Sentada en el quicio de la puerta, la niña no aparta sus ojos de cada puntada que da la aguja con precisión sobre la tela. A modo de ritual diario, no deja de escudriñar la manera en que las manos de Ofelia, su vecina, consiguen hacer la magia. Así pasa largas horas, en silencio, observando.
Porque, para la pequeña Digna, era como si la máquina de coser se trastocara en un sombrero nigromante del cual salían, a un solo conjuro, bellas “obras de arte”.
Digna Rosa Alonso, destacada modista cubana. Foto: Gilda Fariñas Rodríguez
A su corta edad ella apenas podía entender cómo de un tejido cualquiera Ofelia lograba crear vestidos, batas, camisas, pantalones, sayas, blusas…, de exquisitos diseños y hechura.
“Aunque mi vecina nunca se interesó por enseñarme la práctica de la costura, yo iba a su casa y me sentaba calladita sin apartar la mirada de cada labor que hacía en la Singer”, confiesa al recordar los inicios de una atracción que marcaría su vida.
Muchos años después, aquella seducción infantil se convirtió en oficio, y el oficio, en pasión. Sin escuelas, sin títulos, pero con una obsesión por el detalle y la perfección que la hizo ganarse el respeto de los más exigentes creadores.
Y aun cuando ya apenas se sienta a coser, Digna Rosa Alonso sigue siendo punto de referencia para no pocas de sus alumnas. Muchas de ellas herederas de esa tradición de modistas que forman parte de la identidad cultural cubana.
Su taller revive cada nostalgia de un oficio que marcó la historia personal de Digna. Foto: Gilda Fariñas Rodríguez
Hoy, jubilada y octogenaria, esta mujer de envidiable vitalidad accede a hilvanar sus recuerdos para repasar algunas puntadas de su historia personal. Entre máquinas, hilos, telas, agujas, moldes…, el taller que todavía tiene montado en su hogar sirve de escenario.
De los campos de Cárdenas a las lentejuelas
Nació hace 87 años en una finca cercana a la ciudad de Cárdenas, en la occidental provincia de Matanzas. A la edad en que debía comenzar el colegio un huracán destruyó la única escuelita rural de la zona. No hubo inicio de curso escolar, no hubo maestros ni solución.
Un día de juegos aburridos le atrajo un ruido extraño, acompasado y monótono, que provenía de una vivienda cercana. La puerta estaba abierta. En la sala, la dueña de casa hacía “algo” en un aparato desconocido para ella. Luego descubrió que se trataba de una máquina de coser.
Aquella fue su “escuela”. Allí conoció la técnica del corte y la costura antes que el alfabeto. Allí comenzó a hacerse modista antes que mujer.
Atender sus plantas es hoy una de las pasiones que ocupan buena parte de la cotidianidad de Digna. Foto: Gilda Fariñas Rodríguez
Poco antes de cumplir los 20 años contrajo matrimonio, y junto a su esposo y la familia emigró hacia La Habana. En la capital trabajó como modista en algunas casas de la antigua y elitista zona Country Club, donde vivían dueños de varias y poderosas empresas extranjeras.
Al triunfar la Revolución se abrieron muchas oportunidades para que jóvenes como Digna lograran formarse o perfeccionar, de manera profesional, la práctica de la costura.
“Trabajé en centros de mucha exigencia y calidad. Tal es el caso de los talleres que abastecían de ropa a la famosa tienda El Encanto. También laboré alrededor de una década en los talleres de “Exclusiva”, que pertenecían a la Industria Ligera y estaban ubicados en el municipio del Cerro.
Foto tomada de cubadebate.cu
“Pasado ese tiempo, surgió la posibilidad de un contrato con la Agencia de Espectáculos Artísticos del Ministerio de Turismo (Turarte). Entonces yo vivía en El Vedado y la sede de esa empresa estaba en las calles 17 y F.
“Al principio mi labor consistía en dar el acabado al vestuario que me llegaba cortado y ya listo para coser. Sin embargo, poco tiempo después pasé a las mesas donde se cortaban los modelos creados por los diseñadores de la talla de Manolo Barreiro, Rafael de León y Otto Chaviano, entre otros grandes.
“La experiencia laboral en Turarte fue un empleo que amé mucho. Principalmente, vestíamos a los protagonistas -mujeres y hombres- de todos los grandes espectáculos de los hoteles más importantes de La Habana, Varadero, Holguín y otras provincias.
“Además de trabajar para los elencos que intervenían en los Carnavales y en diversas funciones de alto prestigio.
Foto ilustrativa: tomada de granma.cu
“Sin dejar de encargarme de la confección para mujeres, siempre preferí la sastrería masculina, incluso, hacer trajes completos.
“Con profundo orgullo conservo el haber participado, reiteradamente, en los procesos de confección de los vestuarios que conformaron los desfiles personales de los diseñadores De León, Barreiro y Chaviano.
“A la distancia siento una profunda nostalgia por aquel tiempo. Fue mi mejor etapa como modista. Al margen de la intensidad con que se trabajaban las confecciones, la Agencia significó una casa para mí.
“Cuando repaso mi vida laboral, mis mejores recuerdos están en eso talleres. Todo lo que creábamos era de una altísima costura y una maestría insuperable”.
Hilvanando la memoria
La luz de la tarde se cuela por las ventanas de su pequeño taller. Sobre la mesa de trabajo se esparcen retazos de tela, dedales, alfileres, tijeras, patrones…
Alrededor, varias máquinas de coser de diferentes tamaños y modelos revelan la alta costura que definió la vida profesional de Digna. Bien lo saben los diseñadores para los que trabajó, los lujosos espectáculos y los artistas que lucieron sus trajes.
Durante más de cuatro décadas, sus manos fuertes, ágiles, con la piel marcada por incansables horas de faena, dieron forma y vida a los diseños que lucieron algunas de las figuras más relevantes de la escena artística cubana.
Georgina Fernández, una de las más aventajadas discípulas de Digna, nunca ha dejado de buscar asesoría con su maestra. Hoy es una de las modistas que trabajan para el diseñador Freixas. Foto: Gilda Fariñas Rodríguez
Sus dedos memorizaron talles, escotes y pliegues que luego brillarían bajo los focos. Sin embargo, reconoce con mucha humildad que su mayor orgullo no está en los camerinos, sino en las decenas de modistas que formó a lo largo de esos años.
Porque sigue apegada a la enseñanza, que desarrolló paralela a la labor de modista. Quedan secretos del oficio que algunas ex discípulas suyas buscan conocer.
Tal es el caso de Georgina, una de sus alumnas más queridas. También de las de más sólida formación. En la actualidad forma parte del equipo de modistas que trabaja para el reconocido diseñador Freixas. No obstante, ella siempre busca, una y otra vez, beber de la savia de su entrañable maestra.
Ajena a cualquier elogio, Digna puede negar su fama, pero no que vistió a la fama. Porque ser modista, para ella nunca fue solo cortar y coser. Fue pasión y oficio, fue vida.

