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Diálogo íntimo entre el balón y el zurdo

Messi igualó el récord de goles en la sumatoria de los mundiales disputados.

Messi igualó el récord de goles en la sumatoria de los mundiales disputados.
Foto: AP

Podrá haber muchos elegidos. La historia del fútbol está llena de ungidos, de muchachos que cruzaron la línea difusa entre el talento y el milagro, pero Lionel Messi, por preferencia y por derecho propio, es de los que llegaron a este planeta tierra con un balón atado a los pies, como una extensión de su propio cuerpo, como un órgano más que late al compás de su corazón.

Hay quienes aprenden a jugar al fútbol. Hay quienes lo estudian, lo perfeccionan, lo convierten en una disciplina, en un sacerdocio. Messi, en cambio, vino con el balón como parte de su biología.

Cuando juega, no recuerdo un momento en que la pelota no estuviera ahí, pegada a su zurda como si existiera una hebra invisible. Desde aquel potrero de Rosario, donde los mayores lo miraban con los ojos abiertos, hasta los estadios más grandes del planeta, la historia ha sido la misma: el balón llega a sus pies y, de pronto, todo parece tener sentido. No hay forcejeo, no hay batalla. Hay un diálogo íntimo, secreto, que solo ellos dos entienden.

Y ese balón, el que lleva atado desde antes de que el mundo supiera el nombre del argentino, está lleno de gozo y de magia. Es un balón que se ríe cuando él lo acaricia, que baila cuando él lo conduce, que obedece cuando él lo detiene.

Es un balón que, en sus pies, deja de ser un objeto para convertirse en un cómplice de sueños. Por eso, cuando Messi corre no parece estar huyendo de nadie. Parece estar persiguiendo una felicidad que solo él sabe dónde está. Y cuando dribla no está burlando a un rival; está invitando al espectador a un espectáculo que nace del talento, de una gracia congénita.

Para mí, nadie como él. No lo digo por desprecio a los gigantes que vinieron antes, ni por los que están o vendrán después. Lo digo porque Messi ha hecho del fútbol una forma de lenguaje universal. No necesita traductores.

Un niño en un pueblo de África, un niño en Cuba, un anciano en un bar de Buenos Aires o un inuit groenlandés; todos entienden lo que él hace. Porque lo que él hace no pertenece a una época, sino a la esencia misma del juego.

Sus regates son poesía en movimiento;  sus pases, profecías que se cumplen; sus goles, firmas que deja en la historia, como quien escribe su nombre en la gloria.

Y sin comparar épocas –porque comparar sería un error, una trampa de los que no entienden que el fútbol no es una competencia de estadísticas ni de trofeos–, Messi ha sido el dueño de más instantes perfectos que cualquier otro.

No importa si jugaba contra defensas de los años sesenta o contra los atletas de hoy, potenciados por la ciencia y la táctica. Lo que importa es que, cuando Messi tiene el balón, el tiempo se deforma, el reloj se detiene, el mundo contiene el aliento.

Y entonces, por un segundo, todos somos testigos de algo que no debería ser posible: un hombre que nació con un balón atado al pie y decidió regalarnos su magia, aun en el Mundial de Sudáfrica-2010, cuando en cinco partidos no marcó y, de los diez goles de Argentina, solo participó en uno: dio una asistencia a Carlos Tévez en octavos de final.

Podrá haber muchos elegidos, sí, pero Messi es el que vino con el balón en el alma. Y mientras él juegue, el fútbol seguirá siendo ese lugar donde lo imposible se vuelve costumbre, donde la magia se vuelve verdad y donde los espectadores tenemos el privilegio de decir: «Lo vimos, lo vivimos, lo creímos».

Porque, con Messi, creer no es difícil. Creer es lo único que queda cuando la razón no alcanza para explicar lo que ocurre cada vez que el balón besa sus pies o acaricia su cuerpo.

Así, sin aspavientos, Lionel Messi sigue demostrando que la divinidad en el fútbol no necesita gritar para ser escuchada. Le basta con estar ahí, en silencio, preparado, para que todo el estadio, todo el mundo, sepa que está presenciando algo único. Algo que, cuando él se vaya, difícilmente vuelva a repetirse.

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