Libros como Puentes: Estamos leyendo a Emily desde Montenegro
No era la muerte;
porque me levanté.
Emily Dickinson
Dueño de una voz impetuosa en la literatura cubana contemporánea, autor multipremiado y coordinador de antologías dentro y fuera de la isla, Alain Santana López (La Habana, 1982), quien firma bajo el seudónimo de Milho Montenegro, vuelve a hacer de las suyas para anunciarse, otra vez, bajo el sello de Ediciones Matanzas.
Como poseso, publicaría Mala sangre en 2022, poemario laureado con el Premio Milanés el año anterior. Es la visión descarnada de un poeta cubano sobre la realidad que le agrede y fustiga. Lo había comentado dos años atrás y lo dejé escrito en una laptop que ya no existe. Pero las palabras sí existen. Vuelven a mí, inquietas, inquietantes.
Milho insistió en beber de las aguas yumurinas y helo aquí, ahora camuflado tras la voz de una deslumbrada que en vida apenas dejó huellas de su paso terrenal. Obtuvo el Premio Fundación de la ciudad de Matanzas en su edición de 2023 con un libro de nombre muy bizarro para mi gusto, pero ajustadísimo al corsé de Emily Dickinson.
Ante los lectores cubanos La misántropa, diario lírico de Montenegro basado en circunstancias de la vida y obra de la escritora norteamericana del siglo xix.

Permítanme un toque irreverente a continuación, puesto que abordaré elementos distintivos que añaden a la anchura de este poemario desde los primeros textos a los que se enfrentará el lector. No resulta apropiado que yo hable de comparaciones entre ambos escritores, ni mucho menos.
Dickinson escribió 1800 poemas aproximadamente desde la brevedad, con un lenguaje simple y una sintaxis compleja, al punto de dejar exhaustos a más de un crítico de su época o la nuestra. Y Milho Montenegro escarba allá en lo blando (nunca mejor dicho) y sí, se afianza en un lenguaje sencillo, con una sintaxis sin complicaciones, pero escribe in extenso sobre esta mujer atormentada en cuerpo y alma.
Bajo la égida de esa puntuación tan poco convencional que acuñó la poetisa, solo fueron publicados seis poemas. Montenegro se abalanza con 52 textos divididos en tres momentos «Para hacer una pradera (Jardín de infancia y adolescencia)», «El amor truncado (Cartas a Susan)» y « Ablación (Letanías de una misántropa)», con una puntuación metódica, sin sobresaltos, porque su interés es narrar desde la poesía los contextos vitales, los pensamientos de la Dickinson, tornándose homenaje con vítores y fanfarria, por supuesto.
Emily explora en temas tan universales como la muerte, la locura, la naturaleza, el amor. También son los temas por donde navega Milho en La misántropa, deteniéndose especialmente en la familia y sus complicadas interrelaciones. Resulta conmovedor el primer capítulo, donde explora sutilezas de las reacciones en la escritora, comparándolas con las flores de su jardín.

Confieso, después de varias lecturas a propósito de la edición y ahora para disfrutar del arte final, que este es mi capítulo favorito. Y no caeré en las trampas de permitirme decir en voz alta que el autor asumió el rol de escribir desde la piel de una mujer, ni mucho menos. El sujeto lírico, la voz en primera persona es el discurso de Emily Dickinson, a través de la extrema hermosura poética que derrocha Milho Montenegro.
No cederé con otro spoiler. Lleven el libro a casa. Añadan a su lectura una taza de té, un café cargadito. Busquen un rincón de paz, preferiblemente donde haya plantas, aunque sirve la comodidad de un sofá y cojines en una sala donde la penumbra sea reina y lean.
Detrás de la honestidad humilde pero caótica de esta mujer, se asoma el tormento. Una vida cincelada por el ramalazo físico y las lisuras del alma. Milho Montenegro la ha atrapado entre las páginas de este diario apócrifo y, como hizo ella misma con su colección de plantas y flores, lo está legando a la posteridad poética.
Se reconoce, más allá del poemario, toda la investigación previa para asumir la hechura de La misántropa y salir ileso, asumiendo los riesgos que conlleva trabajar a partir de esta creadora tan leída, traducida, incomprendida desde hace dos siglos. Se palpa la época: los arquetipos, escenarios, ese pensamiento aún anquilosado puertas adentro, de cara a los albores de la era industrial en los Estados Unidos, hace guiños detrás de cada poema.
Todo ello también lo comprendió Johann Enrique Trujillo con un rediseño, a partir de La misántropa, de la colección Premio Fundación de la ciudad de Matanzas, leve, insinuado, prístino por necesidad y devoción al blanco. La manera en que manipula la imagen en cubierta, es un poema per se.
Necesario el agradecimiento a Leonel Betancourt, por la galanura con que asumió el emplane del libro, para sumar perfección a la belleza, si esto fuere posible. Jamás quedaría sin mencionar a Amarilys Ribot, acertadísima en cada corrección, aunque admito que la poeta que me habita, pasó por alto algunos leves señalamientos. Mea culpa.
Volveré a La misántropa, como vuelvo a Emily, a sus traducciones, que es un regreso a la tristeza, que es parte de la vida misma. A esas expansiones que me gustan, porque eso es plantar, como Dickinson, como Milho, la semilla fértil de un poema, pujando siempre por florecer.
Buena siembra, felices lecturas.
(Por Maylan Álvarez/ Reseña leída durante las jornadas a propósito del Premio Fundación de Matanzas en 2024, en la Casa de las Letras Digdora Alonso, sede de Ediciones Matanzas)
Dos textos de La misántropa, de Milho Montenegro (Ediciones Matanzas, 2024)
De «Para hacer una pradera (Jardín de infancia y adolescencia)»
Jardín interior
Mi infancia es un sitio lejano, una casa mordida por la ferocidad de las estaciones. Recuerdo, en esta cisura de las horas, un aroma de savia y polen abanicando mis retozos entre los arbustos. Corolas, abejas y retoños que alcanzaron —cada vez— a descifrar los matices agrios de mi llanto. En las manos me crecieron semillas y versos a pesar de toda pústula. Las horas en el vergel trenzaban un misterio que me era accesible. Con tanto verde hilé sueños en que místicas barcas me desgajaban de la realidad, refugio donde siempre descubrí el bálsamo contra los miedos y las formas de mi anarquía. «¡Emily! ¡Emily!»: gritaba mi madre cuando ante sus ojos el jardín iba acoplándoseme a los huesos, a estas arterias que nunca fueron más altivas, ni guardaron entre sus mareas semejantes prodigios. Ella no lograba intuir que junto a las flores vislumbré los arcanos de la existencia. Allí fui mutando de crisálida a mariposa: criatura que al fin recibía la comprensión que nadie, nunca, supo ofrecerme.
De «El amor truncado (Cartas a Susan)»
Envidia
Para Jacqueline Méndez
Me tropecé con un pájaro en el viejo portal de la casa. Lo tomé en mis manos y percibí una de sus alas quebrada, su cuerpo sin fuerzas. De repente, por esos juegos de la vida que son también sus trampas y espejismos, vi en los ojos del ave mis ojos, su tristeza tan viva como la mía y su miedo tan abismal como mi miedo. Luego de curarle su ala en pedazos, de alimentarlo durante semanas y saberlo capaz de resistir otra vez la suerte de los cielos y el aire, le ofrecí libertad. En el momento de su partida, el pájaro ya no era la misma criatura asustadiza y minúscula, había recobrado su entereza, la altivez. Un sucio fuego de envidia y odio se me encendió dentro. Atada a la tierra, supe que yo continuaba siendo la misma, que a pesar de todo sería siempre la misma.

