¿Qué pasó con el enemigo yanqui? El régimen cubano reescribe seis décadas de confrontación con EE. UU.
Mientras el nieto de Raúl Castro asegura que los líderes revolucionarios siempre aspiraron a una relación respetuosa con Washington, los archivos de la llamada «Revolución» cuentan una historia muy distinta.
Vídeos relacionados:
Durante más de seis décadas, millones de cubanos crecieron escuchando que Estados Unidos era el principal enemigo de la Revolución.
Lo aprendieron en la escuela, lo leyeron en los periódicos, lo escucharon en discursos, consignas y actos políticos. El «imperialismo yanqui» no era una expresión ocasional ni una consigna más dentro del repertorio revolucionario: era uno de los pilares del relato político construido por el régimen desde 1959.
Por eso sorprendieron las palabras de Raúl Guillermo Rodríguez Castro, conocido como El Cangrejo, cuando afirmó en la primera entrevista pública de su vida que los líderes históricos de la llamada «revolución cubana» siempre aspiraron a una relación cordial, respetuosa y civilizada con Washington.
«Desde aquel momento, los líderes históricos de la Revolución siempre proyectaron, y así lo hicieron saber al mundo y a los distintos gobiernos de Estados Unidos, que Cuba y su gobierno revolucionario siempre han estado dispuestos a sostener una relación cordial, una relación de respeto, una relación civilizada», declaró el nieto de Raúl Castro.
La afirmación es relevante por varias razones. No solo porque procede de una figura considerada parte del círculo más cercano al poder real en Cuba, sino porque parece formar parte de una narrativa emergente que busca presentar la relación histórica entre La Habana y Washington bajo una luz diferente a la que predominó durante décadas.
La pregunta es inevitable: ¿fue realmente esa la historia que les contaron a los cubanos?
La construcción del enemigo
Desde los primeros años posteriores al triunfo revolucionario, la confrontación con Estados Unidos ocupó un lugar central en la identidad política del nuevo régimen.
La invasión de Bahía de Cochinos, la Crisis de Octubre, las operaciones encubiertas contra Cuba, los intentos de asesinato contra el dictador Fidel Castro (exagerados por la historia oficial) y el embargo económico contribuyeron a consolidar una relación profundamente conflictiva entre ambos países.
Sin embargo, más allá de esos acontecimientos históricos, el enfrentamiento con Washington terminó convirtiéndose en un elemento estructural del discurso político cubano.
La Primera Declaración de La Habana, proclamada en septiembre de 1960, denunció abiertamente el imperialismo estadounidense. Desde entonces y hasta sus últimas y seniles Reflexiones, Castro dedicó innumerables discursos a alertar sobre las supuestas amenazas procedentes de Estados Unidos.
Décadas más tarde, el lenguaje antiimperialista seguía ocupando un lugar privilegiado en los medios oficiales, los documentos del Partido Comunista y la educación pública.
Generaciones enteras crecieron escuchando expresiones como «imperialismo yanqui», «enemigo histórico», «agresión imperialista», «bloqueo genocida» o «plaza sitiada».
La narrativa era clara: Cuba resistía porque estaba bajo asedio.
La pedagogía del enfrentamiento
La confrontación con Estados Unidos no fue únicamente una cuestión de política exterior. También se convirtió en una herramienta de formación política.
Los libros de texto, las organizaciones juveniles, los programas educativos y los medios estatales transmitieron durante décadas una visión del mundo en la que el conflicto con Estados Unidos ocupaba un lugar central.
La historia nacional era presentada frecuentemente como una larga lucha contra los intentos de dominación extranjera. El antiimperialismo se convirtió en un componente esencial de la identidad revolucionaria.
En los actos políticos, en los editoriales del Granma y en los discursos oficiales se repetía una misma idea: la supervivencia de la Revolución dependía de la resistencia frente a las presiones de Washington.
La existencia de un enemigo externo cumplía una función política evidente. Si la amenaza era permanente, también debía ser permanente la movilización. Si el peligro era constante, también lo era la necesidad de unidad alrededor del liderazgo revolucionario.
Durante décadas, buena parte de las dificultades económicas y políticas del país fueron explicadas a través de ese marco narrativo.
El problema del «siempre»
Las palabras de El Cangrejo no resultan llamativas porque afirmen que Cuba ha estado dispuesta al diálogo con Estados Unidos. Esa disposición fue expresada en distintos momentos por Fidel Castro, Raúl Castro e incluso por Miguel Díaz-Canel.
Lo verdaderamente significativo es la utilización del término «siempre». Porque al afirmar que los líderes revolucionarios siempre buscaron una relación cordial y respetuosa con Washington, Rodríguez Castro parece sugerir que esa fue la esencia histórica de la posición cubana.
Sin embargo, esa interpretación convive incómodamente con seis décadas de discursos, campañas políticas, programas educativos y propaganda institucional que hicieron del enfrentamiento con Estados Unidos uno de los pilares del relato revolucionario.
No se trata de negar que existieran momentos de diálogo interesado u oportunistas intentos de acercamiento. Se trata de reconocer que la confrontación ocupó durante décadas un lugar mucho más visible en la narrativa oficial que la cooperación.
Por eso la pregunta relevante no es si Cuba estuvo alguna vez dispuesta a dialogar. La pregunta es por qué hoy se enfatiza esa parte (hasta cierto punto marginal) de la historia mientras se diluye otra que durante más de sesenta años ocupó el centro del discurso oficial.
Un nuevo lenguaje
Las declaraciones de El Cangrejo no aparecen en el vacío. Durante los últimos meses han surgido señales de un cambio más amplio en la retórica oficial cubana.
Algunos comunicados diplomáticos han reducido notablemente el uso de términos históricamente omnipresentes como «imperialismo», «enemigo» o incluso «bloqueo».
En paralelo, dirigentes y funcionarios hablan cada vez más de inversiones, desarrollo económico, diversificación de mercados, socios comerciales y cooperación internacional. El vocabulario de la Guerra Fría parece ceder espacio a un lenguaje más pragmático.
Está claro que se trata de una adaptación táctica a las circunstancias actuales, pero las palabras importan y el régimen lo sabe. Por ello, cuando cambian las palabras, también cambia la manera en que la dictadura reescribe la historia.
Cuando cambia la historia oficial
Quizás la cuestión más importante no sea qué piensa hoy el régimen sobre Estados Unidos.
La cuestión es qué ocurre cuando una generación que creció escuchando una historia descubre que esa historia empieza a narrarse de otra manera.
Para millones de cubanos, el antiamericanismo oficial no fue una nota al pie ni un episodio pasajero. Formó parte de su educación política y sentimental, de su comprensión del mundo y de la justificación moral de muchos sacrificios colectivos.
Durante décadas se les explicó que la Revolución resistía frente a un enemigo poderoso que pretendía destruirla. Hoy, algunos representantes de ese mismo sistema parecen sugerir que la relación cordial con Estados Unidos fue siempre el objetivo.
Para quienes crecieron bajo la narrativa clásica y la épica de la «revolución cubana», el contraste resulta difícil de ignorar.
Porque si la relación respetuosa con Washington fue siempre la aspiración fundamental, ¿qué lugar ocupan entonces seis décadas de discursos sobre el enemigo imperialista? ¿Cómo resultó imposible construir una relación normal y ahora, de repente, se pretende hacer olvidar que fueron el «enemigo externo», la «amenaza a la soberanía» y el «imperio acechante»?
La cuestión ya no es qué pensaba la Revolución sobre Estados Unidos en 1961. La cuestión es por qué, en 2026, algunos de sus herederos parecen decididos a contar aquella historia de una manera completamente distinta.
Archivado en:
