El miedo al negro sobrevivió a las grandes sublevaciones del occidente de la Isla y a la abolición de la esclavitud en el siglo XIX. La discriminación racial perduraría, avivada ante el temor de los blancos a la venganza de hombres deshumanizados durante más de un siglo por el color de la piel.
Las manifestaciones religiosas en el seno de los cabildos, las prácticas culturales propias y el uso de la medicina natural, eran objeto de rechazo entre gran parte de la población. La negrofobia se reflejaba tanto en la política colonial como en las relaciones socioeconómicas y sociales imperantes en la Isla.
En las primeras dos décadas del siglo XX se tejieron historias no confirmadas o desmentidas, en gran parte, sobre secuestros y asesinatos de infantes atribuidos a “negros brujos”. Entre 1904 y 1924 estos fueron señalados como autores de numerosos asesinatos, sobre todo de aquellos a los que no le encontraban solución.
Las desapariciones de varios niños blancos acapararían la atención ciudadana: Zoila Díaz, (El Gabriel, La Habana, 1904), Luisa Valdés (Alacranes, Matanzas, 1908), Onelio García (Pedro Betancourt, Matanzas, 1915); Marcelino López (Agramonte, Matanzas, marzo, 1919), Cecilia Dalcourt (ciudad de Matanzas, junio, 1919), Altagracia del Pilar (Santa Cruz del Sur, Camagüey, 1922), América Luisa (Ciego de Ávila, Camagüey, 1924); entre otros.
Los resultados de investigaciones inmediatas arrojaron luz sobre tres de las tragedias: Onelio fue asesinado por su tío; Marcelino falleció en un accidente y Altagracia fue ultimada por su propia madre. Sin embargo, la mayoría de las pesquisas quedaron relegadas en el olvido, atribuidas a los negros, y a los rituales con ofrendas.
En Matanzas, el caso más connotado acontecía el 22 de junio de 1919, cuando la ciudad se conmovía ante la desaparición de la niña Cecilia, de tres años de edad. De inmediato las autoridades, con gran cobertura de prensa, propagaban la noticia de su secuestro y asesinato por “negros brujos”, practicantes de la Regla Palo Monte. Declaraciones obtenidas a base de torturas e intimidación hicieron confesar a José Claro y otros implicados, como autores del hipotético sacrificio ritual.

En 1924, la prensa matancera se hacía eco de varios supuestos crímenes e intentos de secuestros, acaecidos en Camagüey; entre estos los ocurridos en el barrio Simón Reyes, donde a las niñas América y Margarita Arcia, les habían extirpado el corazón, pulmones y otros órganos vitales.
También reportaba que el lunes 24 de marzo de 1924, próximo a anochecer, dos individuos “de color”, intentaban secuestrar al pequeño Vicente Suárez, en el camagüeyano poblado de Gaspar, lo que fue frustrado por los gritos del niño y el auxilio de los vecinos.
El jueves 12 de junio de 1924, la primera plana de El Imparcial, mostraba un alarmante titular. Un solemne festín de antropofagia se había celebrado por “brujos”, en la Playa Bellamar, en vísperas de las festividades de San Juan y San Pedro.
Acotan que reaparecía en Matanzas el canibalismo, con peligro para los niños de “raza caucásica” y en este habían participado varios individuos, incluidos algunos de los vinculados en los sucesos de Cecilia; además de los individuos conocidos por Yangagé, La Conga y Macunda.
Los reporteros del diario, deciden visitar a la última señalaba, donde al parecer se habían efectuado rituales relacionados con el caso de la Playa. Así llegan a su morada, en la Huerta de los Chinos, donde Macunda vivía y sembraba. Esta les contó que había sido bautizada en Corral Nuevo; esclava en el ingenio Galindo, propiedad de la familia del marqués de Villena, y luego vendida a la dueña del ingenio Condesa, que finalmente le otorgó su libertad y le cedió la pequeña parcela donde residía.
Manifestó que Yangagé la había visitado, y que en otra ocasión, llegaron tres hombres y dos mujeres que no conocía, incluyendo a la mamá de José Claro, uno de los involucrados en el caso de Cecilia. Que cantaron “en lengua” y tocaron tambor a Oggún, Changó y Yemanyá.
Declara no ser una religiosa ferviente e invitaba a la policía, si lo deseaban, a registrar su morada. Los reporteros, “echando leña al fuego”, recogían el sentir de los vecinos que aseguraban que los “brujos” querían un banquete de carne blanca, en vísperas del San Juan. Y concluían que “el canto fetichista era como un rugido de la fiera al sentir el olor a sangre”.
Lo cierto es que sobre los implicados en el caso de Cecilia; además de Yangagé, La Conga, Macunda, y otros “brujos” del siglo XX hasta el presente, nada confirma la práctica del canibalismo ritual. (En coautoría con Clara Enma Álvarez Chávez/Ilustración: Tomada de Internet) (Edición web: Miguel Márquez Díaz)
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