La Plaza San Francisco de Asís reunió a talentosos exponentes del jazz cubano para recordar que hay puentes que ninguna política puede derribar.
En tiempos donde las políticas levantan muros, el jazz insiste en tender puentes. Así quedó demostrado en la Plaza San Francisco de Asís, donde César López, acompañado de jóvenes y consagrados jazzistas cubanos, le dio la bienvenida al verano de la manera en que mejor sabemos hacerlo: con música.

El evento, auspiciado por la Oficina del Historiador, el Ministerio de Cultura y la UNEAC, sirvió como escenario para reafirmar que, por encima de bloqueos y distanciamientos, el diálogo cultural entre Cuba y Estados Unidos sigue vivo.
La velada contó con figuras de la talla de Andy Quincoces, Angelito Toirac, los Hermanos Abreu, Roberto Álvarez, Robertico García y Emilio Morales. A esta constelación de músicos se sumó la presencia del gran Bobby Carcassés y el anfitrión, César López.

El jazz, ese género nacido del dolor en Nueva Orleans y convertido después en lenguaje de libertad, para unos es historia y para otros la prueba genuina de que se pueden derrumbar los muros de la hostilidad y conversar en los escenarios.
Eso fue, en esencia, lo que planteó la poetisa Nancy Morejón durante su intervención inaugural. Habló del jazz como territorio donde los músicos de Cuba y Estados Unidos dialogan sin necesidad de traductor. Evocó a Félix Varela, a Martí y a Nicolás Guillén, figuras que en su momento también encontraron en el arte y en la amistad con intelectuales estadounidenses una vía para tender puentes que la política se empeñaba en cortar.

Calificó el bloqueo como una herida que ya acumula casi setenta años y llamó a los artistas e intelectuales estadounidenses a sumar su voz contra una política que sigue privando a Cuba de medicamentos, combustible e insumos esenciales.
Mientras los gobiernos negocian, sancionan o guardan silencio, fueron los músicos, los poetas y el público reunido frente al Convento de San Francisco de Asís quienes siguieron encontrando maneras de dialogar.
La cultura tiene una capacidad de resistencia y de conexión que ninguna medida logra clausurar del todo. Las políticas cambian, las listas se actualizan, pero un compás sigue sonando igual en La Habana que en Nueva Orleans. Y en un verano donde tantas otras cosas escasean, no es poco recordar que la música sigue llegando.







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