Cuba quiere parecerse a Vietnam. Lo dijo Díaz-Canel sin decirlo, y lo dejó claro un Comité Central reunido en sesión de emergencia mientras la isla se apaga veinte horas al día.
El miércoles, con buena parte del país a oscuras, el Comité Central del Partido Comunista aprobó una veintena de propuestas para «transformar» la economía. La televisión estatal lo anunció con la solemnidad de siempre, sin dar un solo detalle numérico. Detrás del lenguaje hinchado hay un programa real: seis ejes, dirección económica, autonomía municipal, autonomía empresarial, recuperación agrícola, comercio exterior e inversión extranjera, y política social.
Suena a manual de gestión. Es, en realidad, una confesión.
Raúl Castro firma sin estar presente
El general que dirigió el país durante una década después que su hermano la gobernara por cinco, participó por videoconferencia. No hizo falta más. Un miembro del Buró Político se encargó de anunciar que Castro estaba «plenamente de acuerdo» con las propuestas, en una fórmula que busca blindar las reformas con el peso simbólico del apellido. A sus 95 años, Castro ya no gobierna, pero sigue firmando.
Pidió, eso sí, «actuar con los pies y los oídos pegados a la tierra». La frase suena a humildad campesina. Llega de alguien que lleva más de sesenta años sin tener que hacer fila para comprar pan, confirmándose una vez que Cuba es una dictadura monárquica, donde el verdadero mandante es un Rey General. Sin la firma de Raúl, sin su aprobación, nada se hace.
Pero… ¿qué novedad trajo este «paquete»? Más gasolina para la corrupción y el desmadre.
Básicamente, los municipios podrán importar y exportar sin intermediarios estatales, al menos sobre el papel. Las empresas estatales tendrán más margen para operar y podrán retener divisas, algo que hasta ahora dependía casi siempre de la aprobación central. El turismo se abre a «nuevos actores» en «nuevas modalidades», una fórmula vaga que probablemente signifique más espacio para capital privado, incluido el de cubanos que viven fuera de la isla. Todo eso, fiscalizado por funcionarios como la ya famosa MADELEINE de Manicaragua; la del «me ha satisfazido» y la que celebra el sobrecumplimiento en el plan de muertos.
El plan está inspirado, según fuentes oficiales, en los modelos de mercado de China y Vietnam. Es la referencia favorita de cualquier régimen comunista que quiere abrir la billetera sin abrir la boca: capitalismo de Estado, control político intacto, libertad económica racionada con cuentagotas. Funcionó para sacar de la pobreza a cientos de millones de personas en Asia. También funcionó para mantener partidos únicos en el poder durante décadas.
La pregunta que nadie en el Comité Central se atrevió a formular en público es si Cuba tiene hoy la estabilidad institucional, la inversión disponible y el tiempo que tuvieron Vietnam o China para que ese modelo dé resultado antes de que la isla termine de vaciarse de gente.
Reducir el Estado, la frase que nadie esperaba de un comunista cubano
Díaz-Canel prometió que los cubanos de la diáspora tendrán las mismas condiciones que un inversionista extranjero. La oferta llega justo cuando varios inversionistas extranjeros ya empacaron sus maletas, espantados por las sanciones de Washington.
Díaz-Canel anunció también que se reducirá el número de ministerios y de empleados públicos. En cualquier otro país esa frase pasaría desapercibida. En Cuba es casi una herejía doctrinal: el Estado que durante seis décadas fue empleador, distribuidor y dueño de casi todo, ahora promete encogerse.
«Son tiempos en los que hay que cambiar», dijo el mandatario al presentar el paquete. La frase es honesta en su brevedad. Lo que no dijo es que el cambio llega forzado por el hambre y los apagones, no por convicción ideológica.
Lo que el comunicado no dice
Ninguna de las notas oficiales menciona cifras de inflación, ni el valor real del peso cubano en la calle, ni cuántas familias dependen hoy de remesas para comer. Tampoco se habla de los miles de cubanos que en los últimos meses decidieron no esperar reformas y se fueron, ni de las protestas que estallan cada vez que el apagón se alarga más de lo tolerable.
El propio Partido se cuidó de aclarar que estas «profundas transformaciones» son «para preservar la Revolución y las conquistas del socialismo». Es la frase que sostiene el techo: se permite el mercado, pero solo si el mercado no toca al poder.
Cuba necesita oxígeno económico de verdad, no otro paquete de veinte propuestas sin números. La isla ya vivió este guion antes: anuncios solemnes, aplausos parlamentarios, y meses después la misma escasez con otro nombre en la gaceta oficial.
Esta vez el contexto es distinto porque la presión es mayor, el bloqueo petrolero pesa más que cualquier sanción anterior, y la paciencia de la calle se agota más rápido que la corriente eléctrica. Si las reformas se quedan en comunicado y videoconferencia, el resultado será el mismo de siempre: un país a oscuras, esperando que alguien, algún día, encienda la luz de verdad.

















