
La Misión Permanente de Cuba ante Naciones Unidas montó este viernes en Nueva York una recepción de lujo, con bebidas y banquete, en una escena que vuelve a dejar al descubierto la desconexión obscena entre la cúpula del régimen y la realidad que viven los cubanos dentro de la isla.
Mientras en el salón se servían mojitos y se movían funcionarios extranjeros y allegados al poder, Cuba seguía hundida en apagones generalizados. La crisis energética mantiene hospitales sin electricidad, barrios enteros en penumbra y familias obligadas a pasar jornadas completas sin luz, con ancianos que se acuestan sin comida y hogares reducidos a la incertidumbre diaria.
El reportaje del periodista cubano Mario J. Pentón mostró además la poca asistencia a la cita. Un representante de Haití reconoció que disfrutó los mojitos, aunque eludió responder sobre los presos políticos en Cuba. Otros invitados, entre ellos el primer ministro de San Vicente y las Granadinas, Ralph Gonsalves, salieron tambaleándose del lugar, según la cobertura difundida.
Dentro del local estaban el canciller Bruno Rodríguez Parrilla y el vicecanciller Carlos Fernández de Cossío, dos de las caras visibles de un aparato diplomático que afuera exige comprensión y dentro administra miseria, escasez y apagones. La misión intentó frenar la labor de Martí Noticias y llamó a la policía de Nueva York, pero los agentes garantizaron la libertad de prensa y permitieron registrar el banquete en imágenes.
La postal de Nueva York encaja con otras exhibiciones recientes del régimen: la pompa del Festival Internacional Varadero Gourmet, el servicio gastronómico en el Palacio de las Convenciones y el festejo en el Capitolio Nacional durante otra jornada de apagón masivo. En todos los casos, la élite se reserva el lujo mientras a la población le toca el hambre, la oscuridad y el discurso vacío de la llamada resistencia.
La recepción diplomática en Nueva York dejó otra evidencia incómoda para La Habana: el régimen pide sacrificio al pueblo mientras sus funcionarios celebran entre copas, banquetes y privilegios fuera del país. Esa distancia entre la propaganda y la vida real ya no se puede ocultar ni en la sede de Naciones Unidas.


