Foto: Cuba Noticias 360
Texto: Redacción Cuba Noticias 360
Cuando la luz regresó aquel día, Marta no se alegró. Miró el reloj y vio que eran las cinco de la mañana. Después de casi veinte horas sin corriente, apenas quedaban unas pocas horas antes de que volviera a irse.
Lo primero que hizo fue conectar el ventilador del cuarto donde dormía su hijo de seis años. Luego puso a cargar el teléfono, calentó un poco de agua y revisó rápidamente el refrigerador para comprobar qué alimentos habían sobrevivido al último apagón.
“Ya uno no aprovecha la corriente para descansar”, cuenta. “La aprovecha para correr”.
Hace apenas unos años, Marta pensaba que la crisis de los 90’ era una historia que escuchaba contar a sus padres. Hoy, con 34 años, siente que aquella historia ha regresado.
Vive en La Habana y comparte un pequeño apartamento con su hijo. Su vida, como la de millones de cubanos, gira alrededor de los horarios de apagón. “Antes uno preguntaba qué iba a cocinar o qué iba a hacer el fin de semana. Ahora la pregunta es cuándo viene la corriente”.
La crisis energética que atraviesa Cuba se ha convertido en una de las más severas de las últimas décadas. Durante los últimos meses, los partes diarios de la Unión Eléctrica han reportado déficits históricos de generación que en ocasiones han superado el 50% de la demanda nacional. En numerosas provincias los cortes eléctricos han llegado a extenderse durante 20 horas o más en un mismo día.
Las causas son las termoeléctricas envejecidas, averías constantes, falta de mantenimiento acumulado durante años y una profunda crisis de combustible que limita la capacidad de generación del sistema. Pero para Marta todo eso tiene una traducción mucho más sencilla, “significa que casi nunca hay luz”.
El problema comienza desde la mañana. Cuando no hay electricidad tampoco funciona la bomba que lleva agua al edificio. Los vecinos almacenan agua en cubos, tanques, pomos y cualquier recipiente disponible. “Yo vivo pendiente de llenar cubos. Aquí el agua vale más que cualquier otra cosa”, explica.
A medida que avanzan las horas, el calor se vuelve insoportable. Las altas temperaturas del verano convierten los apartamentos en verdaderos hornos. Sin ventiladores ni aire acondicionado, muchas familias pasan gran parte del día sentadas en portales, balcones o aceras buscando un poco de brisa.
“Mi hijo termina empapado de sudor. A veces le doy tres o cuatro baños al día cuando hay agua. Es la única forma de que pueda sentirse mejor”. Las noches suelen ser peores. Mientras los adultos intentan dormir, los mosquitos aprovechan la oscuridad y la falta de ventilación. Marta asegura que muchas veces el niño se despierta varias veces durante la madrugada.
“Hay noches en que se pone a llorar porque tiene calor. Y tú no sabes qué hacer porque no hay ventilador, no hay corriente y tampoco puedes salir a caminar a las dos de la mañana con un niño pequeño”.
La falta de electricidad también afecta directamente la alimentación. Con los apagones tan prolongados resulta cada vez más difícil conservar alimentos. El pollo o cualquier producto que se consiga se convierte en una apuesta arriesgada. “Ya no compro para varios días. Compro lo que se puede y cuando se puede para cocinar rápido y comer rápido”, explica.
El problema es que comprar tampoco resulta sencillo. Los precios continúan creciendo muy por encima de los salarios estatales. Un cartón de huevos, varios kilogramos de arroz o una botella de aceite representan una parte significativa del ingreso mensual de muchos trabajadores.
A veces Marta consigue pollo. Otras veces prepara arroz con cualquier acompañamiento disponible. Lo importante es que el niño coma. “Los adultos podemos aguantar más. Pero cuando tienes un hijo pequeño la preocupación es diferente”.
A la crisis eléctrica se suma la crisis del combustible. Las dificultades para garantizar diésel y gasolina afectan el transporte público, los servicios comunales, la distribución de alimentos y prácticamente toda la actividad económica del país. Para llegar al trabajo, Marta depende de guaguas cada vez más escasas. “Hay días en que demoro dos horas para llegar. Otras veces simplemente no pasan”.
La oscuridad también afecta el estado emocional de las personas. Marta asegura que la irritabilidad se ha vuelto parte de la vida cotidiana. “La gente discute más. Todo el mundo está cansado. No dormir bien durante semanas te cambia el carácter”.
Aunque su hijo todavía conserva la capacidad de jugar y encontrar diversión en cualquier circunstancia, ya ha comenzado a hacer preguntas que antes no hacía. “Hace poco me preguntó cuándo iba a volver la luz para siempre”. Marta se quedó sin respuesta porque esa es quizás la pregunta que se hacen millones de cubanos. ¿Cuándo terminará esta situación?
Mientras tanto, la vida continúa organizándose alrededor de un bombillo apagado. Las pocas horas con electricidad se utilizan para cocinar, cargar teléfonos, bombear agua, lavar ropa y adelantar cualquier tarea pendiente. Todo ocurre deprisa, como si la corriente fuera un visitante inesperado que puede marcharse en cualquier momento.
Al final del día, cuando vuelve la oscuridad, Marta se sienta junto a la ventana para aprovechar algo de aire. Desde allí observa a otros vecinos haciendo exactamente lo mismo. “Lo peor es que uno se acostumbra”, dice. Quizás esa sea la frase más dura de todas.
Vivir con más de 20 horas diarias sin electricidad no significa únicamente permanecer a oscuras, significa reorganizar cada aspecto de la vida alrededor de una carencia permanente. Significa criar hijos sin certezas, cocinar sin garantías, dormir sin descanso y planificar sin saber qué ocurrirá mañana.
Al igual que tantas madres cubanas, Marta sigue adelante. Cada mañana busca comida, almacena agua, corre cuando regresa la corriente y vuelve a empezar. En la Cuba de hoy la electricidad se ha convertido en un privilegio intermitente, pero la maternidad sigue siendo una responsabilidad permanente.
Mientras Cuba intenta encontrar una salida a una crisis energética que parece no tener fin, miles de mujeres como Marta continúan sosteniendo sus hogares en medio de una oscuridad que ya no se mide en horas, sino en años.


