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¿Cómo lo hacen? ¿Cómo siquiera es posible? ¿Cómo millones de cubanos se levantan día tras día a seguir con su vida luego de mal dormir —o no dormir en lo absoluto— por el calor, los mosquitos y los apagones; sin tener con qué iluminarse, cómo cocinar o, incluso, qué comer?
¿De dónde sacan fuerzas para ir a sus trabajos y escuelas; para salir a la calle a “luchar unos pesos”, a “inventar” con qué alimentar a la familia a pesar de las muchísimas carencias y la creciente violencia en el país, a cargar el agua que debería llegar a sus casas por las tuberías y el carbón —o la leña— con que encender una hornilla improvisada para suplir la ausencia del gas licuado?


¿Cómo pueden hacer frente al desánimo, a la impotencia, a la frustración, al sálvese quien pueda que impone la demoledora crisis en la isla? ¿De qué manera se sobreponen a enfermedades y epidemias, a fiebres y dolores, a la crítica falta de medicamentos y recursos, y a otras no menos dolorosas carencias, no ya materiales, sino humanas, de quienes deberían atender, solucionar?
¿Cómo se las arreglan para caminar kilómetros bajo un sol implacable debido a la falta de transporte; para lograr conectarse a Internet cuando los datos móviles desaparecen; para dar pedales, empujar una carretilla, llevar un negocio, vender o comprar lo que se pueda? ¿Y cómo, a pesar de todo, aún sonríen, bailan, celebran lo celebrable, o al menos lo intentan obstinadamente?


No se trata de romantizar la muchas veces agónica supervivencia de los cubanos, de solo ponderar su inexplicable y tenaz resistencia calificándola de “heroísmo cotidiano” —que bien que lo es—, sino de reconocer, ante todo, que no tendría que ser así. Que la crisis, con sus nefastas consecuencias, es algo que no merecen sufrir por razones básicas de justicia y humanidad.
Se trata de admitir que los residentes en la isla no deberían ser rehenes de estas crueles circunstancias, ni estar en medio del fuego cruzado entre los gobiernos de Washington y La Habana, entre bandos, extremismos y discursos políticos. Que no es justo que sean víctimas de obstinaciones y contrasentidos, de sanciones y atrincheramientos, de embargos e incapacidades, de oportunismos e indolencias.


Con 2026 entrando ya en su recta final, y con la economía y el país en general en un indetenible declive a pesar de las reformas gubernamentales, los cubanos de Cuba siguen sobreviviendo como pueden, lo mejor que pueden. Unos con más ayuda y posibilidades; otros, sin apenas apoyos y recursos, aferrándose a la voluntad y hasta la rabia para hacer frente a la crisis y el desamparo.
Así, entre incertidumbre y perseverancia, entre apagones y escaseces, entre sacrificios y ganas de vivir, continúan levantándose cada día, saliendo a la calle a pesar de todo, luchando contra demonios y molinos, resistiendo sin saber bien cómo, pero sabiendo bien el porqué. Así nos lo muestra este domingo a través de sus imágenes el fotorreportero Otmaro Rodríguez.





















