Elena: la ucraniana de Romelié
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Elena: la ucraniana de Romelié




Elena 2Sin más riquezas que la mata de coco con la que soñó de pequeña en un poblado de Novovasilivka, sus revistas en español, las amistades que ha hecho en estos años, los recuerdos de la que fue su casa allá en el otro continente y el deseo de que este verde caimán prospere, vive Elena, la ucraniana de Romelié.

A conocerla me invitó un amigo y un viernes fue el día pactado. ¿Transporte, mi bicicleta?

-Levántate temprano para que no te coja el sol fuerte en la carretera, me aconsejo mi madre. Calzado cómodo, momo de mil batallas, enguatada para el sol, gafa, gorra, un pan, un pomo de agua, una guayaba y mi bicicleta «medio palo», era todo lo necesario.

Bastaron 45 minutos -buen tiempo creo yo- para llegar hasta la parada el servicentro de Jamaica, donde repongo fuerzas mientras llega mi guía.

Después de tanto pedalear llegamos al destino. Una esbelta mujer se asomaba en la ventana de una humilde vivienda. Su tez blanca, pelo negado a ceder por completo al asedio de las años, y un rostro firme refleja gran carácter. Nos saluda en perfecto español y asegura:

“Con 30 años viviendo en este país a uno se le pega hasta lo malo”. Elena, como la cubanizaron, es nativa de un pequeño poblado de Novovasilivka, lugar ocupado por Rusia desde marzo de 2022 en Ucrania.

De pequeña estudió acordeón en la escuela musical de su pueblo, con 15 años viajó a Dnipró, la cuarta ciudad más poblada de Ucrania, para hacerse tecnóloga y allí conoció a un cubano de Pozo Azul, Jamaica, que la enamoró y se la trajo consigo.

“Cuando era niña me sentaba en el corredor, soñaba con vivir en un lugar donde no hubiese nieve ni frío, donde hubiera palmeras. Siempre me gustaron las palmas y soñaba con tener una para comer coco. En mi pueblo eso era una fantasía”.

El 13 de noviembre de 1986, Elena pisa por primera vez tierra cubana, pero no vino sola, fruto de su relación había tenido un hijo. Su idea, era reencontrarse con su pareja, quien ya había arribado a la isla un año antes y así volver a juntar a la familia. Sin embargo, este no había podido acudir al reencuentro, el telegrama que ella había mandado anunciando su arribo nunca llegó.

“En español solamente sabía decir sí, estaba sola en el aeropuerto y en ese momento no me asuste ni lloré, algo me decía que iba a superar el problema. Entonces en el aeropuerto llamaron a una soviética que trabajaba allí, quien me acogió en su casa y mandó un telegrama hasta que mi pareja vino a buscarnos”

El fuerte carácter dice haberlo heredado de su madre y abuela, mujeres que sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial en la Unión Soviética y forjaron una fortaleza que le impedía doblegarse. Estas le enseñaron a buscar el lado positivo de las situaciones y ser siempre optimista.

“Cuando vine para Cuba todo me parecía pequeño, todos los edificios eran chiquitos, la mayoría de las casas de un solo piso. Comparado con las ciudades de mi país, donde todo es enorme, aquí era más simple y de La Habana para acá iba retrocediendo un poco el desarrollo.

“Lo otro que más me sorprendió fue cuando la muchacha del aeropuerto que nos acogió en su casa me dijo que aquí en Cuba las mujeres se afeitan la pierna, aquello me dejó pasmada, no tenía esa costumbre ni considero que haga falta”.

Elena había pasado de Ucrania a Cuba, de Novovasilivka a Jamaica, cambió el intenso frío europeo por el abrazador y sofocante calor del Caribe y el trueque le pareció muy bueno.  

“Siempre tuve la idea de que en un país donde no cae nieve se puede vivir mejor, se puede prosperar; tienes tierra, puedes cosechar todo lo que quieras y no tienes frío. Aunque hoy la situación es muy distinta y más compleja que cuando arribé a estas tierras, me duele que aún la mayoría de las personas no saben aprovechar el momento ni las oportunidades.

“Está lloviendo, coge el agua de lluvia, tienes un pedacito de tierra, siembras, cría; en tiempos malos uno tiene que prepararse, cuidar lo que tiene y no acomodarse si aún hay cosas por hacer y por mejorar.

“Yo soy atendida como persona vulnerable, vivo sola, sin familia y mi salud se ha deteriorado pese a mi voluntad. Tengo una chequerita que alcanza para cosas muy básicas, pero eso no me limita. Me regalaron un pollito y ahora es una gallina que me garantiza mis huevos todos los días, uno tiene que luchar lo suyo, las cosas no caen del cielo “

Escuchaba atentamente su historia y una pregunta me asaltaba. ¿Porque no regresaste a Ucrania?

“En el 91 fui con mi hijo, entonces de cinco años. Mi idea en ese momento era quedarnos definitivamente en Ucrania y comenzar una nueva vida allá en mi tierra. Cuando estábamos sentados con mi madre en el metro se acerca un hombre de apariencia chechena y se queda mirando fijamente a mi hijo sentado en medio de nosotras.

“Se acercó y me dijo: -este niño es hijo de un negro. En ese momento se me congeló la sangre, el rostro del individuo reflejaba odio, ira. Mi niño, bien bonito con su gorrita, no tenía culpa de haber heredado la nariz ancha y el color que tienen los negros como su padre. Por rasgos físicos no se debiera discriminar a nadie.

“Por dentro se me disipó toda idea de quedarme, no podía vivir con el miedo que a mi hijo le pasase algo cuando yo no estuviera, o que me lo maltrataran por su color”. Fue la última ocasión en la que Elena visitaría su tierra natal, Cuba sería definitivamente el hogar en el que tendría a su familia, un país pequeño y subdesarrollado, pero alejada de racismo y discriminaciones europeas. Aquí aprendería a “ponerse las pilas” y salir adelante.

Años más tarde su relación acabó y hasta sufrió la pérdida de su hijo, dolor que lleva en su pecho porque una madre nunca quisiera tener que enterrar a un hijo. En lo adelante tendría que valerse por si misma y lo hizo. No era ya la mujer tímida que había llegado, había aprendido a sudar la frente y ganarse el pan de cada día para llevar un plato a la mesa como cualquier otro cubano.

El estante de libros que posee, con gran número de periódicos, evidencia la pasión por la lectura. Observa que la colección llama mi atención y apunta:

“Me gusta mucho leer y cuando vine como no socializaba mucho, la lectura fue el medio para ir aprendiendo y dominando el idioma. Pero que va, a la hora de hablar aquí se usan muchas palabras que no aparecen ni en los diccionarios, hay que ir interactuando e interpretando lo que te quieren decir”.

La revista “Palante” aparece entre sus preferidos y confiesa que el apócope de “para alante” (a su vez vulgarismo o variante informal de la palabra adelante), la motivaba mucho, cada vez que atravesaba por momentos de flaqueza donde las dudas y temores rondaban su cabeza, levantaba la mirada, miraba la revista y se decía a sí misma: “Elena, Palante”.

“Yo tengo fe que Cuba tiene que mejorar, los problemas se pueden resolver, pero las personas tienen que trabajar si transformar su forma de vivir, no se pueden acomodar y esperar que otros hagan por ellos. Tenemos que sacrificarnos para que el país pueda salir adelante, de nosotros depende lo que seamos capaces de construir, de hacer”.

Elena sigue allí, en Romelié, luchando como muchos otros el día a día, pero contenta porque en su patio tiene su sueño de niña, la palma. Pensar en las dificultades y las carencias no la atormentan más de lo justo, prefiere quedarse con las cosas positivas que le dan valor a su vida y lo que resta es echar “Palante”.    

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