Para el asalto al cuartel Moncada se habían preparado alrededor de 170 hombres y dos mujeres, los cuales se enfrentarían a casi 1 000 soldados en la fortaleza. El plan era tomar por sorpresa a los oficiales y soldados, quitarle las armas, ir a la radio y llamar al pueblo a la huelga en contra de la dictadura. La idea no funcionó militarmente, pero sí como primer acto de la insurrección.
Fidel, su hermano Raúl y Almeida, junto con otros rebeldes, quedarían en la prisión de Isla de Pinos. Presionado por el clamor popular serían liberados después de casi dos años, e irían al exilio en México, para desembarcar más tarde en el yate Granma, sufrir derrotas y lograr victorias, para finalmente, triunfar el primero de enero de 1959. Terminaba así, el paraíso caribeño de violencia, terror, miseria y sufrimiento: «Llegó el Comandante y mandó a parar», rezaba la canción de Carlos Puebla.
La víspera del asalto al cuartel Moncada, los jóvenes, con ojos secos y ardientes, expresaban la queja y la esperanza del pueblo, mientras que sus madres se preguntaban: «¿Volverá vivo mi hijo?», otras se decían: «Hoy me engañó también mi hijo, en nada bueno anda». Van las madres de un lado a otro, paseando bajo los árboles, inquietas, buscando sus hijos en los pájaros del aire. Mientras tanto, las horas pasan lentamente, perezosas, desesperantes.
Es la guerrilla del Moncada, del 26 de julio, muchos fríos y muertos, no importa. La guerrilla de los leprosos, haraposos, desesperados, míseros, olvidados, «meados por el diablo». Son los enteramente cubanos, los nacidos aquí, en esta tierra, en estos lares. Es la tierra de Martí, de luna blanca, de noche desnuda, de auras y palmas reales.
Son guerrilleros que cantan con voz de cielo azul a los pájaros del aire, con voz de pueblo, alzan el rostro y tiembla la tierra. En la conmemoración del aniversario 73 de las acciones del Moncada, el espantoso viaje no ha terminado. Aún caen gotas rojas. Adelante, adelante guerrilleros pinareños. ¡Escuchar las campanas y alzar el frente, henchidos de emoción!
No son perfectos los guerrilleros, son de cuerpo y alma como todos los mortales. Disfrutan tanto de los placeres del cielo como de los tormentos del infierno. Viven los dolores del pueblo y caminan por la noche, gritan al mar y a la tierra con el pecho desnudo, como nosotros hoy a la orilla de la playa en noches locas y desnudas.
En 1976, el acto nacional por el 26 de Julio en Pinar del Río, en el 2000, a 47 años de la gesta del Moncada, estuvo presidido por el líder de la Revolución Fidel Castro, se celebraría en la Plaza, esa vez mejorada. Una vez más la multitud era enorme, la ciudad se había embellecido, y los tiempos que corrían indicaban que la crudeza del periodo especial declinaba. La década de 1990 había sido horrible. Sin embargo, los cubanos seguían siendo ébano y marfil.
Ya en el 2000, después del periodo especial, en muchos hogares de Pinar del Río se retomaba la tradición de celebrar el 26 de Julio en casa. Eran momentos de cantos, bailes, comidas y bebidas, y en ocasiones, de rememoración de acciones rebeldes pasadas en el barrio: la noche en que dos guerrilleros se colaron en la casa de tabaco 22 de la Cuban Land, subieron al copo, abrieron una hendija en el techo y pusieron a ondear dos grandes banderas, la cubana y la del 26; o la noche que en la loma de los pinos, tres rebeldes con escopetas de cazar pájaros y “revolvitos” calibre 32 se batieron contra seis guardias rurales de la dictadura que andaban de recorrido por la zona.

Este 26 de julio, los pinareños reviven la Patria orgullosa de sus glorias, engalanada y altiva como siempre con su palma real, el aura que no puede caminar por sus anchas alas y la sangre generosa circulando en las venas y pechos de los cubanos. Su pueblo recuerda sus proezas, los estragos sangrientos, la derrota de la fortaleza y las glorias inmortales por la libertad. ¡Adelante, adelante, de prisa, pueblo de Cuba, la gente espera!
Por el doctor en Ciencias Rodolfo Acosta Padrón

