Conducta impropia – Cubainformación
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Conducta impropia – Cubainformación

Iramis Rosique Cárdenas

Diario Red

Licenciado en Bioquímica y Biología Molecular por la Universidad de La Habana. Diplomado en Servicio Exterior por el Instituto Superior de Relaciones Internacionales Raúl Roa García.

En política internacional, la “conducta impropia” no siempre consiste en alzar la voz, sino que a veces se manifiesta en exigir buenos modales y propiedad mientras se ignora o se respalda el sufrimiento ajeno.

No es tan fácil, si estás en La Habana, seguir la discusión sobre el bloqueo norteamericano a Cuba en Naciones Unidas por estos días. El bloqueo se encarga de ello. No se tiene suficiente servicio eléctrico o de internet durante un cerco energético como para llegar a tiempo a los últimos acontecimientos. Aun así, tarde no significa nunca. Y eventualmente todos nos hemos ido enterando de lo que ocurrió en la Asamblea General, ya fuera el choque entre la delegación cubana y el embajador yanqui, ya fuera la votación que Cuba volvió a ganar, a pesar de la conducta del área colonial norteamericana.

Como la victoria de Cuba es ya un resultado esperado de esa votación sobre la necesidad de poner fin al bloqueo norteamericano contra el país, no sorprende que la noticia que haya trascendido, al menos por acá, fuera el choque entre los diplomáticos, un poco alejado de la costumbre de esos vetustos salones. No sorprende tampoco cómo han salido voces a cuestionar la falta de «compostura» de la delegación cubana.

Sin embargo, ese desplazamiento del foco de discusión, desde el cuestionamiento a una política de asfixia económica hacia las buenas maneras de conducirse en ciertos espacios, no es solo sintomático de una voluntad de la derecha cubana o un exceso de prurito de ciertas personas «decentes». Sirve de muestra sobre una hipocresía que caracteriza a buena parte de la «buena sociedad» occidental y respecto a la cual hemos comentado en otras ocasiones.

Si nos apartamos un poco del tema Cuba, debo confesar que siempre he sospechado de ese sentimiento anti-Trump tan extendido que encuentra altavoz en la gran prensa y la academia liberal. No porque crea que todas las críticas al presidente estadounidense sean fingidas, ni porque su conducta pública carezca de importancia. Lo que sospecho es que una parte de ese rechazo se dirige menos contra sus políticas que contra la manera en que las ejecuta y las hace visibles.

¿Tendría la misma prensa el mismo entusiasmo condenatorio ante un presidente que persiguiera objetivos imperiales semejantes, pero que supiera dar los buenos días, citara a los clásicos y envolviera sus amenazas en un lenguaje diplomático impecable?

Un diplomático puede comportarse de manera “impropia” y defender una causa justa, y un dirigente puede hablar con elegancia y adoptar decisiones criminales

Barack Obama ofrece un ejemplo pertinente. Su presidencia estuvo asociada a una imagen de sofisticación, moderación y solvencia institucional, pero su administración alcanzó, por ejemplo, cifras históricamente elevadas de deportaciones. En política exterior, tampoco abandonó la insistencia de Estados Unidos para intervenir militarmente más allá de sus fronteras.

No quiero decir que Obama y Trump sean idénticos, pero la comparación no deja de revelar un punto ciego de la crítica supuestamente antitrumpista. La cortesía puede acompañar políticas agresivas y decisiones devastadoras.

A esto podríamos llamarlo dominación y opresión “respetables”. Hay poderes que provocan escándalo no tanto por lo que hacen como por su incapacidad para disimularlo. Otros consiguen presentar sus intereses particulares como necesidades universales, sus intervenciones como responsabilidades internacionales y sus castigos colectivos como instrumentos legítimos de presión. La diferencia no está necesariamente en las consecuencias, sino en cómo “acomodan”.

La reciente votación sobre Cuba ofrece una ilustración bastante elocuente. El 28 de octubre, la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó por 130 votos contra 17 una resolución que pide poner fin al bloqueo estadounidense, con 25 abstenciones. El resultado estuvo lejos de los 165 votos favorables del año anterior, en parte por la presión diplomática de Washington. Alemania e Italia, entre otros países, se abstuvieron.

La resolución no es vinculante y ya sabemos que no puede levantar por sí misma la presión económica, pero expresa una posición política de la comunidad internacional que Washington, aunque lleva décadas desoyendo, muestra interés en silenciar. Mientras tanto, la intensificación de las restricciones al suministro de combustible ha agravado los apagones y la escasez que padecemos los cubanos.

Parte de los sectores que están en contra de Trump no rechazan sus políticas imperialistas, solo la manera tan “impropia” como las presenta

En ese contexto aprovechar el espectáculo de los diplomáticos enfrentados a gritos como una oportunidad para desplazar la conversación es, como mínimo, una inmoralidad. La conducta de los representantes cubanos puede discutirse, como también pueden discutirse las reglas de procedimiento de la Asamblea. Pero ¿por qué las formas del altercado merecerían más atención que la política que lo enmarca? ¿Por qué la indignación ante una interrupción del protocolo parece más inmediata que la indignación ante las consecuencias de una política de sufrimiento y castigo sobre millones de personas?

El problema no es que las buenas maneras carezcan de valor. Es que su valor se hace insignificante cuando se coloca en frente de una discusión sobre el derecho a la vida.

Las elecciones israelíes de esta semana plantean una pregunta parecida. El resultado dejó al país ante un escenario parlamentario sin una mayoría clara, mientras Benjamin Netanyahu y sus adversarios se preparan para negociar la formación de gobierno. Su bloque perdió terreno, pero conserva suficiente apoyo para seguir siendo un actor central.

La oposición, por su parte, debe decidir si está dispuesta a depender de los partidos árabes para apartarlo del poder. El escrutinio ha vuelto a poner sobre la mesa las fracturas de la sociedad israelí, el peso de la derecha nacionalista y religiosa, y la exclusión política que sufren los ciudadanos árabes.

La cuestión es qué significa, en este escenario, oponerse a Netanyahu. Su gestión, sus escándalos y sus responsabilidades políticas pueden suscitar un rechazo genuino. Anda la prensa liberal y progre celebrando su debilitamiento como una reparación a la humanidad. Pero no es cierto que toda oposición a su figura implique un cuestionamiento de la ocupación o el genocidio, de la expansión de los asentamientos o de las condiciones materiales impuestas a los palestinos.

Para algunos, la opresión se vuelve “respetable” cuando se le envuelve en un discurso de “responsabilidad internacional” o de “instrumento legítimo de presión”

Una alternativa más moderada, más respetable y mejor preparada para recomponer la imagen internacional de Israel podría modificar las formas de gobierno sin transformar necesariamente las relaciones de dominación que están en disputa. No sabemos todavía qué gobierno surgirá de las negociaciones, ni sería razonable dar por idénticos a todos los actores políticos israelíes, pero sí habría que preguntarse qué cambios se consideran suficientes para hablar de una ruptura con la política genocida, si es siquiera eso posible.

No hay que confundir, por supuesto, la grosería con la emancipación ni la cortesía con la opresión. Un diplomático puede comportarse de manera “impropia” y defender una causa justa, y un dirigente puede hablar con elegancia y adoptar decisiones criminales. Lo decisivo es no permitir que la evaluación de las formas sustituya al examen de las relaciones de poder. La respetabilidad no es una prueba de justicia, del mismo modo que la transgresión de las convenciones no demuestra por sí misma una voluntad de transformación.

Quizá por eso convenga desconfiar de una política que pretende convertir a los contendientes de un conflicto político, o a los actores de gobiernos, en personajes de una disputa moral entre maleducados y decentes. Mientras discutimos quién sabe comportarse en los salones, alguien sigue decidiendo quién puede comerciar, quién puede cruzar una frontera, quién puede vivir bajo ocupación y qué pueblos deben pagar el precio de la seguridad o la prosperidad de otros.

La conducta impropia no consiste siempre en levantar la voz. A veces consiste en hablar con absoluta corrección mientras se administra el sufrimiento ajeno. Toda esa monserga sobre la “conducta impropia” de los diplomáticos cubanos, enfrentados a la mentira, a la crueldad y a la guerra, hizo que no saliera de mi mente aquella canción de Serrat:

Dígale al mundo con flores,

que va a arrasar el planeta.

Firme sentencias de muerte,

pero con buena letra.

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