rodríguez Parrilla, lo resumió con precisión: esta Cumbre «solo busca reinstaurar la persecución y la represión política a quienes denuncian, disienten y luchan contra las medidas neoliberales, imperialistas, fascistas y de extrema derecha que promueve el gobierno estadounidense».
El peligro no es hipotético, cuando un Secretario de Estado convoca a 66 países para coordinar una ofensiva contra «el terrorismo político» sin definir con precisión qué es, sin presentar pruebas y sin distinguir entre violencia criminal y disenso político, está sentando las bases para una caza de brujas internacional.
No es casualidad que el discurso de Rubio incluyera frases como «la rebelión de los peores contra los mejores», una formulación propia del fascismo. Ni que Miller hablara de «enemigos de la civilización» y de personas «deformadas».
El verdadero resurgimiento del terrorismo político no está en las calles de Estados Unidos o Europa, mucho menos en Cuba, que ha sido víctima del terrorismo organizado y patrocinado por Washington desde hace más de 60 años.
Está en los salones del Departamento de Estado, donde hombres con traje y corbata diseñan la estrategia para convertir la diferencia política en delito, la disidencia en amenaza y la libertad en un teatro de operaciones.
