He vivido todos los días de la Revolución. Somos cada día menos quienes podemos afirmarlo: de aquella primera acción del 26 de julio de 1953 pronto conmemoraremos 73 años. El tiempo pasa factura. Yo aún no había cumplido los tres cuando aquellos valientes guiados por Fidel asaltaron el Moncada; recién había cumplido nueve cuando el triunfo de 1959. Lo he visto todo, y me siento privilegiado.
Desde los días tensos del final de la dictadura de Batista hasta estos de agobiantes apagones y carencias todo ha pasado por mi humanidad y mis convicciones, a veces más firmes, a veces más dubitativas, pero siempre —desde que pude ser consciente y analítico— con la certeza de que la construcción de un país próspero y con justicia social no podía emprenderse desde las viciadas estructuras poscoloniales que la Revolución heredó y aún lucha por desmantelar del todo.
La euforia del triunfo, las leyes de Reforma Agraria y Reforma Urbana, la nacionalización de los monopolios, la proclamación de la igualdad racial y de género, la campaña de alfabetización y el fomento de instituciones culturales, deportivas y de salud, entre otras muchas medidas, hicieron de la década del sesenta el momento más esplendoroso y de mayor consenso a favor del proyecto revolucionario.
“(…) nunca, en el largo trayecto de nuestra Revolución, he apreciado falta de voluntad de los líderes y gobernantes cubanos por resistir y rebasar las adversidades para mantener (…) la generosa plataforma social que define la esencia de la sociedad a la que aspiramos”.
Fueron mis años estudiantiles, pero también me tocó ser maestro, en horario nocturno, del programa llamado Seguimiento. Mi tarea consistía en lograr que los recién alfabetizados del batey donde vivía alcanzaran el sexto grado. Algunos de mis alumnos de entonces —todos mucho mayores que yo y la mayoría graduados— me siguieron diciendo “maestro” hasta que poco a poco, por diversas razones, fui perdiéndolos de vista.
En los setenta, tras el revés de la incumplida zafra de los diez millones (todos fuimos macheteros) tuvimos la primera rectificación cuando se retomó el valor de los estímulos materiales, se regresó a la diversificación de las producciones y se implantó un modelo de control económico llamado Sistema de Dirección y Planificación de la Economía (SDPE). Creo que, de alguna manera, cuando se desechó bruscamente dicho sistema, en lo que se llamó “Rectificación de errores y tendencias negativas”, fuimos demasiado radicales al juzgarlo solo por sus desaciertos y regresar a un modelo donde el Estado volvía a asumir todas las perspectivas de satisfacción de necesidades. Coincidió dicha campaña con los albores de la engañosa perestroika y el extenuante Periodo Especial.

Los noventa fueron de los años más duros, ya sí vividos por una buena parte de mis connacionales hoy vivos. Se retomaron medidas de liberalización de la gestión económica que contribuyeron a paliar carencias mayúsculas, pero solo con el triunfo de la Revolución Bolivariana y varios Gobiernos de izquierda en América Latina alcanzamos cierta prosperidad, hasta la llegada del actual gobierno imperial en sus tres versiones (incluye la intermedia) en que nos ha tocado enfrentar la irracionalidad y la soberbia bárbara en grado de delirio genocida.
Puedo afirmar que nunca, en el largo trayecto de nuestra Revolución, he apreciado falta de voluntad de los líderes y gobernantes cubanos por resistir y rebasar las adversidades para mantener, lo más cercano posible a su media de calidad, la generosa plataforma social que define la esencia de la sociedad a la que aspiramos.
“(…) mientras el presidente del imperio y su edecán al frente de la diplomacia (…) confirman públicamente que pretenden asfixiarnos y hasta invadirnos, algunos compatriotas de extra e intramuros los absuelven y condenan a quienes luchan por superar el caos que nos imponen”.
En la Cuba de hoy transcurre un debate oscurecido por la mentira mediática proveniente de los medios de mayor alcance de que disponen quienes aprietan el cuello y acusan a la víctima; o al que lucha por aflojar el lazo. Resulta totalmente irracional y de un absurdo luciferino un discurso que convierte en agua podrida la más elemental lógica: mientras el presidente del imperio y su edecán al frente de la diplomacia, amparados en leyes nacionales que los proclaman, confirman públicamente que pretenden asfixiarnos y hasta invadirnos, algunos compatriotas de extra e intramuros los absuelven y condenan a quienes luchan por superar el caos que nos imponen.
He vivido todos los días de la Revolución; no ha sido un paseo por un lecho de rosas sino un viacrucis, pero apuesto (y por eso trabajo) pensando que lo que está por venir para nuestro pueblo y para el resto de la Humanidad no puede ser el empoderamiento de unos pocos a costa de la degradación total de la mayoría. Un socialismo con prosperidad y soberanía es el sueño por el que luchamos aún. No entregar las armas es no entregar la vida. La felicidad existe, y no está en las vitrinas. Estamos convocados a reinventarla.

