Hay personajes que sobreviven a reinados, modas y hasta a la pérdida de la inocencia. El Ratoncito Pérez es uno de ellos.
Cada noche, en millones de hogares, un diente conocido como de leche puede convertirse en moneda de cambio, y una almohada, en el escenario de cierta operación clandestina.
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El origen de semejante “transacción” remite a la España de finales del siglo XIX y a un escritor jesuita quien creó una historia para un niño que llegaría a ser rey.
Un cuento por encargo de la Corona
Luis Coloma (1851-1915) fue un escritor y jesuita español, conocido también por novelas como Pequeñeces y Jeromín. Según la Real Biblioteca de Patrimonio Nacional, escribió Ratón Pérez alrededor de 1894 para el entonces niño Alfonso XIII, futuro rey de España. El pequeño tenía ocho años y acababa de perder un diente de leche.
Luis Coloma, autor de el Ratón Pérez. Foto: tomada de heritage-print
Aquel encargo relacionado con la familia real Coloma lo aprovechó para construir una narración que entretuviera al príncipe y, al mismo tiempo, le transmitiera una enseñanza moral, que inculcara valores como la rectitud y la fraternidad.
El cuento, por tanto, nació en un entorno cortesano, pero su protagonista estaba destinado a abandonar los salones de palacio y entrar en las habitaciones de niños de toda condición.
La madre de Alfonso XIII, la reina regente María Cristina, llamaba cariñosamente Buby a su hijo y ese es precisamente el nombre que Coloma dio al rey niño dentro de la ficción. El príncipe se convirtió así en personaje de su propio cuento, acompañado por un ratón que terminaría siendo mucho más famoso que él entre las almohadas infantiles.
La Real Biblioteca conserva el manuscrito original, de 37 páginas, registrado con la signatura II/3991.
Manuscrito con dedicatoria a Alfonso XIII de la obra el Ratón Pérez, conservado en el Archivo General de Palacio, catalogado como Patrimonio Nacional de España. Imagen: tomada de Facebook
Aunque vale precisar que Coloma no inventó necesariamente la tradición de los dientes ni fue el primero en imaginar un ratón fantástico. Su aportación decisiva consistió en dar forma literaria al personaje que hoy reconocemos como el Ratoncito Pérez.
El ratón tenía domicilio en Madrid
El autor no se limitó a presentar un animalito misterioso que aparecía en mitad de la noche. Le construyó una pequeña biografía y una geografía propia. En su relato, Ratón Pérez vive con su familia dentro de una caja de galletas, en el almacén de la confitería Prast, situada en el número 8 de la calle Arenal, en Madrid. Desde allí emprende sus recorridos nocturnos por las cañerías para visitar a los niños.
Placa conmemorativa de bronce: Ubicada en Madrid (calle del Arenal, número 8), en el lugar donde se encontraba la antigua confitería Prast, sitio que el padre Coloma eligió como el hogar literario del ratón, dentro de una caja de galletas. Foto: tomada de clinicadentalgetafesc.es
El personaje tampoco es una criatura indefinida. El cuento lo describe con sombrero de paja, lentes de oro y una cartera roja a la espalda. La minuciosidad del retrato resulta fundamental porque el ratón deja de ser una presencia fugaz y adquiere la consistencia de un personaje literario, con aspecto, residencia, costumbres y una misión.
El relato completo puede encontrarse en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, que ofrece una reproducción digital de la edición ilustrada de 1911
Edición ilustrada de el Ratón Pérez, de 1911. Imagen: tomada de Facebook
Esa edición apareció en Madrid bajo el sello de Administración de Razón y Fe, con dibujos de Mariano Pedrero. No debe confundirse, por tanto, la fecha aproximada de escritura, 1894, con la de esa publicación ilustrada.
La dirección de la calle Arenal ha trascendido el papel y se ha incorporado al imaginario turístico madrileño gracias a la Casa-Museo del Ratón Pérez, dedicada al personaje. La paradoja es encantadora ya que un domicilio nacido de la ficción ha terminado convertido en una referencia cultural real.
Casa-museo de el Ratón Pérez. Foto: tomada de viajandoconmami.com
¿Inventó Coloma al Ratoncito Pérez?
Conviene distinguir entre la creación literaria y la tradición popular. La historia de Coloma es el origen documentado de la versión moderna y más conocida del personaje en España, pero no demuestra que antes de él nadie hubiera relacionado ratones y dientes infantiles.
En el folclore europeo existían relatos y costumbres vinculados con la caída de los dientes de leche. También había personajes fantásticos con rasgos parecidos. Un antecedente literario conocido es La Bonne Petite Souris -El buen ratoncito-, un cuento de la escritora francesa Marie-Catherine d’Aulnoy, publicado en el siglo XVII. En él aparece un hada que adopta la forma de un ratón, aunque su argumento no equivale exactamente a la costumbre actual de cambiar un diente por dinero.
IMAGEN El buen ratoncito-, un cuento de la escritora francesa Marie-Catherine d’Aulnoy, publicado en el siglo XVII
Las tradiciones relacionadas con los dientes varían entre culturas y épocas; en algunas, los dientecitos se arrojaban al tejado; en otras, se enterraban o entregaban simbólicamente a animales.
Un estudio académico disponible en PubMed Central examina precisamente esa diversidad cultural y recoge la presencia de figuras como el ratón de los dientes en distintas sociedades.
Lo más prudente, entonces, es atribuir a Coloma la consolidación literaria del Ratón Pérez tal como lo conocemos, sin adjudicarle la invención universal de la costumbre.
Una lección detrás de la moneda
El cuento original tiene una dimensión que las versiones abreviadas destinadas a los niños suelen dejar en segundo plano. Coloma no pretendía únicamente explicar de manera fantástica qué sucedía con un diente perdido. Su narración incluía una intención educativa y moral, coherente con su condición de jesuita y con la responsabilidad que se le atribuía al escribir para el joven heredero de la Corona.
El manuscrito conservado por la Real Biblioteca y la dedicatoria de la edición de 1911 permiten apreciar esa intención. Coloma confiaba en que las ideas sembradas durante la infancia pudieran madurar con los años. En ese sentido, el ratón no era solo un proveedor de regalos sino un guía para hablar de la conducta, la solidaridad y la relación entre personas de distintas condiciones sociales.
Así, el protagonista nació de un encargo dirigido a un príncipe, pero su atractivo no dependía de la realeza. Para que un niño creyera en él no hacía falta tener palacio, título ni fortuna. Bastaban un diente, una almohada y la posibilidad de despertar con una sorpresa.
Del palacio a las almohadas del mundo
El éxito del personaje se explica, en parte, por la sencillez de su tarea. La pérdida de los dientes de leche es un acontecimiento pequeño, pero marca una transformación visible: el cuerpo infantil cambia y el niño comienza a advertir que está creciendo. La historia del ratón convierte esa pérdida en una experiencia esperada, celebrada y recompensada.
Además, el ritual ofrece a los adultos una herramienta narrativa para acompañar ese cambio. En lugar de presentar el diente desprendido como algo extraño, la familia puede integrarlo en una historia compartida. El ratón llega mientras todos duermen; por la mañana, la prueba de su visita es precisamente la ausencia del diente y la presencia de una moneda o un regalo.
Imagen: tomada de estrellitalavaliente.com
Quizá lo más interesante del Ratón Pérez sea que un cuento escrito con una intención moral concreta haya desbordado su propósito inicial convirtiéndose en una tradición familiar que atraviesa generaciones.
Sin embargo, si uno se pone a escarbar, como los propios ratones, podría llegar a algunas reflexiones algo embarazosas derivadas del cuento infantil. Porque ¿hasta qué punto es conveniente “pagarle” al niño con dinero o regalo para que se deje terminar de extraer ese dientecito flojo?
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Está claro que si acostumbramos a los niños a hacer las cosas únicamente a cambio de una recompensa, a que toda conducta tiene un precio, los desviaríamos de comprender la necesidad de ciertas cosas, de desarrollar una autonomía o de actuar por consideración hacia los demás.
Aunque tampoco tiene espacio concluir que recibir una moneda o regalo por un diente vaya a producir adultos sobornables… que ya hay bastante aún sin Ratoncitos Pérez de por medio.
Imagen: tomada de Facebook
A la par, no debería pasarse por alto esa cierta justicia poética en lo conseguido por el personaje del Ratoncito Pérez: hacer que algo mínimo, destinado a perderse para siempre, adquiriera, por una noche, el valor de un tesoro.
Porque los dientes se caen, la infancia pasa y las monedas se gastan. Pero algunas historias y recuerdos, por fortuna, quedan para siempre.


