Cuando una sociedad deja de mirar, otros deciden por ella
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Por Jorge L. León

La historia de los pueblos no solamente se escribe con las acciones de quienes gobiernan, también con los silencios de quienes observan. Existen momentos en que la indiferencia parece una forma de protección, una manera de mantenerse al margen de los conflictos, pero la experiencia demuestra que ningún ciudadano puede permanecer completamente aislado de las decisiones políticas que determinan el rumbo de una nación.
Cuando una sociedad abandona el espacio público, ese vacío nunca permanece vacío. Alguien lo ocupa, toma las decisiones y establece las reglas que terminarán afectando la vida de todos.
Albert Einstein dejó una reflexión atribuida a él que resume esta realidad: “El mundo es un lugar peligroso para vivir, no por quienes hacen el mal, sino por quienes observan sin hacer nada”. Más allá de la discusión sobre su autoría, la idea contiene una verdad histórica: la pasividad frente al abuso del poder puede convertirse, consciente o inconscientemente, en una forma de permitir su avance.
El caso cubano muestra con claridad las consecuencias de esa actitud. Durante años, muchos ciudadanos asumieron que la política era un terreno reservado para dirigentes, funcionarios o especialistas. Pensaron que mantenerse alejados podía evitarles problemas y que mientras lograran resolver las dificultades cotidianas podían permanecer al margen.
Pero la política no permaneció fuera de sus vidas. Entró en sus hogares y terminó definiendo aspectos esenciales de la existencia: lo que podían expresar, la información que podían recibir, las posibilidades económicas de sus familias, el futuro de sus hijos y hasta la manera en que podían imaginar su propio destino.
Uno de los mayores éxitos de los sistemas autoritarios consiste precisamente en convencer a la sociedad de que la política pertenece exclusivamente al poder. De esa forma, el ciudadano deja de verse como protagonista y termina convertido en espectador de su propia realidad.
En Cuba, una estructura que nació proclamándose revolucionaria terminó concentrando el poder alrededor de una élite política. Las instituciones dejaron de actuar como contrapesos independientes y pasaron a funcionar bajo una lógica de obediencia. El Estado, que debería representar a la nación, terminó subordinado a un proyecto político determinado.
Durante décadas se construyó una narrativa donde las dificultades siempre tenían explicaciones externas, mientras se ocultaban los errores internos de un modelo que debilitó la economía, redujo los espacios de participación y provocó una profunda fractura social.
Se prometió prosperidad y llegó el empobrecimiento; se habló de igualdad mientras aparecían privilegios vinculados al poder; se proclamó la defensa del pueblo mientras millones de cubanos enfrentaban limitaciones, separaciones familiares y la imposibilidad de decidir libremente sobre su futuro.
Sin embargo, ninguna sociedad permanece eternamente dormida ante la realidad. Hay un momento en que las consecuencias se vuelven imposibles de ignorar. La falta de oportunidades, la crisis económica, la emigración masiva y el cansancio acumulado han obligado a muchos cubanos a comprender una verdad fundamental: ningún pueblo puede delegar indefinidamente su propio destino.
La historia enseña que los regímenes autoritarios no se sostienen únicamente por la fuerza de quienes gobiernan. También encuentran espacio en el silencio prolongado de quienes sufren sus consecuencias. La indiferencia no elimina la injusticia; muchas veces permite que crezca.
Cuba enfrenta hoy una lección histórica. La libertad no es una concesión del poder ni un beneficio que llega por voluntad de otros. Es una responsabilidad ciudadana que exige participación, memoria y compromiso con la verdad.
Porque cuando una sociedad decide no mirar, alguien más decide por ella. Y tarde o temprano, toda nación termina pagando el precio de esa indiferencia.
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