Al conjuro de la nación
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Al conjuro de la nación

Hay fechas que se imponen, no se eligen. Hay lugares que no se seleccionan,  pasan a la eternidad. El 20 de octubre de 1868 es una de ellas. Bayamo es ese sitio. Allí, al conjuro de las fuerzas independentistas, cobró vida la nación y la nacionalidad cubana que se venía  gestando desde antes.

Allí, en Bayamo, hace 158 años, en medio del júbilo, el abogado y conspirador Perucho Figueredo, con una pierna cruzada sobre la montura de su caballo escribió la letra de una música que ya se conocía y que el pueblo coreaba. Ese día nació La Bayamesa, nuestro Himno Nacional.

Lo que pudiera parecer un acto militar es además un llamado al combate, a la lucha y muy especialmente el acto cultural que nos va a definir en lo adelante. El espíritu de rebeldía e independencia que se entonó frente a la Iglesia Parroquial Mayor devino desde entonces banda sonora de toda la nación.

Cuando habían transcurrido 112 años,  precisamente en 1980, se instituyó -por iniciativa de Armando Hart, entonces ministro del ramo- la fecha como Día de la Cultura Cubana. Fue la manera de honrar, no solo el hecho audaz primigenio, sino reconocer que hasta entonces ninguna fecha representaba mejor el espíritu de rebeldía del cubano.

Es también dignificar todo el proceso acumulativo de saberes, culturas que convergen en esta Cuba que es un “ajiaco”, como la describió el etnólogo y tercer descubridor de la Isla,  Don Fernando Ortiz.

Esa definición de transculturación, que el propio Ortiz conceptualizara para definir la cultura cubana, encuentra su agasajo el 20 de Octubre. Todo lo hispánico, chino, africano, árabe y venido de los pueblos originarios que hoy nos definen, está de fiesta por estos días.

Y no se trata solo de literatura, ni de música, ni de artes plásticas, sino del arte cubano en todas sus manifestaciones, de  la aprehensión por los legados que nos deja en el bagaje cultural cada acto que reafirma lo que somos, de dónde venimos, hacia dónde vamos y qué es lo que hay que defender bajo cualquier premisa.

Hoy, cuando el mundo es cada vez más excluyente, cuando las prácticas neocolonizadoras intentan entronizarse en las culturas de los pueblos tercermundistas, nos toca asirnos con más fuerza a la identidad como proceso, vista esta como categoría histórica, pues la identidad empieza a forjarse desde que en los primeros años conocemos del Himno Nacional, de los símbolos y los atributos.

Una  identidad  que recibe alimentación y  nutrición de  todo el devenir de la sociedad, de  su desarrollo, y con ello de la creación musical, de cada poema, de cada obra de la plástica, de  las voces y los cuerpos  que hacen el teatro, de la religión, del sincretismo y de todo lo que contribuye a sostener a Cuba desde la sapiencia. 

Por eso hoy hay que tirar más de Guillén, de Cintio Vitier, del propio Hart, de  Lecuona, de Silvio, y de todos los cubanos que hicieron y hacen de la cultura cubana razones para una defensa militante, porque la cultura nuestra es más que literatura y arte.

La cultura cubana es el modo en que este pueblo piensa, vive y sobre todo resiste, es como la calificó el “hombre más puro de la raza”, nuestro José Martí: “… la madre del decoro, la savia de la libertad, el mantenimiento de la República y el remedio de sus vicios”.

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