De aritmética y espiritualidad
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De aritmética y espiritualidad

La inoperancia de los sistemas y las estructuras ponen sobre los hombros del ciudadano común en este país una carga enorme, las familias han de buscar las alternativas para solucionar problemas como la energía, la disponibilidad de agua y alimentos según sus recursos.

Equipos recargables, estaciones de energía, sistemas fotovoltaicos son elecciones en las que, quienes pueden, invierten dinero para hacer más llevadera la situación de los prolongados apagones y mitigar el impacto de los mismos.

En la medida de la solvencia económica de cada clan, alcanzar a aliviar el calor y conciliar unas horas de sueño, conservar y elaborar alimentos es una opción de aquellos que disponen de mayor respaldo, para así eliminar la dependencia de los “alumbrones”.

El problema es que no todos pueden atenuar la densidad de la penumbra, ni tampoco es accesible a la mayoría de los bolsillos el pago de pipas de agua, líquido vital y del cual depende la higiene personal y colectiva. Su escasez incide en la salud, esa que sentimos resquebrajada por alimentación inadecuada, insuficiente disponibilidad de medicamentos para el control de patologías crónicas, exceso de estrés y secuelas de enfermedades que tuvieron un alto grado de propagación como el Chikunguña, por apenas mencionar algunos de los elementos más notorios.

La desaparición de la canasta familiar normada (CFN) añade un peso enorme sobre la carga, porque entre la oscuridad y la mugre, se subsiste, pero sin comer, es imposible, y recordemos que los ingresos salariales cuando la tarea ordenamiento fueron concebidos sobre la existencia de esta.

Los incrementos del pago al sector estatal están muy desfasados con respecto a la inflación, hoy un profesional trabaja por un estimado de entre seis y 10 dólares a la tasa de cambio informal, con una política económica que transita hacia la dolarización parcial (en eso sí estamos avanzadísimos), no hacen falta muchos conocimientos de matemática para saber que la cuenta no da, y que el pluriempleo de familias completas no llega a cubrir las necesidades básicas.

La aritmética se queda sin soluciones para los ancianos solos, los núcleos monoparentales y los casos de enfermos con patologías que llevan cuidados permanentes, aunque lo cierto es que, en dependencia de las variables, bajo muchos techos, los resultados se expresan en números negativos. Como dice una amiga “losnohay” es un animal que vive en manada y cuando entran a tu casa, amenazan con echarte de ella.

Sumemos el hecho de que los salarios habitan en una dimensión digital y el comercio ocurre en una transacción física. Tenemos otro agravante para las rutinas: dependes de la voluntad del vendedor para que el pago que recibes se convierta en productos, y sí, las legislaciones y la posibilidad de reclamar existen, pero si estás en la calle buscando qué cocinar mientras avanza el contador de tu momento de electricidad, no hay tiempo para denuncias, porque bien sabes que quien te vende el carbón no acepta transferencias, hay que buscar otro sitio en el que adquirir el alimento que no deje la mesa vacía en casa.

Y aquí aflora otro problema, poner sobre la ciudadanía la responsabilidad de exponer al infractor, ¿para qué está todo el aparato burocrático a cargo de hacer cumplir la ley? Quizás sea el momento propicio para que de igual forma se extingan las empresas ineficientes, dejemos de contar con las instituciones inoperantes, y así mermaría considerablemente el gasto presupuestario.

El desamparo no siempre es fruto del abandono, este se solapa de diversas maneras, y aunque aparentemente todo esté diseñado para tu cuidado y protección, puedes sentirte a merced de una manada de leones en medio de la pradera africana, aunque nunca hayas puesto un pie allí, e ir de safari no figure entre tus expectativas a cumplir ni con una vida de multimillonario de película.

Lo cierto es que sientes las mordidas de la realidad, esa que se vive sobre el asfalto, la que te va dejando con heridas abiertas, dolor permanente, miedo al mañana y una zozobra en el alma que te roba el disfrute de la vida, que no tiene que ser color de rosa, pero que merece ser celebrada con expectativas y no con la conformidad “de podríamos estar peor”, porque sí, es posible, y con solo mirar a tu alrededor ves a otros librando batallas más duras, desiguales e inmerecidas, pero “mal de muchos, consuelo de tontos”.

No, no somos tontos, por eso queremos más y en esta existencia, porque el paraíso y la reencarnación son promesas, y aunque fueran certezas, por qué renunciar a la felicidad.

No necesitamos reconocimiento por el sacrificio, lo que urge es que disfrutemos del resultado del trabajo, que las penurias no acumulan méritos, ni hay gloria en la pobreza, como tampoco deshonra, pero sí agota sentir que toda la superestructura que debería velar por ti es decoración.

Sentirse protegido como ciudadano es contar con seguridad y calidad a prestaciones básicas, con amparo, con la posibilidad de desarrollarte como individuo y aportar a la sociedad, pero no de poner toda la carga sobre tus hombros, porque entonces estaríamos retornando a la comunidad primitiva. 

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