Cuando Manuela García* (nombre cambiado por la redacción) entra en el hospital pediátrico donde trabaja en La Habana, pasa frente a un retrato de Fidel Castro. A su lado destaca una cita del líder de la Revolución sobre el «heroísmo y la solidaridad» de los médicos cubanos.
«Algo de verdad hay en esto», dice García a DW. «Si este sistema sigue en pie, es únicamente gracias a los sacrificios que hacemos nosotros».
La intensivista toma el ascensor hasta la unidad de cuidados intensivos y se pone el uniforme verde. Uno de sus primeros pacientes es un niño de cuatro años con una neumonía grave. Una acumulación de pus en la cavidad torácica ha empeorado gravemente su estado. García revisa el drenaje y el respirador. «Lo que este niño necesita con urgencia es un antibiótico de amplio espectro», explica. «Y precisamente de esos hay una escasez enorme».
Un sistema con prestigio internacional
No es el único problema. Faltan medicamentos, instrumental quirúrgico, personal sanitario y también recursos para realizar diagnósticos.
Durante décadas, el sistema de salud cubano fue el gran orgullo de la isla comunista. Mientras escaseaban los bienes de consumo y la economía se hundía en una crisis casi permanente, el régimen exhibía como uno de sus principales logros la garantía de una atención médica gratuita para toda la población.
Aquel modelo gozaba de prestigio internacional. Las campañas de vacunación alcanzaban una cobertura ejemplar, la mortalidad infantil llegó a situarse por debajo de la de Estados Unidos y la esperanza de vida alcanzó niveles comparables a los europeos. Los médicos cubanos realizaban intervenciones de alta complejidad y estudiantes de medicina procedentes de todo el Sur Global viajaban a La Habana para formarse.
Profunda crisis
Ese sistema ha llegado a un punto límite. Cuba atraviesa probablemente la crisis más profunda desde el triunfo de la Revolución en 1959. La isla arrastra las consecuencias de años de planificación económica ineficiente y sufre el endurecimiento del embargo estadounidense impulsado por el presidente Donald Trump.
Quienes más sufren las consecuencias son los más vulnerables: los pobres, los ancianos, los niños y los enfermos. Pero también quienes cuidan de ellos. Médicas como Manuela García. Para protegerse, prefiere no revelar ni su verdadero nombre ni el del hospital donde trabaja. «Podría terminar en la cárcel. Todo está marcado por la represión».
Apagones constantes, agotamiento emocional
A lo largo de la conversación, critica en varias ocasiones a la dirigencia comunista por «sus mentiras», «sus falsas promesas» y «sus excusas». Pero tampoco siente simpatía alguna hacia Trump. Como muchos cubanos, lo único que anhela es que el país cambie y vuelva a ofrecer una perspectiva de futuro.
García ha convivido con la economía de escasez cubana desde que nació. «Pero nunca había visto algo como esto. La situación actual es insoportable», subraya. Pone como ejemplo los constantes cortes de electricidad. «Hay días en que tenemos electricidad apenas tres horas. Otras veces pasamos más de treinta horas seguidas sin luz».
García vive junto a su hijo de cinco años en una habitación. «Cuando se va la luz, todo deja de funcionar». La cocina, la lavadora, el televisor, el aire acondicionado, ni el celular se deja cargar. «La situación me tiene agotada físicamente y emocionalmente».
Escasez de insumos
El hospital pediátrico donde trabaja abrió sus puertas en la década de 1960. Durante años fue un centro de referencia en toda América Latina gracias a que contaba con una de las primeras unidades de cuidados intensivos neonatales de la región. «Todavía somos capaces de hacer muchas cosas, incluso cirugías cardíacas complejas», explica García. «Recibimos niños de todas las provincias de Cuba, donde la atención médica ya no puede garantizarse. Para los pacientes, todo sigue siendo gratuito».
Gracias a un generador, añade, el suministro eléctrico del hospital está asegurado las veinticuatro horas del día. Prefiere no imaginar qué ocurriría si dejaran de funcionar las incubadoras o los respiradores: «Por suerte, eso todavía no ha sucedido».
Lo que sí escasea son los insumos más básicos: soluciones nutritivas para los niños pequeños, cánulas pediátricas, sondas. Según explica, el Gobierno intenta comprar los medicamentos indispensables para salvar la vida de los niños —como los destinados a tratar cardiopatías congénitas— recurriendo a proveedores de China, Vietnam o Rusia. Pero los precios se han disparado y muchos productos simplemente ya no pueden conseguirse.
Niños en situación precaria
La crisis del sistema sanitario cubano se refleja con especial claridad en BioCubaFarma, el conglomerado farmacéutico estatal. En otros tiempos desarrollaba y fabricaba alrededor de 400 medicamentos, incluida una vacuna contra el Covid-19. Hoy, a causa del embargo estadounidense, faltan las materias primas necesarias para producir cerca de 300 fármacos. Entre ellos hay medicamentos oncológicos, anticoagulantes, antihipertensivos, tratamientos para el asma y psicofármacos. «La probabilidad de supervivencia de los niños con cáncer ha caído del 85 al 65 por ciento», asegura García.
Además, Cuba ha perdido el acceso a programas informáticos utilizados en el ámbito sanitario porque fueron desarrollados por empresas tecnológicas estadounidenses. «Muchas operaciones que salvan vidas ya no pueden hacerse», lamenta. «Los trasplantes de hígado, por ejemplo. Antes los realizábamos. Hoy ya no contamos ni con el personal ni con los medicamentos necesarios para el tratamiento posterior».
Según explica, alrededor de 12.000 niños cubanos esperan actualmente una intervención quirúrgica imprescindible. Otra consecuencia dramática de la crisis es el aumento de la mortalidad infantil. En 2017 era de cuatro fallecimientos por cada mil nacidos vivos, una de las tasas más bajas del Sur Global. Este año, previsiblemente, alcanzará los nueve por mil: más del doble.
Incluso García, muy crítica con el Gobierno, considera que este deterioro también es consecuencia del embargo estadounidense. Muchos niños sufren desnutrición porque ya no hay leche.
La producción nacional de leche, huevos y carne de ave se ha desplomado, entre otras razones porque el país ya no consigue importar piensos ni vacunas para el ganado. A ello se suma la falta de divisas para comprar leche en polvo en el extranjero.
Médicos que tiran la toalla
«Antes, al menos, las farmacias vendían vitaminas para los niños», dice García. «Ahora ni siquiera eso». A la crisis material se añade el éxodo masivo de profesionales sanitarios. Miles de médicos han abandonado el sistema de salud. «Los que seguimos aquí somos unos idealistas incorregibles», afirma García.
Muchos emigraron a países como México o Nicaragua, donde encontraron trabajo en el sector servicios y ahora envían dinero a sus familias en Cuba. Forman parte de los 2,75 millones de cubanos que han abandonado la isla desde 2020, cerca de una cuarta parte de la población.
Otros médicos dejaron la medicina sin salir del país. Hoy conducen taxis, alquilan habitaciones a turistas o trabajan en cualquier actividad que les permita ganar más que ejerciendo su profesión. Pero ahora ellos también sufren. Ante la crisis, que incluye montañas de basura acumuladas en las calles y un aumento de la delincuencia, los turistas han dejado de llegar a Cuba.
Caída del turismo
El principal motor económico de la isla, el turismo, prácticamente se ha desplomado. En mayo de 2026, apenas 31.000 turistas viajaron a Cuba, casi un 60 por ciento menos que el año anterior, que ya había sido muy débil. Si en 2018 la isla recibió todavía cerca de cinco millones de visitantes, en 2025 la cifra cayó hasta apenas 1,8 millones.
La caída del turismo afecta a taxistas, propietarios de alojamientos privados, comerciantes, guías turísticos, dueños de restaurantes y bares, así como vendedores ambulantes. Para todos ellos, los ingresos prácticamente han desaparecido.
Para el Estado cubano, la crisis supone también la pérdida de importantes ingresos en divisas y una creciente incapacidad para adquirir bienes esenciales en el exterior. El sistema de salud tampoco escapa a las consecuencias, ya que medicamentos y equipos médicos deben comprarse en el extranjero con dólares.
La importancia de las remesas
A pesar de todo, García se ha quedado. En la isla, García recibe actualmente 15.000 pesos cubanos al mes por su trabajo, unos 20 euros al cambio. Es un ingreso equivalente al de otros empleados estatales cubanos con mayor nivel de cualificación. Una enfermera de su unidad gana apenas la mitad. «¿Cómo se supone que uno puede vivir con eso?”, se pregunta. «¿Si solo 30 huevos ya cuestan 3.000 pesos?»
De hecho, comprar en las tiendas privadas cubanas, donde se ofrecen alimentos importados como huevos o pollo congelado, es algo que solo pueden permitirse quienes reciben dinero de familiares o amigos en el extranjero o quienes trabajan en el sector privado. Todos los demás dependen de los comercios estatales, donde todavía pueden adquirir arroz, frijoles y pan mediante la libreta de abastecimiento, pero donde, por ejemplo, la carne prácticamente ha desaparecido.
Ahora García compra cada pocos días unos cuantos huevos y algo de carne de pollo en una tienda privada para garantizar que su hijo reciba suficientes proteínas. «Desde hace más de un año todos nosotros —médicos, técnicos, enfermeros— vivimos en condiciones muy difíciles de soportar», dice. «Comemos poco y estamos agotados».
Escepticismo ante las recientes reformas
Hay cirujanos, cuenta García, que pasan diez horas seguidas en el quirófano y ni siquiera han podido desayunar por falta de dinero. «Algunos colegas cocinan en sus casas con carbón vegetal”.
García observa con escepticismo las recientes reformas llevadas a cabo en Cuba: «Llevamos 60 años viviendo con la promesa de que algún día todo mejorará. Después de terminar mis estudios decidí quedarme en Cuba porque creía que nuestro país avanzaría y que algún día podría vivir de mi trabajo. Nada de eso ocurrió. Estoy peor que nunca».
García siente una profunda decepción. «El tiempo pasa y mi vida se vuelve cada vez más difícil. No tengo dinero para permitirme casi nada. Por supuesto que sé que mi trabajo es importante. Atiendo a niños, salvo vidas. Pero cuando miro mi propia vida me pregunto: ¿ha valido la pena todo esto? Ese pensamiento me provoca un profundo dolor».
(ms)


