Esta mañana llamé a una amiga para saber de su mamá que estaba enferma, y me dijo, “ya mejor, pero ahora es mi vecina la que está en la cama, voy a llevarle un caldito”.
Yo no conozco a su vecina, pero al rato volví a llamar para saber de ella. Fue por hermandad tal vez, o no sé qué cosa rara tenemos los cubanos que cuando nos dicen que alguien necesita, nos volvemos conocidos de toda la vida.
Y me quedé pensando que los tiempos no son fáciles y decirlo así, sin adornos, ya es bastante, porque la escasez golpea puertas conocidas y otras no conocidas también, pero en este pedazo de Isla hay algo que no se rinde: la ternura organizada de su gente.
En mi barrio nunca se agota la mano que se tiende sin que nadie la llame, porque la solidaridad se parece más a un gesto callado. Por ejemplo, a diario, la señora de los altos toca la puerta para preguntar cómo amanecimos, el amigo del frente apareció en estos días con una pastilla guardada por si acaso y ninguno, estoy segura, saca cuenta de lo que da ni de lo que recibe, lo dan, simplemente, porque el otro lo necesita.
Sé por Facebook de todas las redes sencillas de apoyo que se han tejido a partir de la vulnerabilidad de determinadas personas. Unos preguntan por medicamentos, otros comparten lo que tienen, otros acompañan a quienes viven solos. No hay líderes ni protagonistas: hay vecinos que decidieron no mirar para otro lado. Y cuando alguien consigue algo, lo reparte como quien comparte el pan: sin pensarlo dos veces.
Pero si algo me ha llamado la atención es precisamente la cantidad de jóvenes que han puesto su corazón en esta causa, lo que me alegra, porque así me aferro a la idea de que mi generación no está tan perdida, como a veces yo misma pienso.
Mujeres, hombres, personas mayores, todos se organizan, se dividen las zonas, preguntan en las farmacias, corren de un lado a otro. No siempre consiguen lo que buscan, pero no dejan de intentarlo y en ese intento, muchas veces aparece la respuesta: alguien que tenía guardado, alguien que ya no lo necesita, alguien que quiere ayudar.
Sobre esto de brindar mano amiga, quiero mencionar, con especial atención, al personal de Salud de los barrios, sé que el mío no es el único y por ello generalizo, estos héroes de batas blancas hacen lo suyo con vocación callada: orientan, aconsejan, enseñan a las familias a reconocer cuando hay que buscar ayuda de verdad. Su presencia serena da confianza en medio de las dificultades, cual luz que aun cuando no alumbra mucho, insiste en no apagarse.
Las familias han aprendido a estirar lo que tienen y a repartirlo. Me atrevería a decir que el caldo de mi vecina alcanza para todos los niños y abuelos de la escalera, las pastillas que hay se dividen entre dos casas y los celulares son de todos. Son cosas pequeñas, quizás insignificantes para quien mira desde lejos, pero para quien las recibe son la diferencia entre la angustia y la calma.
Lo más hermoso de todo esto es que nadie se siente obligado. La ayuda sale del corazón, sin condiciones, sin esperar nada a cambio. Es la familia que se extiende más allá de la sangre: la que comparte calle, portal, centro de trabajo o simplemente humanidad. Es el amor que no necesita parentesco para llamarse amor.
La situación es difícil, es cierto, pero muchos tenemos la certeza dulce de que no estamos solos, aunque las circunstancias digan lo contrario.
Mientras, recordemos la bondad de la gente y la manera en la que nos abrazan cuando el mundo se pone cuesta arriba, en definitiva, nosotros, los seres humanos, estamos hechos para abrazar.
