
Puede ser el diario español El País, la agencia EFE, otra homóloga del Viejo Continente, un diputado europeo, un politiquero floridano, un presidente pro yanqui de América Latina, Axios, Político o Bloomberg.
El dictado de Washington hay que repetirlo hasta el cansancio, no importa cuán incierto sea, cuánto odio encierre y qué cuota de ofensa lleve en cada palabra, contra países, seres humanos, sus líderes o la dignidad de una nación.
La directiva anticubana o contra cualquier adversario de la Casa Blanca está diseñada con palabras exactas, robóticas, destructivas, intimidatorias o desafiantes. El diccionario de la Guerra fría se quedó corto; la incitación a la acción bélica, a la violencia y la venganza llevan implícitos los deseos de matar y desaparecer, de destruir y borrar, no de convivir y respetar, sin espacio para la libertad, la paz o los derechos.
El periodismo fascista y supremacista asoma desde Estados Unidos, con entes reproductores en la Europa obediente, los gobiernos sumisos de Latinoamérica, parlamentos, las organizaciones internacionales pagadas y bajo órdenes expresas del Departamento de Estado o medios al servicio de la Comunidad de Inteligencia norteamericana o manipulados por acaudalados terroristas del sur de la Florida.
«Régimen, dictadura, élites, cúpulas, ineptos, comunistas, corruptos, asesinos, castrismo criminal…» son los término infames que tratan de convertir en palabras comunes o frases hechas, a la medida del bombardeo subversivo contra el pueblo de Cuba y su liderazgo.
Discursos, entrevistas, declaraciones al pie del avión presidencial o en pleno vuelo; intervenciones públicas, rebuscadas o intencionadas de altos funcionarios del ejecutivo; filtraciones; mensajes grabados, escritos o para plataformas en redes digitales; artículos y columnas por encargo del Departamento de Estado; chismes e infundios de mercenarios vulgares del antiperiodismo miamense y ciberpandilleros habituales, amamantan a los buitres de la desinformación, arman las políticas editoriales para pasar de la amenaza al ultimátum; de la incitación a la convocatoria; del miedo al pánico; de la mentira como arma, a la muerte bajo las bombas.
Justificar la agresión y el genocidio contra un país a base de mentiras, engaños y falsas expectativas, e incluso preparar a la opinión pública interna en EE.UU., del mundo y de la isla para una potencial acción armada, revelan la falta de escrúpulos y la gravedad de los hechos, la dimensión de la amenaza externa y de la firmeza de los defensores de la independencia, la soberanía y las conquistas sagradas de los cubanos que han vencido durante 67 años por su unidad y no por las divisiones; por su resistencia heroica ante todas las pruebas, por la confianza en su capacidad para defender su verdad y sus ideas, sin miedos y curados de espanto.
