VIVIR: Niños y pantallas
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VIVIR: Niños y pantallas

No habría que demonizar el acceso de los niños a las pantallas. Las nuevas tecnologías ofrecen posibilidades de aprendizaje, entretenimiento y comunicación que sería absurdo desconocer. Pero una cosa es aprovecharlas y otra convertirlas en el centro de la vida infantil.

Se suele decir que los niños de hace cuatro o cinco décadas eran más felices, más sanos o disfrutaban de una infancia más plena porque sus juegos implicaban correr, compartir y relacionarse con otros. Hay en esa comparación cierta idealización del pasado, aunque también una observación atendible: el juego físico, la convivencia y el contacto directo con el entorno aportan experiencias que ninguna pantalla puede sustituir por completo.

No todos los niños de hoy viven pendientes de un dispositivo. Todavía los vemos en las calles, jugando a la pelota, corriendo e inventando sus propios entretenimientos, a veces con variantes de aquellos juegos tradicionales que pasan de una generación a otra.

Otros, sin embargo, pasan buena parte de su tiempo frente a celulares y tabletas, absorbidos por los videojuegos, los animados y los contenidos que encuentran en internet. La preocupación aparece cuando ese consumo desplaza otras formas de descubrir el mundo: conversar, explorar, moverse, compartir con otros niños e incluso aprender a lidiar con el aburrimiento. Porque jugar también significa imaginar, tomar iniciativas y encontrar soluciones sin que todo venga dado de antemano.

La psicología del desarrollo advierte sobre los riesgos de una exposición excesiva, especialmente durante los primeros años de vida. Las investigaciones han encontrado asociaciones entre determinados patrones de uso de pantallas y dificultades relacionadas con el lenguaje, el sueño, la actividad física y la interacción social.

Importan, sin embargo, la edad, el tiempo de exposición, los contenidos y la participación de los adultos.

No es lo mismo consumir videos de manera pasiva durante horas que compartir con un familiar un contenido apropiado para la edad, conversar sobre él y convertirlo en una experiencia de aprendizaje.

La Organización Mundial de la Salud recomienda que, en los niños de dos años, el tiempo sedentario frente a una pantalla no exceda una hora diaria, y establece el mismo límite para los de tres y cuatro años, con la indicación de que menos es mejor.

No se trata de atribuir a las pantallas todos los problemas del desarrollo, sino de comprender que su uso no puede desligarse de las demás necesidades de la infancia.

Los padres y cuidadores tienen una responsabilidad esencial: establecer límites razonables, conocer los contenidos que consumen los pequeños y propiciar alternativas que enriquezcan su tiempo libre. No siempre resulta sencillo, pero ofrecer un dispositivo para mantener entretenido a un niño no debería convertirse en la respuesta automática ante cada momento de inquietud.

Las pantallas pueden formar parte de una infancia estimulante, siempre que convivan con el juego, la lectura, el movimiento y las relaciones afectivas.

El desafío no consiste en enfrentar a los niños con la tecnología, sino en evitar que la tecnología termine ocupando el lugar de todo lo demás. No hay que demonizarla: hay que aprender a encontrar los equilibrios que permitan aprovechar sus posibilidades sin empobrecer la experiencia de crecer.

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