
Una balita de gas licuado que sale a 24 dólares en el punto de venta de KMCero y su distribuidora Progas ya ronda los 50 en el mercado informal cubano. La diferencia, constatada por 14ymedio, resume el desorden de un país donde un recurso doméstico básico terminó convertido en mercancía de especulación.
El caso ocurre en el nuevo punto de venta de Guanabacoa, en La Habana, donde la escena se repite con la misma crudeza de siempre: colas desde la madrugada, cilindros deteriorados y una oferta incapaz de cubrir la demanda. En ese vacío crece la reventa, que castiga otra vez a quien vive de salario en pesos y no tiene acceso a divisas.
El precio oficial ya deja fuera a la mayoría. Un cilindro de 10 kilogramos cuesta 24 dólares, más de cinco veces el salario mínimo mensual en Cuba. A eso se suma la barrera de entrada de la plataforma, que exige tarjeta en divisas y compras mínimas de 50 dólares. El resultado es previsible: el que no puede comprar dentro del circuito dolarizado termina pagando mucho más afuera.
La operación también expone el entramado opaco que rodea el negocio. Aunque Progas se presenta como empresa privada, 14ymedio documentó que sus camiones cargan cilindros directamente desde instalaciones de Cupet en la Vía Blanca, en el reparto Guiteras. La empresa estatal, además, elevó la cerca perimetral de esas instalaciones para dificultar la observación de lo que ocurre dentro.
KMCero fue impulsada por Tecnomática junto con la pyme estatal TM-NEXGEN como una tienda virtual para combustibles y lubricantes, una fórmula que vuelve a dejar al descubierto la mezcla entre control estatal, intermediación opaca y dolarización excluyente. No existe información pública sobre la estructura de propiedad de ninguna de las dos entidades, un dato que en Cuba rara vez es casual cuando hay negocios sensibles de por medio.
La comparación con Supermarket23 confirma que el problema no es aislado. Esa plataforma ofrece el mismo producto por 29 dólares, también con pago en divisas y la obligación de entregar un envase vacío. En Alamar, más de 200 personas esperaban bajo el sol para retirar gas comprado por esa vía. La escena muestra hasta qué punto el abastecimiento doméstico quedó atrapado entre la escasez y el mercado paralelo.
El negocio dolarizado del gas se aceleró sobre el colapso del sistema estatal de distribución. Muchos cubanos no reciben suministro racionado desde septiembre de 2025 y en varias provincias el gas licuado lleva meses desaparecido. La escasez también se agravó por la interrupción del gas manufacturado, el llamado gas de la calle, tras atrasos en trabajos de mantenimiento en la planta de Melones, operada por Cupet, donde se produjo un imprevisto relacionado con un retorno de gas.
La crisis viene de atrás. En abril de 2025, Cupet admitió que no había entrado ningún barco de gas licuado al país y, en mayo, autoridades de Sancti Spíritus reconocieron que no existía inventario disponible a nivel nacional. Desde entonces, el régimen ha dejado que un servicio esencial dependa de plataformas en dólares, reventas y colas interminables, mientras la vida cotidiana se vuelve más cara y más desigual.
El gas para cocinar dejó de ser un asunto menor. Hoy marca quién come caliente y quién se queda esperando. También muestra, con brutal claridad, cómo el fracaso del sistema estatal empuja a los cubanos a un mercado informal donde el acceso depende cada vez más del dólar y cada vez menos del trabajo.

