En los últimos días, a propósito del comentario realizado sobre las bebidas energizantes con alcohol como Shaka, varias personas compartieron sus criterios en redes sociales. Algunos coincidieron con la preocupación sobre el consumo en adolescentes y jóvenes; otros, en cambio, defendieron su uso argumentando que “está buena”, que “cada quien decide” o incluso que puede ser una vía para enfrentar las dificultades y el estrés de la realidad que vivimos.
Precisamente ahí está uno de los mayores desafíos: comprender que una bebida no puede convertirse en una respuesta para aliviar tristezas, frustraciones o problemas emocionales.
Los adolescentes atraviesan una etapa de cambios físicos, psicológicos y sociales. En ese período, el cerebro aún está en desarrollo, especialmente las áreas relacionadas con el autocontrol, la toma de decisiones y la valoración de riesgos. Por eso, el consumo de alcohol a edades tempranas puede tener consecuencias más profundas que en una persona adulta.
Cuando se combina alcohol con sustancias estimulantes, como ocurre en algunas bebidas energizantes, se crea una mezcla que puede resultar peligrosa. La cafeína y otros componentes pueden disminuir la percepción del cansancio o de los efectos del alcohol, haciendo que la persona sienta que tiene más control del que realmente posee. Esto puede favorecer conductas impulsivas, accidentes, enfrentamientos, relaciones sexuales sin protección y decisiones que después pueden traer consecuencias.
Pero hay un aspecto que merece especial atención: la salud mental de nuestros adolescentes. Decir que los jóvenes necesitan beber para soportar la tristeza, la presión o las dificultades de la sociedad es transmitir un mensaje equivocado. Los problemas emocionales no desaparecen con una bebida; en muchos casos solo se aplazan y pueden agravarse. La ansiedad, la tristeza o la sensación de desesperanza necesitan escucha, acompañamiento, apoyo familiar, orientación profesional y espacios donde los jóvenes puedan expresarse.
También debemos preguntarnos: ¿qué mensaje estamos enviando cuando normalizamos que un menor consuma alcohol porque “es una moda”, “sabe bien” o “todos lo hacen”? La adolescencia necesita referentes que promuevan el cuidado, no hábitos que puedan poner en riesgo su salud.
Esto no significa desconocer que vivimos tiempos complejos, ni ignorar las preocupaciones de nuestros jóvenes. Significa justamente lo contrario: tomarlos en serio, entender sus necesidades y ofrecerles herramientas reales para enfrentar los desafíos.
El entretenimiento, la amistad y la búsqueda de bienestar pueden encontrarse en muchos espacios saludables: el deporte, la cultura, el diálogo, los proyectos personales, el acompañamiento entre amigos y la ayuda profesional cuando sea necesaria.
Una sociedad que quiere proteger a sus jóvenes no debe juzgarlos, debe escucharlos. Pero escuchar también implica orientarlos cuando una decisión puede traer consecuencias para su presente y su futuro.
Porque detrás de cada adolescente hay una vida por construir, sueños por cumplir y personas que los esperan sanos. La verdadera salida nunca será una bebida; la verdadera salida siempre será encontrar apoyo, oportunidades y razones para seguir adelante.
