Cuando el mar crece y se acerca a la costa, yo miro desde mi casa y me pregunto por qué el agua llega cada vez más lejos. Soy pequeña, pero noto que algunas partes de la orilla ya no se ven como antes.
Los días de mucho calor parecen más largos. El sol calienta el patio, la tierra se reseca y a veces cuesta encontrar un lugar fresco para jugar. Los mayores dicen que el clima está cambiando, aunque para mí es difícil entender por qué.
Cuando llega un huracán, el viento sacude las ventanas y la lluvia golpea el techo con fuerza. En esos momentos, mi familia guarda lo importante y espera. Después, salimos a mirar qué quedó en pie y cuánto trabajo hará falta para reparar los daños.
También escucho que el agua salada puede avanzar sobre la tierra y afectar los cultivos y las fuentes de agua dulce. Si eso pasa, puede ser más difícil pescar, sembrar y mantener la vida de la comunidad como la conocemos.
A veces pienso en el futuro mientras juego cerca de la costa. Me gustan el mar y los árboles que crecen junto a él, pero me preocupa que desaparezcan o que las tormentas sean cada vez más fuertes. No sé si los lugares que hoy conozco seguirán iguales.
Frente a amenazas como esas, la adaptación de las zonas costeras se vuelve una necesidad.
En Cuba, las comunidades que viven junto al mar están entre las más vulnerables al cambio climático, sobre todo por la elevación del nivel medio del mar y la intensificación de los huracanes.
Con ese desafío nació el proyecto “Resiliencia Costera al Cambio Climático en Cuba a través de la Adaptación basada en Ecosistema – MI COSTA”. Su propósito es apoyar una adaptación efectiva en comunidades costeras priorizadas, respondiendo a las amenazas climáticas que las afectan.
“Mi costa” propone un cambio en la manera de fortalecer la resiliencia: aplicar de forma integral y sostenible la adaptación basada en los ecosistemas, junto con el desarrollo de capacidades y una mayor sensibilización de las comunidades beneficiarias y de las instituciones gubernamentales en todos los niveles.
Para conocer parte de ese trabajo viajé hasta el Refugio de Fauna Ensenada del Gua y Cayos de Manzanillo, un área protegida de la provincia de Granma que abarca aproximadamente 16 550 hectáreas.
Mi destino era La Tronconera, una de las zonas donde se realizan acciones vinculadas con el proyecto.
El recorrido comenzó a pie, por un camino que se extendía entre hierbas altas. Caminé quizá dos kilómetros o más bajo un sol intenso, avanzando con cuidado mientras el calor iba haciendo más pesada cada parte del trayecto.
En algunos tramos tuve que meterme en canales de agua que me llegaba casi a las rodillas. Todo era nuevo para mí: el terreno, la vegetación y la sensación de abrirme paso por un lugar tan distinto. Aunque el camino fue difícil, disfruté la experiencia y la oportunidad de conocer de cerca este entorno.
En las zonas costeras de Granma, incluida La Tronconera, uno de los objetivos principales de MI COSTA es limpiar y mantener canales y zanjas de drenaje. La meta es intervenir aproximadamente un kilómetro por año, con trabajo manual y el apoyo del equipamiento pesado entregado por el proyecto.
En 2026 se han limpiado 535 metros de zanjas y canales, en una superficie de 2 377 metros cuadrados. Estas acciones contribuyen a recuperar el funcionamiento de las vías de drenaje y forman parte de los esfuerzos para restablecer las condiciones naturales de la zona.
Carlos Zamora Jiménez, especialista principal en redes de la Empresa de Aprovechamiento Hidráulico, explicó:
“Trabajamos de conjunto con la Empresa de Flora y Fauna de Manzanillo para contribuir al restablecimiento de los procesos hidrológicos naturales, la coordinación entre ambas entidades es fundamental para unir esfuerzos y conocimientos en la recuperación y conservación de estos ecosistemas”
El agua de un manglar viene de dos fuentes principales: el mar, que entra y sale con las mareas, y el agua dulce, que llega con la lluvia, los ríos o las corrientes subterráneas. Al mezclarse, forman agua salobre. La cantidad de sal cambia según la época del año, las lluvias y la intensidad de las mareas.
Los mangles pueden vivir en agua salada, pero eso no significa que la sal sea necesaria para su crecimiento. Sus raíces y hojas tienen adaptaciones para limitar, expulsar o tolerar la sal. Aun así, cuando el agua es demasiado salada durante mucho tiempo, los árboles deben esforzarse más para obtener agua y pueden crecer más lentamente.
El agua dulce es importante porque diluye la sal y reduce ese esfuerzo. También aporta nutrientes y ayuda a mantener húmedos los suelos donde crecen las raíces. Con suficiente agua dulce, los mangles suelen desarrollarse mejor y pueden producir hojas, flores y semillas con más facilidad.
El equilibrio entre agua dulce y salada es fundamental: las mareas renuevan el agua y transportan sedimentos, mientras que la lluvia y los ríos ayudan a controlar la salinidad. No todos los manglares reciben la misma cantidad de agua dulce; algunos viven en zonas más saladas y otros, cerca de desembocaduras, reciben mucha más.
Si se reduce la llegada de agua dulce por sequías, represas o cambios en los ríos, el agua del manglar puede volverse más salada y afectar el crecimiento de los árboles. Por eso, proteger los ríos, las lluvias y los canales naturales ayuda a conservar el equilibrio del agua y favorece la salud del manglar.
Estos ecosistemas son hogar y refugio de peces, crustáceos, moluscos, aves y otros animales. Muchas especies utilizan sus aguas y raíces para alimentarse, reproducirse o crecer antes de desplazarse hacia arrecifes y otros ambientes marinos.
Los manglares sostienen actividades importantes para las comunidades costeras, como la pesca artesanal y el turismo de naturaleza. Cuando el manglar está sano, puede ofrecer alimento y medios de vida; si se degrada, disminuyen los hábitats disponibles para muchas especies y pueden verse afectadas las familias que dependen de ellas.
Además, almacenan carbono en sus árboles y, especialmente, en los suelos húmedos donde se acumula materia orgánica. Conservarlos ayuda a mantener ese carbono fuera de la atmósfera y contribuye a enfrentar el cambio climático. Su protección también favorece la calidad del agua al retener sedimentos y algunos contaminantes.
Cuidar los manglares cubanos implica evitar la tala y los rellenos, reducir la contaminación y proteger el flujo natural de agua dulce hacia la costa. También es importante restaurar las zonas dañadas con especies adecuadas y contar con las comunidades locales en las decisiones.
La selección de los sitios de intervención no se hizo sin escuchar a quienes viven allí. El proceso incluyó consultas con las comunidades y los municipios, además del mapeo de las vulnerabilidades, para orientar las acciones hacia los lugares que más las necesitan.
El trabajo también puede convertirse en una fuente de empleo local y contribuir al desarrollo sostenible, al relacionar la protección ambiental con oportunidades para las personas de la comunidad.
En La Tronconera, los obreros Víctor Lemes Casasayas y Jorge Moreno Leyva forman parte de las labores en el área protegida.
“Me siento orgulloso de aportar al cuidado de este lugar. Mantener limpios los canales ayuda a proteger la zona y a quienes vivimos cerca”, agregó Víctor Lemes Casasayas.
“Estas acciones son importantes porque cuidan el entorno y permiten que las futuras generaciones también puedan disfrutarlo. Ser parte del proyecto es contribuir a proteger nuestra comunidad”, explicó Jorge Moreno Leyva.
Proyectos como MI COSTA son importantes porque no se limitan a responder a los efectos inmediatos del clima: buscan fortalecer los ecosistemas, las capacidades locales y la participación comunitaria. Proteger manglares y restablecer los flujos naturales del agua también ayuda a conservar hábitats y a reducir la vulnerabilidad de las costas.
En Cuba, las repercusiones del cambio climático pueden ser especialmente duras para las comunidades costeras más vulnerables, expuestas a la subida del mar y a huracanes más intensos. Pienso de nuevo en la niña que mira la costa desde su casa y se pregunta qué será de sus árboles, su hogar y su comunidad. Cuando ella sea grande, ¿cómo serán las cosas?
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