Tengo un deber profundo, una Misión, porque nací en una casa espiritista. Mi madre era una mujer que amó el Espiritismo, una persona sencilla, pero con mucho amor hacia la humanidad. Si ella fue capaz de dejarme ese legado, mi obligación es dejárselo a los continuadores. Un legado de amor. Cuando me dijeron del libro que vamos a hacer, yo enseguida lo vi. Lo vi muy claro, muy bonito. Es un Deber. Yo creo que no puedo irme de este mundo sin entregarle a mis continuadores todo lo que aprendí.
Eso nos dijo Bebita, hija de Joaquina Sandoval, una mañana de octubre de 2023, cuando le hablamos por primera vez de nuestra intención de dar a conocer sus historias. Tiene 78 años, vive en la calle Franco, en Centro Habana, donde radica el Centro Espiritista que lleva el nombre de su madre. Siempre, invariablemente, nos recibe con una sonrisa.
En el corazón de La Habana, en el Solar de los Lucumí, en San Rafael Nro. 118, nació, un 20 de agosto de 1905, una mujer destinada a iluminar y a servir a los demás: Joaquina Sandoval Aldama. Creció, entre criollos y negros de nación, en un lugar muy humilde, con el olor a limpio de las ropas de las tendederas por lo mucho que aquellas mujeres lavaban para ganarse la vida y los cantos de los ritos religiosos traídos de la lejana tierra africana.
Su mamá, mi abuela, fue planchadora y su papá, albañil. Siendo niña, Joaquina sufrió la pérdida del padre como consecuencia de una enfermedad pulmonar. Su mamá Juliana Aldama queda viuda, con unos cuantos hijos que alimentar. Joaquina abandona la escuela para ayudar a su madre y a sus hermanos y empezó a trabajar como doméstica. Quedó trunco así su sueño de hacerse maestra. A pesar del ínfimo salario que recibe, se convierte en la columna vertebral de su familia y en una ayuda indispensable para muchos allegados.
Por su esfuerzo y su honestidad, se gana el respeto de la familia con la que trabajaba, los Martínez Bandujo. Son ellos quienes le proponen al Obispo que emplee a Joaquina como cobradora del dinero que las familias pudientes entregaban a la iglesia. Pone todo su empeño en ese nuevo trabajo, y es reconocida por curas y creyentes.
Fue en la calle Maloja número 87 donde se inició su larga carrera como médium.
La mediumnidad es un don que traes, por un lado, y, por otro, es algo que tienes que cultivar. No llegaremos a comprender jamás los fenómenos del mundo espiritual o invisible sin conocer la doctrina kardeciana y las diversas variantes derivadas de su práctica. Sus seguidores vivieron convencidos de que estamos rodeados de espíritus con los que entramos en contacto a través de los médiums y esa creencia persiste entre nosotros.
Los médiums son los intérpretes e instrumentos que esas almas sin envoltura corporal utilizan para comunicarse. De este modo nos revelan a los vivos la verdad del paso por la tierra. Las personas incrédulas ven ese proceso como algo que pertenece al universo de lo fantástico o lo maravilloso. No obstante, yo estoy segura de que existen en este mundo físico los mensajeros del plano celestial.
Hay personas que para desarrollarse espiritualmente tienen que ir un Centro y otras no, y a veces transcurre mucho tiempo y no acaban de desenvolverse. La mediumnidad también se cultiva, llegar a ese tipo de meditación requiere una entrega desinteresada y con amor a la causa. Porque, si no te entregas desinteresadamente y con amor a la causa, no lo logras. Hay que trabajar mucho. Porque, aunque el espíritu pasa por ti de manera natural, también te pone pruebas. Hay personas, sin embargo, que se desarrollan espontáneamente. Ese fue el caso de mi madre, tendría 15 años.
Mi madre era médium parlante, o sea, los espíritus pasaban a través de ella para dar su mensaje a familiares, amigos o, si era un espíritu muy elevado, para traer mensajes a la humanidad de la salvación del plano de la tierra. Los espíritus superiores escogen como médiums a personas psicológicamente muy equilibradas y que son capaces de aceptar la entrada de ese espíritu en ese cuerpo, por eso tienen que estar muy equilibradas mentalmente. Esa es la mediumnidad más difícil y en la medida que el médium va trabajando, se va desarrollando y se va desenvolviendo más dentro de este campo.
Su mediumnidad no era un oficio: era una gracia. Una sensibilidad espiritual que se manifestaba con claridad. Su videncia era precisa, su capacidad como médium parlante, poderosa.Y, a su vez, era una videncia muy profunda, muy profunda. Era capaz de llegar a los pies de una cama donde agonizaba un enfermo y decirte “ya eso terminó” o decir “estamos a tiempo de salvarlo”.
Esa era una gracia muy grande que el Padre le dio.No todo el mundo tiene la misma gracia. Esa gracia la pude ver en ella como médium parlante. Su sobrina mayor, Esperanza, a quien ella quiso mucho y era médium también, tenía cáncer y sus últimos días fueron desesperantes. Recuerdo mi madre se paró al pie de esa cama y llegó el espíritu de Engracia, la madre de Esperanza, su hermana mayor, y le dijo a la enferma que había venido a mejorarla, a ayudarla, para que se sintiera mejor. Cuando el espíritu se apartó, Esperanza dejó de llorar y gritar por el dolor y cayó como en un estado de coma como de una o dos horas y en paz se entregó al Padre eterno.
Joaquina descubrió su mediumnidad estando en el cuarto de Merceditas, una vecina y comadre de su mamá, con varias muchachas que se entretenían jugando a adivinar el futuro con una mesa de tres patas. Allí Joaquina siente las primeras radiaciones espirituales y se presenta a través de ella el espíritu de su padre Joaquín Sandoval.
“Esta es mi madre, Joaquina Sandoval Aldama”.
Bebita sonríe con picardía: “Allá en Europa los espiritistas hablaban de mesas parlantes, aquí les decíamos las mesas de tres patas. Yo conservo la mesa de tres patas de Merceditas”.
A partir de aquella tarde de 1920, Joaquina da muestras de sus facultades mediúmnicas en diferentes ocasiones ante familiares y amigos. Después, consciente ya de su destino como mensajera espiritual, decide prepararse mejor y apoyarse en espiritistas de prestigio. Comienza a frecuentar el reconocido Centro de Desarrollo Espiritual de José María Faría. Ahí recibe consejos y estudia la obra y la doctrina de Allan Kardec.
La vivienda de la calle Maloja se convierte entonces en un verdadero Templo Espiritual y es visitado por muchas personas que van en busca de alivio. Eso se lo debe en gran medida a Ramón Fonst, gloria de la esgrima en nuestro país. Fonst la ayudó económicamente para que dejara su trabajo como cobradora de la iglesia y se dedicara por entero a sus actividades espiritistas. Él creía en ella.
Cuando pasaba muertos, Joaquina se veía muy tranquila, muy serena. Se sentía feliz de ofrecerse como vía para que los espíritus se manifestaran.
“Yo conservo la mesa de tres patas de Merceditas”.
Entre esos espíritus que pasaba estaban el Dr. Joaquín Castillo Duany, médico mambí que le salvó la vida a mucha gente en la lucha contra España y, ahora, ya desencarnado, ayuda a curar a muchos enfermos; el indio Homobono, vencedor de guerras en el plano terrenal y en el espacio, guerrero de las causas justas; Ta Liborio, el Lucumí bailador de un solo pie; el curandero Margarito, que regaba la caridad entre los más humildes; Virginia Frondoy, francesa que impartía enseñanzas espirituales profundas en las reuniones; Dalia, una niña del cordón de niños del espacio ayudando a la niñez desvalida; y muchos otros representantes de los poderes naturales.
Con el doctor Castillo Duany, Joaquina salvó a muchas personas con graves problemas de salud. Tenía el don de limpiar el vientre de las embarazadas con un huevo y saber si el parto iba a ser bueno o si había que atenderse.
Con el espíritu de Juan El Congo, pasó algo que me causó una impresión muy fuerte. Un día que no se me olvida, el 24 de junio de 1944, Juan El Congo dijo, a través de Joaquina, que había dos niñas recién nacidas que estaban muy malitas. “Hay que ayudarlas”, dijo. Y, efectivamente, al doblar de la casa acababan de venir al mundo dos niñas jimaguas, con muy poco peso, muy chiquiticas, nacieron con una enfermedad muy rara y muy peligrosa. Pero, junto con Joaquina, el espíritu de Juan El Congo se responsabilizó con salvarlas hasta que se hicieran grandes. Y lo hicieron. Y aquellas jimaguas fueron dos mujeres fuertes, trabajadoras, con hijos y nietos, que llegaron a ancianas.
Juan El Congo dio muchas pruebas de su poder. Había un señor que falleció hace dos meses que su hermana era del campo y visitaba el Templo, se llamaba Anita, una persona muy respetuosa, y vino pidiendo un auxilio para su hermano, un muchacho enfermizo, de muy mala salud, que parecía que no iba a durar mucho. Y Juan salvó a aquel muchacho, que murió hace poco con más de ochenta años.
También tenemos el caso del papá de Irenita que también Juan lo salvó. Son pruebas del poder del espíritu de Juan El Congo que pasaba por Joaquina.
Era muy significativo cuando pasaba por ella el espíritu de Ta Liborio Lucumí, bailador de un solo pie. Con aquel cuerpo que tenía mi madre, grande y gorda, pasaba y llamaba mucho la atención de las personas. Cuando ese espíritu venía y bailaba iba despojando a toda la gente y le quitaba muchas cosas que tenían en su camino.
Ta Julián González es el espíritu fundador de nuestro Templo, es el que determina fundar un Templo Espiritual aquí. Luego el espíritu de Ta Julián se eleva y solo vuelve a la Tierra a pedirle al Padre que le prolongara un tiempo más a Joaquina Sandoval aquí junto a nosotros. Y así fue, cuatro años más vivió mi madre como él lo dijo y se fue, sin un sufrimiento. Ese era Ta Julián González. Luz y Progreso para su espíritu.
También pasaba por ella un espíritu llamado María Ángela, que curaba con hierbas medicinales, mandaba remedios con hierbas medicinales.
Homobono permitió que un escultor lo tallara en posesión del cuerpo de la médium.
Cuando Joaquina me tuvo a mí, ya tenía canas; y yo nací por los espíritus. Ella no tenía hijos, pero le encantaban los muchachos y quería tenerlos. Pero ya para esa fecha había desistido. Un comadrón le hizo como un curetaje, que debe ser como un legrado diagnóstico, y le dijo que cuando saliera embarazada lo iba a poder tener. De buenas a primeras le creció la barriga, y todos pensaron que era una cosa mala. Todo el mundo decía, “Joaquina tiene una cosa mala”, y la ingresaron, porque los vómitos no se le contenían y era que estaba embarazada. Entonces el comadrón le dijo a ella que no se desanimara: “Tú verás que tú pares”. Y le dijo: “Joaquinita, esa hija que usted trae es una hembra”. En aquellos momentos no había ultrasonido ni nada de eso. “Y es hija de la Santísima Virgen de Regla. Hágale su sayita de la Virgen de Regla para que se le vayan conteniendo los vómitos”.
Pero en mayo había una fiesta en el hospital y mi mamá pesaba 250 libras, era alta y era gorda, y no había bata que le sirviera, entonces la mandaron para la casa hasta que pasaran la fiestas. Es ahí cuando ella viene para la casa y se le aparece el espíritu del Dr. Castillo Duany, que le dice que no volviera al hospital, que él mismo le va a hacer el parto.
En los altos, vivía una comadrona que tenía fe en los espíritus, y ellos también le hacen el compromiso de que le iban a hacer el parto a Joaquina. Cuando llegó el momento, mi mamá empezó a sentirse mal, la comadrona bajó y le dijo que no, que ese parto era para el día siguiente. Ella cuenta que se quedó adormecida y le dio como un dolor de barriga y pujó. Los muertos le hicieron el parto y lo único que encontraron para cubrir a la niña fue la sayita de la virgen de Regla. Eso es espiritismo.
Joaquina y Bebita.
Para hablarte de Joaquina como médium hay que recordarla a ella como persona. Te vas a encontrar con una mujer de un nivel escolar muy bajo, prácticamente solo sabía leer y escribir, pero tenía mucha educación. Era capaz de entablar una conversación lo mismo con un analfabeto que con un licenciado universitario, tenía conversación para todos. Le gustaba el teatro, la zarzuela, el ballet, disfrutaba preparando celebraciones en su casa, tenía una gracia especial para poner una mesa, con sus servilletas, sus copas.
Sus gustos eran muy refinados, compartía amigablemente, organizaba actividades sociales con personas de su entorno… no hay que olvidar la discriminación racial que existía en aquella época. Era muy cercana a la música. El primer violín espiritual se tocó en el Centro de la calle Franco, y fue tocado por el violinista Virgilio Diago. Es cuando se introduce por primera vez la música en las veladas espirituales. Después muchos músicos pasaron por ahí, pero de eso hablaremos en otro momento con más calma.
Joaquina sentía una gran responsabilidad como madre y como esposa. Fue la compañera de su marido por muchos años y al final se entregó a cuidarlo, aunque ella murió primero. Por ese sentido de la responsabilidad llevó a sus espaldas desde los doce años a toda la familia y se dedicó a ser la columna vertebral de sus seres queridos.
Siempre dispuesta a entregarle apoyo a todo el que llegara a su puerta, aun sin pedírselo, y nunca pensó en que nadie le pagara ningún favor, lo hacía de corazón, amiga en el dolor y en la alegría.
Lo que sí rechazaba Joaquina era la falsedad y la mentira. Quiero decirte que imponía respeto. A pesar de esa bondad que emanaba de ella, era muy estricta. Decía que las personas se ponían bravas una sola vez, y cuando ella se ponía brava había que respetarla, pues era con su razón.
En 1925 se había fundado el Centro en la calle Maloja 87, que en 1928 se legaliza con el nombre de Cordón Fluídico de Juan el Congo “Amor y Bondad”. En la década del 30 la sede social del templo se traslada para el barrio de Cayo Hueso con el fin de tener más espacio y en 1938 pasa a la calle Franco 323, entre Santo Tomás y Benjumeda, donde reside el resto de sus años Joaquina con su esposo y donde todavía se mantiene hoy con las puertas siempre abiertas. Pero de ese proceso hablaremos después con más calma.
Me preguntas cómo era la vida de Joaquina como espiritista, y te voy a responder.
Primeramente, tenía un horario de consulta, y en ese horario de consulta muchas veces le daba paso a las mediumnidades del Centro para que también consultaran y se fueran desenvolviendo en la obra espiritual. Sus horarios de consulta eran casi siempre por las tardes, a las dos de la tarde, entre las dos y las cinco de la tarde.
Los viernes, religiosamente, eran los días que se desarrollaban las sesiones espirituales, una sesión que era para el desarrollo de las médiums que trabajaban con ella y para las personas que venían a buscar su desarrollo y desenvolvimiento espiritual.
Tenía días que salía a hacer labores en la calle, a ver a personas enfermas, muchas veces iba con sus médiums porque Juan El Congo tenía un grupo de veintiún médiums.
Joaquina trabajaba con un solo vaso de agua, no necesitaba más. Decía que con él se podía invocar a todos los espíritus de luz para que vinieran en nuestro auxilio cuando lo necesitamos. El universo es infinito y en él entran todos los espíritus. En él cabe todo. En un solo vaso de agua caben todos los espíritus de luz y progreso.
Antes, los practicantes de la religión yoruba, babalaos, santeros, le mandaban a Joaquina a las personas para que ella las atendiera espiritualmente, antes de iniciarlos como santeros. En esa época, el santero no era espiritista, ni el espiritista santero. Ya, con el tiempo, se ha mezclado para llegar a este espiritismo cruzado que tenemos, pero, antiguamente, en el tiempo en que ella comienza, todo era un espiritismo “limpio”.
Joaquina se hizo santo, nos hicimos santo las dos, el 6 de agosto de 1954. Ella se hizo santo por mí, porque yo estaba enferma y precisaron que teníamos que hacerlo las dos juntas. Yo tenía ocho años y ella cuarenta y nueve. Nuestra madrina se llamaba Mercedes Tenorio, conocida como Chea Odua, que se hizo santo en el año 1919, en el Solar de los Lucumí, y era amiga de mi madre de toda la vida porque eran vecinas.
Joaquina fue espiritista y adoraba la obra espiritual; pero se precisa en el santo, porque, como yo era su única hija y tenía problemas de salud, qué no hace una madre por su hija.
Después, trabajó el santo ya, porque ella tenía hecho Obatalá. A ella Obatalá como santo la visitaba y decía todo el mundo —porque no lo voy a decir yo— que, cuando ella tenía ese santo montado era una cuestión de respeto. Entonces a mí me hicieron Yemayá. Pero su desenvolvimiento general siempre fue espiritual, ella hizo santo, atendió su santo, se subía y de todo, pero su desenvolvimiento y sus logros siempre fue como una maestra espiritista.
La devoción de Joaquina por San Lázaro determinó su destino como guía espiritual. Organizaba con esmero sus veladas espirituales, atendía a cada detalle. Introdujo en esas veladas música instrumental para darle un sello diferente y abrir “nuevos horizontes” en ese ámbito. Todos los años un compadre de Joaquina le mandaba un arreglo floral para engalanar a San Lázaro. Eso era un lujo en aquella época.
San Lázaro era el santo que mi madre veneraba. Nada es casual: Joaquina sentía adoración por ese santo. Ella decía que ella no le había pedido tanto a San Lázaro y que él le había dado mucho. Mucho, mucho más, de lo que ella le había pedido.
Ella llevó 11 años de relaciones con un hombre llamado Loreto, que siempre le decía que se iban a casar y no lo hacía. Ella era muy bonita… Un día ella se levantó y se acordó de que era Joaquina y dijo, aunque me lo pida hoy, no me caso. Le dijeron que si estaba loca. Loreto vino, compró un revólver y dijo que la mataba si no se casaba. Entonces ella se paró delante de un San Lázaro que le había regalado una amiga y le dijo: “Si usted me quita a Loreto de mi camino, yo nunca más me acuesto de 16 para 17 de diciembre”. Nunca más ese señor la molestó y Joaquina esperaba siempre la fecha.
Sucede después que el primer encuentro con el que fue mi padre, ocurre cuando Joaquina está en su fiesta esperando a San Lázaro y enciende su primera vela. Luego mi padre se quería casar y ponerle una casa, pero no tenía dinero. Económicamente estaba mal. Y él sí se quería casar rápido. Y entonces mi papá compra una hoja de billetes y se sacó la lotería. ¿Con que número? Con el 17.
“Todos los años un compadre de Joaquina le mandaba un arreglo floral para engalanar a San Lázaro. Eso era un lujo en aquella época. Este es el altar de San Lázaro”.
Joaquina se levantaba siempre a las 4 am y a esa hora me despertaba a mí para contarme cosas, que, si vino un turco y le compró unas telitas, cualquier cosa. A esa hora yo le protestaba. Eso era diariamente. Entonces nos dábamos abrazos y besos como buenas amigas. Ella despertaba a todos con el café a las 4 am. Por esa razón me di cuenta el día que a ella le dio el edema pulmonar. Ella me decía “Cotica”. Esa noche me llamó y yo no me levanté. Me dijo “Coti”, y yo le dije “Déjame quieta”. Pero me doy cuenta de que no me responde y entonces bajo. Ella estaba con falta de aire y la llevamos al hospital, estuvo ingresada, lo rebasó. Pero ella le dijo a todo el mundo que ya se iba, se lo dijo a todo el mundo menos a mí. Estaba preocupada porque me dejaba con mi papá enfermo. No me lo dijo a mí y no me miraba a la cara. En el hospital había una enferma enfrente, Susana, que estaba muy grave, y yo estaba apenada con eso. En una de esas me mira a la cara y me dije. “Fíjate lo que te voy a decir: Susana se va a morir y tienes que acostumbrarte a que la muerte existe”. Efectivamente, Susana se murió. Y ella se murió también.
Ella tenía 75 años cuando fallece. A pesar de sus años nunca se apartó de la labor espiritual. Nació el 20 de agosto de 1905 y murió el 18 de agosto 1980, de edema agudo pulmonar. Ella no fumaba ni tomaba.
Al desencarnar Joaquina, en 1980, los espíritus mentores determinan que el nombre de la Sociedad sea Joaquina Sandoval, en honor a su entrega y lealtad a la obra espiritual. Y asumo la dirección del Centro yo, su única hija.
Yo pensaba que, cuando se murió mi mamá, ya San Lázaro no volvería a ocupar su lugar. Sin embargo, alguien que pasó por mi casa me dijo “¿Y San Lázaro qué?… Y me aseguró que él volvería a ocupar su lugar. Cuando Joaquina faltó, yo pensé que terminaba. Pero el Centro siguió brillando por las veladas espirituales.
Montaje fotográfico del homenaje a Joaquina en su centenario, el 20 de agosto de 2005.
Joaquina fue una mujer con defectos y virtudes como todos los encarnados, pero con características muy particulares que se manifestaron durante su jornada en la Tierra, y que fueron para el bien de la humanidad.
Fue una espiritista consagrada y podemos decir que, gracias a la Santísima Trinidad, tenía unos dones muy especiales. Como te dije anteriormente, el Padre le encomendó la tarea de llevar su rebaño y ella tuvo aquel don de poder llevarlo, con una disciplina extraordinaria. Como directora del Centro, se caracterizó por su entrega total a la obra espiritual, a pesar de ser una mujer extremadamente joven cuando empezó. Siempre dispuesta a trabajar, a dar la caridad.
Todas las noches, de madrugada, el espíritu de Joaquina viene a verme. Se me acerca a las 4 am, y no viene materializada, viene como espíritu, a conversar. Eso es una vivencia espiritual muy profunda. No me quedo triste, al contrario. Cuando se va, me quedo más tranquila.
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