Hay quienes conversan en una tranquila habitación y parecen dirigirse a todo un teatro. No están discutiendo, tampoco inundados por una emoción extraordinaria ni necesitan hacerse oír por encima de mucho ruido. Simplemente hablan alto.
Sus interlocutores pueden sentir que les están gritando, aunque quienes así hablan a veces ni se dan cuenta del volumen con que se expresan ni de la impresión que causan en el oyente.
Foto: Shutterstock
La voz alta no siempre expresa una emoción intensa
En la comunicación humana, la voz transmite mucho más que palabras. Su intensidad, entonación, velocidad, las pausas y el tono contribuyen a expresar estados emocionales y características individuales, según una revisión publicada en WIREs Cognitive Science.
Sin embargo, estas señales no funcionan como indicadores infalibles de la personalidad. Sucede que una cosa es hablar alto en un momento determinado y otra, hacerlo habitualmente. El primer caso puede responder a la excitación, la irritación, el entusiasmo, la urgencia o la intención de enfatizar una idea. El segundo lleva a preguntarse por qué mantiene un volumen tan elevado si no hay motivo.
Foto: Shutterstock
Una posibilidad es que ese volumen se haya convertido en su manera habitual de hablar porque ha dejado de ajustar conscientemente su voz a cada situación y utiliza una misma intensidad en contextos distintos.
También pudiera ser el oído, no el hábito o el carácter. Por eso, antes de buscar una explicación psicológica habría que conocer si la persona escucha bien su propia voz y la de los demás. Porque una disminución de la audición puede llevar a elevar el volumen.
Por eso, cuando alguien empieza a hablar más alto de lo habitual, o parece no darse cuenta de que está gritando, no conviene atribuirlo automáticamente a su temperamento. Quizás convendría una evaluación auditiva.
Igual es importante distinguir entre la intensidad y el tono de la voz. La primera se relaciona con la potencia acústica que llega al oyente y suele medirse mediante el nivel de presión sonora, en decibelios. El tono, en cambio, es la cualidad que permite percibir una voz como más grave o más aguda. Una persona puede tener una voz grave y hablar muy alto, o poseer una voz aguda y hablar suavemente, o viceversa.
Cuando hablar alto se convierte en la forma de comunicar
Desde la infancia, se incorporan maneras de hablar observadas en la familia, el barrio y otros entornos cotidianos. Se aprenden no solo palabras y acentos, también el volumen, ritmos, entonaciones, distancias conversacionales y formas de expresar énfasis.
Foto: tomada de forofamilia.org
Quien ha crecido en un entorno donde se habla habitualmente con mucha intensidad puede considerar ese volumen completamente normal. En cambio, alguien acostumbrado a voces suaves puede interpretarlo como una señal de disgusto.
Esto no significa que toda voz alta proceda de la educación familiar ni que sea imposible modificarla. Indica que, para comprenderla, hay que considerar los hábitos adquiridos junto con las características individuales y las posibles causas auditivas o vocales.
No quieren hacerlo, pero casi gritan
El oyente no evalúa la voz únicamente por su intensidad física. También interpreta la distancia, el contexto, la entonación, el contenido y las convenciones sociales.
Una voz fuerte, con consonantes muy marcadas y escasas variaciones de intensidad puede resultar especialmente invasiva. Si, además, el hablante mantiene ese volumen durante toda la conversación, el interlocutor puede sentir que le están gritando, aunque no haya enfado ni intención de intimidar.
Es decir, la impresión de grito puede surgir de una combinación entre la intensidad acústica y la manera en que se utiliza. Por tanto, aunque no exista intención de agredir, ello no elimina necesariamente el efecto desagradable que la voz puede producir en los demás.
Foto: Shutterstock
Quien habla alto puede sentirse tranquilo, mientras que quien lo escucha experimenta tensión, cansancio o la impresión de estar siendo regañado.
Aprender a hablar más bajo
Cuando no existe una causa auditiva o vocal que requiera atención especializada, regular la intensidad de la voz puede lograrse mediante la toma de conciencia del asunto, la práctica y la retroalimentación.
Lo primero es que la persona reconozca cómo suena su voz para los demás. A menudo existe una diferencia entre la intensidad que cree estar utilizando y la que efectivamente produce. Una grabación realizada en condiciones habituales de conversación puede ayudar a detectar esa discrepancia, aunque no sustituye una evaluación profesional.
Foto: tomada de Facebook
El segundo paso es practicar variaciones voluntarias: comenzar una conversación con un volumen moderado, hacer pausas y comprobar si el interlocutor escucha cómodamente sin necesidad de elevar la voz. El objetivo no es hablar siempre bajo, sino desarrollar la capacidad de ajustar la intensidad.
Y hay una dimensión interpersonal que no debería pasarse por alto: pedir a alguien que baje la voz no equivale a acusarlo de estar enfadado o de querer imponerse. Una manera eficaz sería decirle “Sé que no estás molesto, pero el volumen me resulta demasiado alto. ¿Podrías hablar un poco más bajo?”.
La voz no es una radiografía del alma
La investigación científica permite afirmar que las características vocales guardan relaciones con la anatomía, los estados emocionales y algunos rasgos de personalidad. También muestra que quienes escuchan una voz elaboran juicios sobre su dueño a partir de esas señales. Pero una cosa es encontrar asociaciones estadísticas y otra convertirlas en explicaciones individuales.
Imagen: tomada de depositphotos.com
Hablar alto no demuestra baja autoestima, arrogancia, inseguridad, agresividad ni deseo de dominar. Hablar bajo tampoco acredita modestia, serenidad o falta de confianza. Y la estatura, por sí sola, no explica el volumen habitual.
Al final, hay una diferencia importante entre la voz que una persona cree estar utilizando y la que los demás escuchan. Comprender esa diferencia permite abordar el problema sin convertir una costumbre en un diagnóstico, ni una molestia legítima en una acusación sobre el carácter.
Ocurre que no siempre podemos elegir cómo suena nuestra voz, pero sí podemos aprender a reconocer el efecto que produce y a regularla para convivir mejor con quienes nos escuchan.

