Asociación Hermanos Saíz: un culto a la creación
Una adolescente se asomó hace poco a la puerta de un local donde sesionaba una lectura de poesía. Creyó que allí había una tienda. Al descubrir a un grupo de personas reunidas, no alrededor de aceite, huevos y papel higiénico, sino de los versos, soltó una exclamación: «¡Ay, era un culto!». Y salió corriendo.
La escena provocó gracia entre quienes la vivieron o conocieron luego. También dejó una imagen que bien pudiera definir la Asociación Hermanos Saíz (AHS): un culto sin dogmas, dedicado a la creación y a la libertad artística. La palabra posee una etimología que permite el juego. Culto procede del latín cultum, derivado de colere, cultivar. De esa misma raíz viene cultura. Quizá la muchacha no estaba tan equivocada: allí se cultivaba algo.
En Matanzas, el aniversario 40 de la organización propició un encuentro entre artistas de distintas generaciones. Los antiguos miembros volvieron sobre los primeros años de la Asociación, recordaron espacios, proyectos y compañeros, mientras los más jóvenes escucharon una historia que todavía tiene zonas sin ordenar.

En este sentido, la conversación dejó al descubierto una deuda. Parte de la historia de la AHS en Matanzas permanece dispersa en recuerdos y archivos personales. Ulises Rodríguez Febles, director de la Casa de la Memoria Escénica, insiste en la necesidad de rescatar una historia que, en solo unos minutos de diálogo, cada presente recordó con ligeras variaciones. Queda pendiente, entonces, reconstruir los primeros años de la Asociación en Matanzas: quiénes participaron, cómo se organizó aquel núcleo inicial y qué decisiones marcaron su nacimiento en el territorio.
La dificultad no es exclusiva de la provincia. Los artistas pasan por la Asociación, cumplen una etapa, continúan sus caminos y, con el tiempo, algunos episodios se vuelven borrosos. «Hay que investigar, consultar los documentos», advierte Ulises al reconocer sus propias lagunas. La propuesta de levantar esa memoria a escala nacional encontró en el encuentro una razón concreta para empezar.
De aquellos espacios germinales salieron proyectos y nombres que después ocuparon un lugar en la cultura nacional e internacional. Uno de los antiguos miembros habló de la AHS con cierta envidia: ve en ella una oportunidad que otras instituciones no siempre pueden ofrecer; la de juntar a personas con impulso creador y ponerlas a trabajar en una misma dirección.
También hubo palabras sobre la irreverencia. «Yo fui un joven muy irreverente… O todavía lo soy, porque siempre me consideraré joven», afirma René Fernández, Maestro de Juventudes. Su consejo fue defender la obra en el trabajo cotidiano, revisarla, estudiar y aceptar que un artista cambia con los años. La creación exige esa conversación consigo mismo y con el tiempo que le toca vivir.
Yadiel Durán Bencosme, actual presidente de la AHS en el territorio, explicó el rigor del proceso de ingreso. Los aspirantes pasan por una evaluación en la provincia y luego por un jurado nacional que examina las propuestas de cada manifestación. «La membresía no debe funcionar como una plantilla que hay que completar», reflexiona. Entrar supone una responsabilidad con el arte y con el trabajo de quienes sostuvieron la organización antes.

El límite de edad de 35 años abrió otro debate. Para algunos, la salida obligatoria de los miembros al alcanzar esa edad puede interrumpir procesos de aprendizaje justo cuando comienzan a conocer mejor el funcionamiento de la Asociación. La despedida, sin embargo, no siempre ocurre en la práctica: varios antiguos miembros continúan colaborando, acompañan proyectos, son hoy Maestros de Juventudes y mantienen vínculos con los jóvenes.
En las intervenciones apareció también una idea sobre la relación entre arte y política. Yadiel defiende que hacer bien una obra, permanecer en el país y mostrar desde aquí lo que se produce constituye una forma de compromiso. «A nosotros nos toca trabajar y hacerlo bien», resume. La frase no cerró la discusión, pero sí mostró una manera de entender la responsabilidad del artista: cada cual desde su manifestación, sin convertir la creación en una consigna.
La Asociación fue descrita como una red de ayuda entre creadores. René Fernández habló de ese «socorro mutuo» que permite compartir lo que se tiene cuando faltan materiales, recursos o condiciones para trabajar. En un contexto difícil para la vida cultural, la solidaridad cotidiana puede determinar que una obra llegue a realizarse. La libertad artística también necesita de esas condiciones concretas.
Al final, los agradecimientos y los reconocimientos ocuparon su lugar. Hubo regalos, bromas, recuerdos de antiguos colaboradores y palabras para quienes mantienen abiertas las puertas de los espacios culturales a los jóvenes. El encuentro no resolvió las lagunas de la historia de la AHS en Matanzas, pero dejó una tarea sobre la mesa: escribirla antes de que desaparezcan quienes todavía pueden contarla.
La adolescente que confundió la lectura de poesía con un culto quizá no habría encontrado en este encuentro de generaciones una ceremonia religiosa. Habría visto artistas conversando, jóvenes defendiendo sus proyectos y personas que llevan décadas volviendo a los mismos espacios para hacer algo que todavía les importa. Si cultivar está en el origen de culto y cultura, la AHS puede celebrar sus cuarenta años preguntándose qué ha sembrado, qué ha conseguido mantener vivo y quiénes se ocuparán de cuidar lo que viene.

